CURSO: PERSPECTIVAS BÍBLICOS TEOLÓGICAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO PARA UN PRAXIS SOCIOTEOLÓGICA DE LIBERACIÓN
Prof. Dr. Exeario Sosa Ocanto
PRIMERA
UNIDAD:
INTRODUCCIÓN
Cantad a Jehová,
porque se ha cubierto de gloria;
ha echado en el mar
al caballo y al jinete.
Éxodo 15.21
1. Los
comienzos
Todo comenzó con la visión de un grupo de tribus
nómadas en las tierras de Egipto que entendieron haber recibido en una especial
revelación divina: Salir de la opresión que sufrían en Egipto, y liberarse del cautiverio
que vivían en la sociedad liderada por el faraón. Esa salida extraordinaria, de
acuerdo con los relatos del libro del Éxodo, se constituyó en el núcleo básico
que con el tiempo llegó a convertirse en el Antiguo Testamento, para los
creyentes cristianos e iglesias, y en la Biblia hebrea, para los judíos en sus
sinagogas. El recuerdo de un acto significativo de liberación nacional se
convirtió en el fundamento de una extraordinaria obra literaria, que es, el día
de hoy, respetada y apreciada igualmente por creyentes y no creyentes.
En efecto, la Biblia hebrea es el testimonio
elocuente de un pueblo que descubre su identidad y su razón de ser en lo que
ellos entienden como actos divinos de liberación, que les apoyan en su deseo de
salir de la opresión y llegar a las nuevas tierras promisorias de Canaán, y
asentarse y vivir como el resto de las naciones en el Oriente Medio antiguo.
Ese recuento significativo se presenta en diversos
géneros literarios para llegar de ese modo a los diferentes sectores del
pueblo, y también "responder a las necesidades variadas de la sociedad.
Los actos divinos de la liberación del pueblo de Israel se articulan en himnos,
narraciones, cuentos, leyendas, proverbios, parábolas, leyes, oráculos ... Del
estudio sobrio de estas piezas literarias se desprende un gran conocimiento de
la vida del pueblo hebreo y judío, en sus diversos períodos históricos.
La gran mayoría de los lectores del AT lo hace por
razones religiosas. La Biblia hebrea es un documento sagrado en las sinagogas y
en las iglesias, y altamente respetada en las mezquitas. Esta particular motivación
se revela inclusive en las formas de disponer el libro, que lo presentan e
imprimen como una obra eminentemente religiosa: escrito en dos columnas,
encuadernado en negro y, en ocasiones, con bordes dorados. El presupuesto
implícito, espiritual y religioso básico, detrás de este acercamiento, es que
en esta singular obra literaria se encuentran enseñanzas que no se descubren en
otro tipo de literatura.
El valor religioso de la Biblia hebrea, sin embargo,
no agota las posibilidades ni el apetito de los lectores contemporáneos. Hay
quienes llegan a sus páginas para disfrutar una pieza literaria que está a la
par con otras obras clásicas del mundo antiguo; por ejemplo, las tragedias
griegas, o las grandes contribuciones literarias de Shakespeare o Cervantes.
Inclusive, hay quienes se acercan a su mensaje
desafiados por sus importantes contribuciones a la civilización occidental.
Ciertamente no son pocos los literatos contemporáneos que toman de la Biblia
ideas, conceptos, mensajes, personajes, valores y enseñanzas, y las ponen en diálogo
con la sociedad actual. Es común, por ejemplo, que la gente de diferentes
estratos sociales y niveles académicos, en sus diálogos más íntimos, se refiera
a las luchas desiguales como los nuevos encuentros «de David y Goliat», y que
describan los gestos de misericordia hacia la gente en desgracia, como las acciones
solidarias de los «buenos samaritanos» modernos.
2. Valores espirituales y
teológicos en la Biblia hebrea
El fundamento básico del gran mensaje de la Biblia
es el reconocimiento claro y certero de que en su origen mismo se encuentra una
experiencia religiosa extraordinaria, significativa y sobre todo
transformadora. Esta gran afirmación teológica se pone en evidencia clara al
leer en las páginas del AT: Dios se reveló al pueblo de Israel en medio de las
vivencias humanas, como Dios Único, Creador de los cielos y la tierra, y Señor
del universo y la historia. Estas profundas convicciones teológicas subrayan la
naturaleza profundamente espiritual de las Sagradas Escrituras.
Entre la Biblia hebrea y la cristiana la diferencia
fundamental es el NT, que proclama la vida y las acciones de Jesús de Nazaret,
e incluye, además, el testimonio de fe de varios líderes de las primeras
"iglesias. El Antiguo Testamento o la Biblia hebrea contiene la esperanza
de la llegada del Mesías; y el Nuevo Testamento presenta la convicción que ese
Mesías esperado ya vino, y se trata de Jesús, el hijo de María de Nazaret, y de
José de Belén, también conocido como el Cristo de Dios, que es la forma griega
de indicar que aquel predicador galileo era el muy esperado ungido del Señor.
De importancia capital en la teología de la Biblia
hebrea es el tema del pacto o la alianza de Dios con el pueblo de Israel. Esta
relación, de acuerdo con el testimonio escritural, no se fundamenta en las
virtudes del pueblo ni se basa en alguna acción positiva por parte de Israel.
Por el contrario, de forma libre y espontánea, el Dios que crea y libera se compromete
solemnemente a ser Señor y Redentor del pueblo, y reclama el cumplimiento de una
serie de leyes y estipulaciones que revelan su verdadera naturaleza divina,
relacionada específicamente con los conceptos de santidad y justicia.
Esta singular afirmación teológica de la alianza o
pacto de Dios con el pueblo de Israel, se repetía con insistencia y regularidad
en los eventos cúlticos y en las fiestas solemnes nacionales. Además, los profetas
bíblicos se encargaban de recordarle al pueblo ese importante compromiso
divino-humano, cuando la comunidad se olvidaba de vivir a la altura de los reclamos
éticos y morales de la fidelidad y lealtad que se debía a Dios.
La afirmación continua de esa relación particular de
pacto o alianza entre Dios e Israel, en efecto, se encuentra de forma reiterada
en los mensajes de los profetas, en las enseñanzas de los sabios, en los poemas
más hermosos y significativos de los salmos y en las memorias históricas del
pueblo. Los primeros se dedicaban a recordarle al pueblo la naturaleza de la
alianza y las implicaciones morales y espirituales del compromiso; y los otros
se encargaban sistemáticamente de transmitir, de generación en generación, las
virtudes del pacto así como también se dedicaban a actualizar las repercusiones
e implicaciones de la alianza en toda la vida del pueblo. La memoria nacional
de Israel, que aludía a sus orígenes y llamado, era fortalecida de forma
continua en las instituciones nacionales.
Este particular sentido de llamado y elección debe
ser entendido con propiedad teológica, responsabilidad histórica y
discernimiento moral. El propósito de esa singular relación divino-humana no
muestra actitudes de discrimen y rechazo hacia otras naciones y comunidades, tanto
antiguas como modernas. El pueblo de Israel fue seleccionado y elegido para
llevar el mensaje del Dios único y verdadero al resto de las naciones por su
condición de esclavo, por su estado precario de salud social y política, por su
fragilidad nacional. De esta forma se convierte en el canal de bendición para
el resto de la humanidad. La elección es la respuesta divina a la opresión y al
discrimen que vivía el pueblo en Egipto, no es un signo de discrimen étnico.
No es la finalidad teológica de estas narraciones,
que se fundamentan en convicciones religiosas profundas y firmes, brindar al
pueblo de Israel algún tipo de licencia divina para discriminar con alguna
justificación religiosa, en respuesta a sus cautiverios previos y penurias
antiguas. Por el contrario, el pueblo de Israel es llamado por Dios para ser
agente de liberación y esperanza para la comunidad internacional, pues ellos ya
experimentaron, según el testimonio escritural, la acción liberadora de Dios.
No fue elegido Israel por alguna virtud étnica, de
acuerdo con las narraciones bíblicas, sino porque estaban cautivos en Egipto, porque
sufrían las penurias de la opresión, porque vivían la angustia de la persecución
por parte de las autoridades políticas de Egipto. El fundamento primordial para
la selección divina fue la fragilidad humana y nacional, no el descubrimiento
de características especiales del pueblo. El Dios eterno y liberador respondió
al clamor de un pueblo en necesidad, y esa respuesta al reclamo humano fue el
contexto básico para la selección del pueblo de Israel.
Por estas razones teológicas, nunca debe utilizarse
la experiencia de fe de individuos o comunidades para justificar la opresión y
el cautiverio, o para manifestar actitudes de prepotencia política y arrogancia
religiosa, espiritual, cultural o nacional hacia otros individuos, comunidades,
sectores o grupos étnicos. El pacto o alianza de Dios con Israel es una manifestación
concreta de la gracia divina, que desea llegar a toda la humanidad a través de
una comunidad histórica definida.
Entre las ideas sobre Dios que se revelan en el AT,
se incluyen las siguientes, tomando en cuenta que no pretenden agotar el tema.
a) Creador
Dios es creador. Desde las líneas iniciales de la
Biblia hasta sus ideas finales, ya
sea en la Biblia hebrea o el NT se manifiesta una vertiente muy fuerte y definida que afirma que el
mundo, de la forma que está organizado, no es el resultado de la casualidad histórica
ni del azar cósmico, sino producto de la acción divina inteligente, organizada
y programada. Esa importante declaración teológica, se revela con claridad
meridiana tanto en las antiguas narraciones épicas de la Biblia (Gn 2.7,
21-22), como en la poesía (Sal 139.7-8, 13, 15-16), y también en los mensajes
proféticos (Is 40.12-31; 45.8-13).
En efecto, el Dios bíblico es el Señor que crea el
cosmos, la naturaleza, la flora y la fauna, y como culminación de esos procesos
de creatividad extraordinaria, crea a los seres humanos a su imagen y
semejanza. De acuerdo con el testimonio del libro de Génesis, que también se
manifiesta en el resto de la literatura bíblica, el proceso dinámico de
creación, que es una forma de establecer orden y separar espacios definidos en
el mundo, se lleva a efecto mediante la palabra divina: Dios ordena, y la naturaleza
responde.
De singular importancia en la teología del canon
bíblico, es que el mensaje escritural comienza en Génesis con la creación de
«los cielos y la tierra» (Gn 1.1-3), y finaliza en el libro de Apocalipsis, con
la creación de <dos cielos nuevos y la tierra nueva» (Ap 21-22). En efecto,
el gran paréntesis teológico que cubre toda la teología bíblica y las
narraciones escriturales, es la creación divina.
b) Santificador
Dios es santificador. Este tema es de fundamental
importancia en la teología bíblica, especialmente en las comunidades
sacerdotales y los círculos cúlticos y litúrgicos (Lv 17-25). La santidad
divina, que es un atributo insustituible del Dios de Israel, es un concepto que
pone de manifiesto la creatividad e imaginación de los teólogos en las
Escrituras. Para profetas como Isaías, el tema cobró importancia capital, pues
destacaba las cualidades de Dios en contraposición a las divinidades
extranjeras (Is 45.20-25) representadas por los imperios internacionales que
amenazaban la estabilidad social y económica, independencia política y militar,
así como la salud mental y espiritual del pueblo.
Una afirmación teológica adicional merece especial
atención en el análisis de este importante concepto bíblico. De acuerdo con las
leyes sacerdotales, Dios mismo demanda y reclama la santidad de su pueblo, para
que se manifieste con claridad la continuidad ética divina-humana. Con la solemne
declaración «santos seréis, porque santo yo soy» (Lv 19.2), se pone claramente
de manifiesto el corazón de este concepto. En el contexto de las leyes que
regulan los comportamientos humanos, y que también manifiestan las
preocupaciones éticas y morales de la Torá, se destaca y subraya el imperativo
categórico de vivir a la altura de las leyes y Ios preceptos de Dios. De
acuerdo con las enseñanzas del Pentateuco, la santidad no es un tema
secundario, bueno para la especulación filosófica; por el contrario, es un
valor indispensable y necesario para el gobierno y la administración de los
procesos decisivos de la vida.
e) Liberador
Las lecturas bíblicas sistemáticas descubren sin
mucha dificultad que la liberación
es un tema de gran importancia histórica y teológica en las Sagradas
Escrituras. Las diversas formas de liberación que se incluyen, tanto en el AT
como en el NT son, en efecto, expresiones concretas del poder divino y de la
misericordia del Señor. Estas manifestaciones de la autoridad y las virtudes de
Dios, permiten a individuos y naciones romper con las dinámicas que les
cautivan y les impiden desarrollar el potencial que tienen. Según la revelación
en las Escrituras, el Dios bíblico es esencialmente libertador.
El libro de Éxodo es el relato fundamental, de
acuerdo con los escritores y redactores del Pentateuco, de la gesta inicial y
fundamental de liberación del pueblo de Israel del cautiverio ejercido sobre
ellos por el faraón de Egipto. Esta característica divina rechaza, de forma categórica,
abierta y firme, los cautiverios y las acciones que atentan contra la libertad
humana. La salida de Egipto, aunque representó el evento fundamental para la
constitución del pueblo de Israel, era también una enseñanza continua. Dios no
creó a las personas ni a los pueblos para que vivieran cautivos, sojuzgados,
perseguidos, derrotados, angustiados, disminuidos y destruidos, los creó para
que disfrutaran la libertad con la que fueron creados.
d) Justo
Relacionado con el importante tema de la liberación,
se pone en evidencia clara en las
páginas de la Biblia la afirmación teológica de que Dios es justo. Esa declaración y comprensión teológica, es una forma
efectiva de traducir las virtudes eternas y extraordinarias de Dios en
categorías humanas concretas, asimilables, entendibles y compartibles.
La justicia divina es un tema que no debe reducirse
a los diálogos teológicos del pueblo y sus líderes, sino que demanda su
aplicación concreta y efectiva en medio de las realidades cotidianas de la
existencia humana, así como entre las acciones y negociaciones nacionales e internacionales.
La gran crítica de los profetas a los líderes del pueblo era que, aunque
participaban de algunas experiencias cúlticas y religiosas significativas en el
Templo, no ponían en práctica las implicaciones concretas de las enseñanzas
religiosas.
Para los profetas de Israel, la implantación de la
justicia era el criterio fundamental e indispensable para evaluar las acciones
de las personas, particularmente las decisiones de los reyes.
e) Mesías
Otro gran tema recurrente del AT, que tiene
fundamental importancia e interés en
la lectura cristiana de la Biblia, es la teología del Mesías. Esta teología se
manifiesta de forma gradual, continua, creciente y firme en la Biblia hebrea,
pero cobra dimensión nueva en el período intertestamentario, y se fortalece en
varias secciones proféticas y apocalípticas del AT. Los profetas hablan con
autoridad, expectativa y esperanza de la era mesiánica.
La esperanza mesiánica adquiere notoriedad y
protagonismo en el NT; pues los primeros cristianos identificaron la promesa
del advenimiento del Mesías con la aparición de la figura histórica de Jesús de
Nazaret. Las grandes esperanzas veterotestamentarias, de acuerdo con el mensaje
de las iglesias primitivas y las enseñanzas de los primeros apóstoles, se hizo
realidad en la vida y en las acciones sanadoras, pedagógicas y homiléticas del
famoso predicador galileo.
f) Paz
Dios es paz. En el contexto de estas enseñanzas
teológicas, el AT presenta un
mensaje capaz de llevar salud mental y espiritual a quienes lo leen, estudian y aplican. El importante concepto bíblico de
shalom, que en castellano se ha
traducido generalmente como «paz», tiene una acepción más amplia y profunda en
el idioma hebreo. Este shalom no se relaciona únicamente con la eliminación de
las dificultades, ni tampoco con los deseos de superar los conflictos con
sentido de inmediatez, sin tomar en consideración las implicaciones futuras de
las decisiones. La «paz» bíblica se relaciona inminentemente con las ideas de
bienestar salud, prosperidad, abundancia, gozo, felicidad. Es un valor que incluye
los conceptos de sentirse completo, bendecido, feliz, dichoso, bienaventurado.
La experiencia religiosa que incentiva y promueve este tipo de paz, contribuye de
forma sustancial y significativa a la salud emocional, social y espiritual de
sus adeptos.
La paz en la Biblia es el resultado de la
implantación concreta y especifica de la justicia. No es un estado emocional
que evade sus realidades ni respeta las adversidades de la vida. Por el
contrario, es una actitud de seguridad y afirmación que le permite a la gente
enfrentar los mayores desafíos de la existencia humana con sentido de
seguridad, optimismo, realidad y esperanza.
3. Nombres de la Biblia
Las formas de identificar y referirse a la Biblia
hebrea son varias, y pueden distinguirse tanto por su origen como por su
antigüedad. La expresión «Sagrada Escritura» es de origen bíblico, y se remonta
a las formas que la versión de los LXX se refería a los libros sagrados (p.ej.,
1 Cr 15.15; 2 Cr 30.5; Esd 6.18). Posteriormente, los escritores del NT adoptaron
y adaptaron esa terminología en el desarrollo de su literatura. Entre las
formas que utilizaron, se encuentran las siguientes: «Escrituras» (Mt 21.42;
22.29; 26.54; Mc 12.10,24,42,49; Lc 24.27, 32, 45 Jn 2.22; Rm 11.2; Gl 3.8);
«Escrituras Santas» (Rm 1.2); «Escrituras Sagradas» (2 Tm 3.15); y «Escritura
divinamente inspirada» (2 Tm 3.16).
La palabra «Biblia» proviene directamente del idioma
gríego biblía, que es el plural
neutro del singular biblíon, que
significa esencialmente «libro», pero en diminutivo. Del griego pasó al latín, biblia o bibliorum, donde se transformó en singular femenino, y se utilizó
para designar un conjunto de libros sagrados, de procedencia tanto judía como
cristiana. De esta forma se singularizó la expresión, y «Biblia» se refiere, en
castellano, no solo al grupo de obras religiosas antiguas independientes, sino
al conjunto de ellas, para afirmar de esa forma la unidad de la colección. El
termino «libro», en el peculiar sentido de «biblia», que enfatiza la singularidad,
se encuentra tanto en Daniel (Dn 9.2) como en el segundo libro de los Macabeos
(2 M 8.23). Fue el patriarca de Constantinopla, San Juan Crisóstomo, quien
utilizó la palabra Biblia, como nombre propio, por primera vez para referirse a
las Sagradas Escrituras.
Las referencias al AT y al NT tienen también un
fundamento bíblico. La expresión «testamento» corresponde al término griego (diatheke), que la Septuaginta (LXX)
utiliza para traducir el hebreo «alianza» o «pacto» (berit). De esta forma, la palabra se utilizó, primeramente, para significar
el pacto de Dios con el pueblo de Israel y, posteriormente, para aludir a la
nueva alianza de Cristo con su iglesia. Así, la antigua alianza y el nuevo
pacto con el tiempo vinieron a identificar las Escrituras hebreas y cristianas.
En la actualidad, sin embargo, algunos estudiosos de
las Escrituras evitan la referencia al Antiguo y Nuevo, pues pudiera presuponer
algún tipo de juicio valorativo, en el cual lo nuevo es mejor y sustituye lo antiguo.
Aunque esa no fue la intensión de los escritores bíblicos, ni tampoco el
propósito de las iglesias al utilizar estas designaciones, los creyentes
contemporáneos deben ser sensibles a esa situación lingüística, que tiene serias
implicaciones teológicas.
Para cambiar esa sensación, se ha propuesto utilizar
las expresiones «Primer y Segundo Testamento». Esas designaciones, sin embargo,
no están exentas de críticas, pues no revelan la gran tradición histórica que han
vivido estos importantes documentos religiosos.
Otras designaciones antiguas de los libros bíblicos
incluyen las siguientes: «instrumentum»
(Tertuliano), que destaca el uso de las Escrituras como instrumento o documento
de fe y autoridad; «Sagradas Letras» (San Agustín); y «testimonium divinum» (San Jerónimo).
Las formas de identificar los diversos libros del AT
se relacionan con las dos tradiciones mayores que los transmitieron en la
antigüedad. En la Biblia hebrea se conocen los libros según la primera palabra
del escrito; por ejemplo: Bereshit,
«en el principio», constituye la primera expresión del libro. De acuerdo con la
tradición griega de la LXX, sin embargo; los libros se identifican de acuerdo
con el tema y contenido que destacan. De esa forma, el primer libro de la
Biblia es el Génesis, porque contiene la información de los comienzos del mundo
y la historia.
Desde la perspectiva judía, la Biblia hebrea se
conoce como Tanak, que es un acrónimo que une las primeras letras de las palabras
Torá (o los libros de Moisés, el Pentateuco), Nebiim (o los libros proféticos, anteriores
y posteriores), y los Ketuvim (o Escritos, que incluye el resto del AT; es
decir, la literatura poética, cronista, sapiencial y apocalíptica).
Las diferencias entre la Biblia hebrea y el AT no
son muchas, pero significativas e importantes; por ejemplo, el orden diferente
de los libros (el AT finaliza con una profecía en tomo al Mesías que viene, y
la Biblia hebrea culmina con una referencia al fin del exilio babilónico), y el
número de libros que incluyen (las ediciones que se basan en la Septuaginta y
la Vulgata incluyen los libros apócrifos o deuterocanónicos, que posiblemente son
de origen griego, y son obras que no aparecen en las Biblias hebreas).
4. Canon de las Escrituras
Un detalle importante al estudiar la literatura
judía antigua es descubrir que la Biblia no incluye todos los libros que se
produjeron en esas épocas. Inclusive, la misma Biblia-alude a obras que ya no
poseemos, como el libro del Justo (Jos 10.13; I S 1.18), que debe haber sido
una colección antigua de poemas ya desaparecidos. El canon actual de la Biblia
no tiene todos los libros de la comunidad hebrea de la antigüedad, sino que
revela un proceso crítico de evaluación y aceptación.
La palabra «canon», que se utiliza para identificar
la lista de libros que se aceptan como inspirados por Dios y aceptados con
autoridad por las iglesias y los creyentes, se deriva del término griego que
describe una regla o caña para medir o, inclusive, alude a un modelo. La
expresión, en su traducción al castellano y significación religiosa, se
relaciona con los libros que han sido aceptados como genuinos y autoritativos,
tanto en las iglesias como en las sinagogas. De esta forma, la palabra «canon» describe
adecuadamente los libros que integran y forman parte de las Biblias, tanto
judías como cristianas.
Sin embargo, las comunidades judías difieren de las
cristianas en torno al grupo de libros que aceptan como fundamento de su fe y
sus prácticas religiosas, además del orden en que se encuentran. Junto al AT o
la Biblia hebrea, las iglesias han incorporado y aceptado el NT (que contiene
los mismos libros en todas las confesiones), con sus veintisiete libros, que
incluyen una nueva perspectiva de la vida y la experiencia religiosa,
fundamentada en las enseñanzas y los mensajes expuestos por Jesús de Nazaret y
sus seguidores.
Inclusive, diversas confesiones cristianas difieren
en tomo al número de libros que constituyen eI AT. Por ejemplo, las iglesias
que fundamentan sus versiones de la Biblia en la tradición de la Septuaginta
(LXX) y la Vulgata (Vg) (p.ej., la Católica y las Ortodoxas) incluyen una serie
de libros que no aparecen en las ediciones judías o protestantes de las
Escrituras, los llamados «Deuterocanónicos», entre los católicos, o
«Apócrifos», entre los protestantes o evangélicos.
A continuación se incluyen las listas de los libros
de acuerdo con los cánones judío y cristiano de la Biblia. Mientras que el
canon judío se fundamenta en libros que se escribieron en hebreo, los libros
deuterocanónicos en su edición actual, aparecen en griego. Fundamentadas en ese
argumento lingüístico, además de otros análisis teológicos, las iglesias asociadas
a la Reforma Protestante no han aceptado estos libros apócrifos como parte de
sus Biblias. Esas ediciones protestantes o evangélicas de la Biblia siguen la
tradición judía al no aceptar esas obras como parte de su canon. La palabra
griega «apócrifo», relacionada con esos libros, significa «ocultos». La
implicación, en círculos protestantes, es que no tienen el mismo peso de
revelación ni la autoridad doctrinal que el resto del canon.
Cuando se editan Biblias para comunidades
protestantes con los libros deuterocanónicos, se agrupan en una sección entre
los testamentos bajo el título «Apócrifos».




Otras iglesias, por ejemplo,
como las ortodoxas y las etíopes, contienen en sus cánones del AT otros libros
que no se incluyen entre los deuterocanónicos católicos, aunque si aparecen
entre los apócrifos protestantes: p.ej., 1 Esdras y la Oración de Manasés.
El proceso de canonización
de la Biblia hebrea, que sirvió de base para las Escrituras cristianas, tomó
mucho tiempo. La primera sección en ser reconocida con autoridad por la comunidad
fue la Ley o Pentateuco, la primera sección de las Escrituras. El resto de los
libros de la Biblia hebrea, de alguna forma directa o indirecta, aluden a la
revelación divina que se ponen en evidencia en la Torá. Ya a finales de la
época monárquica en Israel, se reconoció el valor y la autoridad de, por lo
menos, algunas secciones de la Ley, pues fue base para algunas reformas
religiosas y sociales de gran importancia en Jerusalén.
Posteriormente, la sección
de los Profetas fue reconocida como parte de los documentos inspirados, en el
periodo postexílico, al igual que la llamada historia deuteronomista. Esa sección
histórica incluye desde el libro del Deuteronomio al segundo libro de los
Reyes. La sección de los Escritos fue la que más se tardó en ser reconocida
como canónica, pues incorpora literatura postexílica que estaba en proceso de
redacción. Ya para el siglo 2 a.C., las tres secciones mayores de la Biblia
hebrea se habían reconocido con alguna autoridad, de acuerdo con el prólogo al
libro de Eclesiástico. Las iglesias cristianas siguieron esa tradición, pues
esa fue la única Biblia que leyó y estudio Jesús de Nazaret, y que recibieron y
analizaron los primeros apóstoles y las iglesias primitivas.
La Biblia hebrea que
utilizaron los cristianos de habla griega fue mayormente la versión de la
Septuaginta (LXX). Esta Biblia, que era la traducción al griego de los textos
hebreos, provino de Alejandría, donde los judíos helenistas tenían un canon más
extenso que sus correligionarios de Palestina. La LXX incluye los llamados
libros Deuterocanónicos, la disposición de los manuscritos que tenemos a
disposición representa una estructuración con un fundamento teológico claro y
bien definido: la historia de Israel llega a su culminación con el advenimiento
del Mesías, el Cristo, que para las iglesias primitivas era Jesús de Nazaret.
La LXX finaliza con la promesa divina en el libro del profeta Malaquías (Mal 4.5-6);
el Señor enviaría un nuevo Elías, que posteriormente en el NT se relaciona
directamente con Juan el Bautista (Mt 1.1-3.17).
5. Géneros literarios
de la Biblia hebrea
El mensaje histórico,
teológico y religioso de la Biblia se articula en términos humanos, mediante
una serie de géneros literarios que facilitan la comprensión y propician el
aprecio de la revelación divina. Para los creyentes, tanto judíos como
cristianos, esta revelación bíblica tiene muchas virtudes espirituales que se
manifiestan con vigor en medio de la belleza literaria y estética que se
encuentra en sus escritos.
Los escritos bíblicos se
pueden catalogar, en una primera evaluación, en dos grandes géneros literarios:
narración y poesía. Sin embargo, un análisis más riguroso, minucioso, detallado
y sobrio de esta literatura, descubre que entre esos dos géneros mayores se
encuentra una serie compleja y extensa de formas de comunicación que no solo
añaden belleza a los escritos, sino que facilitan los procesos de memorización
y disfrute de la revelación divina.
La lectura de las
Escrituras, desde la perspectiva del análisis literario, descubre los
siguientes géneros, entre otros:
·
Relatos históricos. Pretenden transmitir las experiencias de vida de
algunos personajes importantes de la historia de Israel (p.ej., Ge 11.27-25.7).
Este tipo de narración alude al pueblo de Israel, presenta a sus personajes más
importantes y significativos, y alude a las naciones vecinas y sus gobernantes.
·
Narraciones épicas. Revela las gestas nacionales que le brindan al
pueblo de Israel sentido de identidad, cohesión y pertenencia, como la
liberación de Egipto, el peregrinar por el desierto Sinaí, o la conquista de
las tierras de Canaán (p.ej., Ex 1-15).
·
Leyes y documentos legales. Ponen de manifiesto las regulaciones
religiosas y Ias normas éticas y morales que debía seguir el pueblo si deseaba
mantener una relación adecuada de pacto con Dios. Estas leyes también revelan
la naturaleza divina, que se describe con términos significativos y valores
fundamentales, tales como santidad, justicia, fidelidad y rectitud (p.ej.,Ex
19.1-24; Lv 17.1-25.55).
·
Genealogías. Son piezas literarias de gran importancia y significado
para el mundo antiguo, pues intentaban afirmar el sentido de pertenencia y
pertinencia de una persona o una comunidad. Estas formas literarias tienen un
gran valor teológico en la Biblia hebrea, pues relacionan al pueblo de Israel
con la creación del mundo y el origen de la humanidad (p.ej., Gn 5.1-32;
10.1-32; 11.10-31).
·
Poemas de orígenes. Son piezas literarias de naturaleza religiosa que
presentan el inicio de la historia de la humanidad y la creación del mundo
desde una perspectiva teológica y espiritual (p.ej., Gn 1.11-3.24). La
finalidad no es hacer una descripción científica del comienzo de la vida y la
existencia humana, sino afirmar que fue Dios y solo Dios el responsable de la
existencia de la naturaleza y de todo lo creado.
·
Poemas cúlticos. Eran piezas literarias que se utilizaban como parte de
la liturgia en el Templo y también en las expresiones religiosas individuales
de la comunidad judía. Entre ese tipo de poemas y literatura poética se
encuentra el material que se incluye abundantemente en los libros de los
Salmos, Lamentaciones y Proverbios.
·
Poemas proféticos. Se incluyen en muchos de los mensajes de los grandes
profetas de Israel. Estos paladines de la justicia articulaban sus oráculos y
comunicaciones en formas poéticas, quizá para facilitar la comunicación y la
memorización, y también para incentivar las respuestas positivas al mensaje
(p.ej.,Is 1.10-18; 43.1-7).
·
Literatura sapiencial. Podía ser poética o narrativa, que tomaba la
sabiduría popular y las reflexiones del pueblo, y las presentaba en formas
pedagógicas para afirmar los valores morales en individuos, desarrollar
comportamientos éticos en la comunidad y destacar algunos principios teológicos
que pusieran de relieve el compromiso del pueblo en relación a la revelación divina
manifestada en el pacto. Este tipo de literatura se encuentra en los libros de
Proverbios, Eclesiastés y Job.
·
6. Capítulos y
versículos
La disposición moderna de la
Biblia, en capítulos y versículos, no proviene de tiempos muy antiguos.
Originalmente, las Sagradas Escrituras se presentaban en manuscritos de papiro
o cuero que se organizaban por libros, secciones o temas. El sistema de
capítulos se introdujo en el siglo 13 por el Obispo de Cantuaria, Stephen Largon.
En la ciudad de Paris (en el año 1231) fue que apareció por primera vez una
Biblia dividida en capítulos.
La incorporación de los
versículos posteriormente se llevó a efecto en Ginebra (en el año 1551). Fue el
exiliado tipógrafo protestante francés, Robert Estiénne, quien los introdujo
para facilitar la identificación de párrafos y la búsqueda de porciones de importancia.
En el siglo 15, la Biblia
fue el primer libro en ser publicado con el sistema de imprenta de Gutemberg.
Hasta ese momento, las Escrituras solo eran conocidas, leídas y estudiadas por
grupos selectos de religiosos. La gente común solo conocía lo que escuchaba de
quienes sabían leer y lo que les explicaba de su mensaje. Los manuscritos en
círculos de personas literatas eran objeto de veneración, reconocimiento y
aprecio, pero eran desconocidos por la gran mayoría de los creyentes que no
sabían leer.
7. Texto
hebreo de la Biblia
Hasta los años finales del
primer siglo de la iglesia, la Biblia hebrea se transmitía a través de diversas
familias y grupos de copistas, quienes se encargaban de transcribir y procesar
cuidadosamente los manuscritos recibidos. Al caer Jerusalén en el año 70 d.C.,
y con el advenimiento del grupo de los fariseos, como los representantes
oficiales del judaísmo normativo, surge en la comunidad la necesidad de
preservar los textos sagrados con particular esmero y determinación. De esa
forma es que surgen los manuscritos que se relacionan con la tradición
masorética, que alude al grupo de eruditos judíos que compilaron por el siglo
10 d.C. los manuscritos de la Biblia hebrea.
La alusión a los «masoretas»
hace referencia a la «masora», que es el conjunto de notas y aclaraciones en
forma de apéndice que se juntaron al texto bíblico para ayudar en el proceso de
comprensión del mensaje escritural. Ese grupo excepcional de eruditos judíos,
fue el que se encargó de añadir un sistema de vocales a las consonantes con que
se transmitió por siglos el texto hebreo. El trabajo de los masoretas fue tan efectivo,
que con el tiempo fue remplazando gradualmente otras formas de transmisión de
los textos hebreos, hasta el grado que representan los manuscritos más antiguos
de la Biblia hebrea, con solo algunas excepciones (p.ej., los documentos descubiertos
en Qumrán, en el Mar Muerto; http://dss.collections.imj.org.ill) que provienen
del siglo 10 d.C. Referente a la efectividad de esos textos masoréticos, es
importante indicar que los manuscritos de Qumrán confirman, en la mayoría de
los casos, el buen trabajo de los masoretas judíos.
Los libros de la Biblia
hebrea fueron escritos en hebreo, aunque hay algunas secciones menores que se
encuentran en arameo (p.ej., dos palabras en Gn 31.47; Jer 10.11; Dn 2.4-7, 28;
Esd 4.8-6.1 8; 7.12.26), lenguas semíticas que provienen del mismo sector
noroccidental del Oriente Medio. Los libros Deuterocanónicos se escribieron
tanto en hebreo (p.ej., Sirácide, l Macabeos, Baruc, y algunos fragmentos de
Ester), como en griego (p.ej., Sabiduría y 2 Macabeos); y además, se conservan
algunas copias griegas de posibles previos manuscritos semíticos (p.ej.,
Tobías, Judit y algunos fragmentos de Daniel).
La escritura del idioma
hebreo tuvo tres períodos importantes de desarrollo. El primer período, y el
más antiguo, se relaciona con el uso de los caracteres fenicios en la grafía
del idioma; posteriormente se utilizó el alfabeto de las consonantes arameas,
luego del exilio en Babilonia; para finalmente llegar al sistema de las vocales
del siglo 6 al 10 d.C.
Las narraciones bíblicas
orales más antiguas, se redactaron primeramente con los caracteres fenicios; posteriormente
se transliteraron al hebreo con las consonantes arameas; y al final del proceso
redaccional en el Medioevo, se incorporaron las vocales y los demás signos
diacríticos junto a las observaciones textuales hechas por los eruditos
masoretas.
Los materiales que se
utilizaban para escribir los textos hebreos eran variados. Por ejemplo, desde
piedras razas (Es 24.12; 31.18; 34.1) o cubiertas de cal (DI. 27.2), hasta
tablillas de barro cocido. Desde tablas de plomo, bronce, plata u oro (Jb
19.24; ls 8.1; 1 M 8.22; 14.18,26), hasta tablas de arcilla (Ez 4.1). Además, se
escribía en cuero, papiros y pergaminos. El instrumento de escribir era el
estilete de hierro con punta de diamante, o la caña para escribir en materiales
más suaves, como los papiros (Jr 17.1; Jb 19.24; 3 Jn 13).
Las Escrituras se
preparaban, guardaban y disponían en forma de rollos (cf. p.ej., Jr 36.2; Ez
3.1; Za 5.1; Sal 40.8; Jb 31.35): una larga hoja, o tira de papiro o pergamino,
de acuerdo con la extensión del documento, se enrollaba hasta llegar al final,
en donde tenía una especie de bastones que mantenían al rollo en su lugar y
facilitaban su manejo. Hacía el siglo 2 d.C. se comenzó a utilizar las formas
de códices en los pergaminos (que era una especie básica de libro), pero los
hebreos mantuvieron el sistema de rollos por siglos, antes de implantar
finalmente esa nueva tecnología de escritura y administración de documentos.
Los autores originales
quienes inspirados escribieron el mensaje bíblico no guardaron sus documentos
iniciales o mensajes básicos. En la actualidad solo poseemos copias de copias
de esos primeros manuscritos, llamados autógrafos, que no llegaron hasta
nuestros días. Posiblemente desaparecieron no mucho después de su redacción,
pues los materiales en los cuales se escribía no eran duraderos, como el papiro
que se deterioraba con relativa facilidad.
Las copias más antiguas que
tenemos de algunas porciones de Ia Biblia hebrea provienen del siglo 2 a.C. En
primer lugar, poseemos Copias del papiro Nash, y también disponemos de los famosos
manuscritos descubiertos en las cuevas de Qumrán, muy cerca del Mar Muerto. La
preservación de estos importantes manuscritos se debió principalmente a las condiciones
climáticas desérticas de los lugares en donde fueron encontrados. El papiro
Nash contiene parte del Decálogo (Ex 20; Dt 5.6-26), y la oración Shemá (Dt
6.4-9). Los manuscritos de Qumrán contienen numerosas copias de casi todos los
libros de la Biblia hebrea, junto a otras obras de gran importancia para la comunidad
esenia que vivía en la región del Mar Muerto.
El texto hebreo de mayor
autoridad y respeto entre los eruditos el día de hoy es el masorético (TM).
Aunque otras familias de manuscritos antiguos, tanto hebreos como griegos,
cargan gran peso e importancia en el estudio de la Biblia, el análisis crítico
del Texto Masorético (TM) ha revelado que representa una tradición muy antigua,
especialmente en referencia a las consonantes de los manuscritos, que fue
fijada por un grupo docto, escrupuloso y muy especializado de rabinos por los siglo
1 y 2 d.C. Otra familia importante de manuscritos se relaciona con la versión
griega de la LXX, que es muy útil para la comprensión de pasajes complejos o la
comprensión y traducción de algunas palabras y expresiones difíciles de entender
en el TM.
8. Versiones
antiguas de la Biblia hebrea.
Las versiones de la Biblia
hebrea son las traducciones de esos antiguos manuscritos y textos a los
diversos idiomas que hablaba la comunidad judía antigua. Algunas de estas
versionas antiguas de la Biblia han jugado un papel protagónico en el
desarrollo de las doctrinas de las iglesias y en la diseminación del mensaje
cristiano. Ese es el caso de algunas de las traducciones bíblicas al griego y
al latín.
a) Versiones griegas
Entre las versiones griegas
de la Biblia, se encuentran la Septuaginta, también conocida como de los
Setenta o LXX, y las versiones de Aquila, Teodocio y Símaco. La LXX
posiblemente constituye el primer intento sistemático de transmitir el mensaje
de la Biblia hebrea en otro idioma. La referencia a «los setenta», proviene de
una narración en la Carta de Pseudo-Aristeas, que intenta explicar el proceso
milagroso de redacción que experimentó esta particular traducción, en el cual las
autoridades judías de Jerusalén enviaron a un grupo de 72 traductores (número
que se redondeó a 70), seis por cada una de las tribus tradicionales de Israel,
que trabajaron por separado pero produjeron documentos idénticos. Este tipo de
leyenda pone de manifiesto el gran aprecio a esta versión griega de la Biblia
hebrea, que tenía el grupo de judíos que vivía en Alejandría, Egipto.
Por varios siglos, la LXX
fue la Biblia que utilizaron las comunidades judías de la diáspora que no
dominaban el idioma hebreo. Posteriormente, las iglesias cristianas hicieron de
esta versión el texto fundamental para sus usos cúlticos, y también para el
desarrollo efectivo de su apologética.
Como la LXX era el texto bíblico
usado por los cristianos en sus argumentaciones contra los judíos, con el tiempo,
esta importante versión griega se convirtió en una esencialmente cristiana, y
las comunidades judías de habla griega comenzaron a utilizar otras versiones.
Los judíos, poco a poco, comenzaron a rechazar la versión de los LXX por el uso
que le daban los cristianos y por algunas diferencias que presentaba con respecto
al texto hebreo. De esta forma paulatina, las versiones de Aquila, Teodocio y
Simaco sustituyeron a la LXX, entre los lectores judíos.
De acuerdo con las
tradiciones rabínicas, Aquila fue un pagano converso al judaísmo, oriundo de
Ponto, que tradujo la Biblia hebrea al griego, con suma fidelidad al TM. En su
traducción intentó, inclusive, reproducir en griego palabra por palabra el
texto hebreo, incluyendo los modismos del lenguaje. Esas características
lingüísticas y teológicas hicieron de esta versión griega la más popular entre
las sinagogas de la diáspora, posiblemente por cuatro siglos, hasta la entrada
de la época árabe.
Teodocio fue un judío
converso de Éfeso, que por el año 180 d.C. revisó la traducción de los LXX, con
la finalidad de adaptarla a las necesidades de la comunidad judía. Esta
traducción, sin embargo, aunque era una intento por hebraizar el texto de los
LXX, carecía de elementos anticristianos, y fue rechazada por la comunidad judía
y apreciada por la cristiana.
Símaco era un judío fiel que
con el tiempo se incorporó a las comunidades de los ebionitas. Por el año 200
d.C., y posiblemente para mejorar la traducción de Aquila, revisó nuevamente el
texto griego de la Biblia. En esta ocasión, es de notar, que no se apegó tanto
a la literalidad del texto hebreo y buscó transmitir con fidelidad el sentido
fundamental de los pasajes particularmente difíciles de las Escrituras.
De estas tres versiones
griegas, Aquila, Teodocio y Símaco, no tenemos lamentablemente los manuscritos
completos. Solo poseemos algunos fragmentos que han sobrevivido parcialmente en
las famosas Hexaplas de Orígenes, que consiste en una publicación que dispone siete
versiones de la Biblia en paralelo. En esta importante obra, se encuentran
inclusive referencias a otras versiones griegas y antiguas de la Biblia, las
cuales conocemos principalmente por su ubicación en la obra. De particular
importancia son las versiones que se encuentran en las columnas quinta, sexta y
séptima.
b) Versiones arameas
Cuando el hebreo comenzó a
ser sustituido por el idioma arameo, luego del regreso del exilio en Babilonia,
la comunidad judía sintió la necesidad de traducir y presentar sus documentos
sagrados en esa nueva lengua. Las versiones arameas de la Biblia se conocen
como targúmenes, que proviene del hebreo que significa traducción. Esas nuevas
traducciones de la Biblia se utilizaban de forma destacada en las sinagogas,
pues vertían al arameo las lecturas bíblicas del idioma hebreo. Servían de base
para las liturgias y especialmente las explicaciones, enseñanzas y sermones.
Eran esencialmente explicaciones libres, y en ocasiones expandidas o
parafrásticas, de los textos bíblicos.
En sus comienzos, estas
traducciones se producían de manera oral, pues se llevaban a cabo a la vez que
se presentaban los pasajes bíblicos en el culto sinagogal. Con el tiempo, sin
embargo, se fijaron en formas literarias, y se les añadían, inclusive,
comentarios y reflexiones de naturaleza doctrinal, pedagógica y homilética. A
su vez, estas nuevas traducciones de los manuscritos inspirados, eran una forma
novel de interpretar y aplicar esos importantes textos sagrados.
Existen traducciones arameas
o targúmenes de todos los libros bíblicos con la posible excepción de Esdras,
Nehemías y Daniel. El uso de estas versiones bíblicas llegó hasta el período
neotestamentario, como se desprende de la presencia de los Targum de Job y de
Levítico entre los manuscritos de Qumrán.
En tomo a la Torá, se han
encontrado cuatro targúmenes. El primero, redactado en un arameo babilónico, y
ciertamente el más antiguo e importante del grupo, se conoce como el Targum de
Onquelos. El manuscrito que poseemos proviene posiblemente del siglo 1 ó 2
d.C., y presenta una paráfrasis sobria de las narraciones y las leyes del
Pentateuco. Los otros targúmenes se han redactado en arameo palestino, y
presentan paráfrasis más libres de los textos bíblicos. El Targum Yerushalmi I
o de Pseudo-Jonatán; Targum Yerushalmi II o Fragmentarium,
del cual se conservan solo unos 850 versículos; y el Targum Neophyti, que se
encontró en la Biblioteca del Vaticano en 1956.
Referente a la sección de
los profetas o Nebiim en la Biblia hebrea el Targum de Jonatán ben Uzziel
contiene las traducciones parafrástica; de los profetas anteriores y
posteriores. Aunque es de origen palestino, este targum recibió su edición
definitiva en Babilonia en los siglos 3 y 4 d.C. Se atribuye a Jonatán, que es
posiblemente un discípulo distinguido de Hillel, el gran rabino del siglo 1
d.C.
De los Escritos o Ketubim
existen manuscritos de casi todos sus libros; del libro de Ester se poseen tres
manuscritos. Redactados en un arameo palestinense; contienen traducciones e
interpretaciones del texto bíblico, que provienen de diversos períodos
históricos y de diferentes autores. Su edición definitiva se produjo entre los siglos
8 y 9 d.C.
e) Otras versiones antiguas
Otras versiones del texto
hebreo circularon en diferentes contextos judíos y cristianos en la antigüedad.
Entre ellas, de particular importancia, son las traducciones al latín y al
sirio, que han tenido un uso generalizado en las iglesias.
1. Versiones occidentales. Entre estas versiones occidentales, las versiones
latinas merecen especial atención, por su importancia en la historia de la
iglesia, así como en la exégesis y el desarrollo doctrinal. La primera de estas
versiones es la Vetus Latina, que es
la forma tradicional de referirse a las traducciones al latín antes de la obra
de San Jerónimo. El propósito de estos esfuerzos de traducción bíblica, incluía
la expansión del cristianismo por todo el mundo conocido de Occidente, en un
momento en que el latín se había convertido en la lengua principal de la
región.
Dos de estas versiones
griegas merecen especial atención: La primera proviene del África, c. 150 d.C.;
y la segunda, posiblemente de Roma, entre los siglos 2 y 3 d.C. Ésta segunda
versión latina es superior a las otras versiones por la fidelidad el texto
hebreo y la claridad en la comunicación. El texto base para el AT fue la LXX.
La versión de la Biblia
conocida como la Vulgata ha jugado un papel protagónico en la historia de la
iglesia cristiana, pues se convirtió en texto bíblico oficial de la Iglesia
Católica hasta épocas muy recientes. San Jerónimo llevó a efecto esta
traducción (383-404/6 d.C.), en la histórica ciudad de Belén, por encomienda expresa
del Papa San Dámaso, que quiso tener una edición de la Biblia que ayudara a
superar las dificultades textuales y las confusiones teológicas que generaban
los previos diversos esfuerzos latinos de traducción.
De los esfuerzos de
traducción de San Jerónimo, el más importante, posiblemente, es la traducción
del AT, que llegó a formar parte de la Vulgata y que se convirtió en el
documento bíblico definitivo por siglos de las iglesias. Esa traducción se basó
en el texto hebreo que se utilizaba en la sinagoga local de Belén, que era un
texto en la tradición del TM. El trabajo de San Jerónimo incluyó la traducción
de todos los libros del protocanon, y de los libros deuterocanónicos de Tobías
y Judit. Tradujo, además, las secciones apócrifas o deuterocanónicas de Daniel
del texto griego de Teodocio.
Entre las características
fundamentales de la Vulgata latina, se encuentran la fidelidad que manifiesta a
las lecturas del texto hebreo y la gran capacidad de comunicación y elegancia
del latin. Una de sus preocupaciones básicas fue hacer inteligible el mensaje
bíblico, añadiendo inclusive, en ocasiones, alguna nota marginal que expandía
la comprensión de algún término o explicaba con sencillez y profundidad
conceptos de importancia teológica, como por ejemplo las referencias al Mesías.
Respecto a la Vulgata,
debemos añadir que el Papa Paulo VI creó una comisión pontificia especial para
la revisión de este texto latino antiguo. De esos importantes esfuerzos y
trabajos, se produjo la Neovulgata, que es una edición latina de la Biblia que,
aunque conserva en su mayor parte la antigua traducción de San Jerónimo,
incorpora en sus textos los descubrimientos, las contribuciones y los progresos
de las ciencias bíblicas contemporáneas. Su utilidad actual se relaciona con la
liturgia y la exégesis. Desde la perspectiva técnica y científica, esta nueva
edición de la Biblia en latín se fundamenta, en los mejores textos críticos,
tanto del AT como del NT.
Otras versiones occidentales
de la Biblia merecen alguna consideración, como las traducciones a las lenguas
gótica y eslava. De la primera, debe indicarse que es la obra literaria de más
antigüedad en lengua teutónica, y fue realizada por el Obispo Ulfilas a
mediados del siglo 4 d.C. ¡Para su redacción se necesitó crear un nuevo
alfabeto! Referente a la eslava, es menester indicar que la primera versión se
produjo con una finalidad esencialmente litúrgica, por los hermanos Cirilo y
Metodio (siglo 9 d.C.). Esta versión constituye el texto eclesiástico básico
para las iglesias eslavas desde el siglo 15 d.C.
2. Versiones orientales. Las versiones de las Sagradas Escrituras en el
mundo eclesiástico del Oriente son principalmente las Biblias en los idiomas
sirio, copto, armenio, etíope, georgiano y árabe. Estas ediciones de la Biblia
contribuyeron sustancialmente a la expansión del cristianismo y al desarrollo
de las grandes doctrinas de las iglesias de esta región.
En esta tradición de
traducciones bíblicas una versión siria merece tratamiento especial. Conocida
desde el siglo 10 d.C. como la Peshita (que significa corriente, común o
usual), es una obra de varios autores, aunque no podemos precisar si fueron judíos
o cristianos. La traducción del AT se llevó a efecto en el siglo 2 d.C., y se
fundamentó en algunos manuscritos hebreos con diferencias importantes del TM.
Posteriormente fue revisada y corregida a la luz de la versión de la LXX. Desde
muy temprano en la historia, esta versión gozó de gran popularidad entre los
cristianos de habla siria, y contribuyó de forma destacada a la expansión del
cristianismo en esa región.
La versión de la Biblia al
idioma copto obedece al rápido crecimiento del cristianismo en Egipto, Hay
cuatro versiones coptas, y de ellas, la bohaírica, ha sido las más difundida y
utilizada por las iglesias. Inclusive, esta versión copta ha permanecido en la
liturgia hasta nuestros días. La traducción del AT proviene de los siglos 2 y 3
d.C., y se basó en la versión de la LXX.
En el idioma armenio, la
Biblia fue traducida en el siglo 5 d.C., y utilizó como base, posiblemente, la
versión siria o Peshita, que se incluye en la obra Hexapla de Orígenes. Se
conoce como la reina de las versiones de la Biblia, por la calidad literaria de
la traducción.
La traducción de la Biblia
al idioma etíope se inició, posiblemente, a mediados del siglo 4 d.C., y
utilizó como base el texto de la LXX. La versión georgiana proviene del siglo 4
d.C. Las traducciones al árabe, que se llevan a efecto luego del desarrollo del
Islam y la conquista árabe del Oriente, vienen del siglo 8 d.C. (aunque el
evangelio se predicó en lengua árabe quizá desde antes del siglo 3 d.C.), y el
AT se tradujo tomando en consideración los textos hebreos, de la LXX y la
Peshita.
3. Versiones poliglotas europeas. Durante el Medioevo, los esfuerzos por
traducir la Biblia a los diversos idiomas nacionales, continuó e inclusive se
incrementó. Esos proyectos, sin embargo, no siempre intentaban producir todas
las Sagradas Escrituras. Eran más bien proyectos parciales, en ese contexto de
traducción y producción de Biblias, específicamente en Europa, comenzaron a
imprimirse una serie multilingüe de ediciones de las Escrituras, que se conocen
como las Biblias políglotas. Estas Biblias contenían, por lo general, las lenguas
originales y uno o más versiones a diversos idiomas europeos.
Entre las ediciones más
importantes de las Biblias políglotas se encuentran cuatro, que se conocen como
ediciones «mayores», y se identifican por el nombre de la ciudad donde fueron
editadas e impresas.
·
Políglota Complutense o de Alcalá: 1514-1517, 1522
·
Políglota de Amberes o Antuerpiense o Regia: 1569-1572
·
Políglota Parisiense: 1629-164
·
Políglota Londinense o Waltoniana: 1645-1657
9.
Traducciones de la Biblia al castellano
Como el latín se mantuvo
como la lengua literaria en España hasta mediados del siglo 12, las
traducciones al idioma del pueblo, que ya manifestaba características propias y
definidas, se pospuso hasta esa época. Entre los siglos 13 y 15 se produjeron
varias traducciones en lengua castellana, tanto por eruditos judíos como
cristianos. De particular importancia fueron las Biblias traducidas por judíos
y protestantes en el siglo 16.
Posiblemente, la más famosa
de las traducciones judías castellanas de ese período es la Biblia de Ferrara o
Biblia de los Hebreos (1533). Luego apareció la muy celebrada traducción de
Casiodoro de Reina impresa en Basilea, y conocida como la Biblia del Oso, por
el grabado en su portada (1569). Esa importante versión castellana fue
seriamente revisada por Cipriano de Valera (1602) en Ámsterdam. Esta edición
revisada de la Biblia, conocida como la tradición de traducciones Reina.
Valera, ha sido una de las mas importantes en el mundo de habla castellana,
particularmente en comunidades protestantes o evangélicas, en sus diversas
revisiones, hasta el siglo 21.
Junto a la tradición Reina-
Valera, se pueden identificar otras versiones castellanas de la Biblia que
poseen gran importancia, ya sea por su calidad literaria y fidelidad a los
originales, o por el uso que tienen en las comunidades de fe, tanto católicas
como protestantes o evangélicas. A continuación se identifican algunas de las
Biblias castellanas más prominentes, con su fecha de publicación, identificadas
por su traductor principal o por la casa editora. La siguiente lista no
pretende ser exhaustiva ni completa. Es solo una guía de estudio.
·
Felipe Scio de San Miguel: 1790.1793
·
Félix Torres Amat: 1823-1825
·
Eloíno Canar Fuster y Alberto Colunga: 1944, Rev. 1974
·
José María Bover y Francisco Cantera: 1947, Rev. 1962
·
Francisco Cantera y Manuel Iglesias González: 1975
·
Juan Straubinger: 1948-1951
·
Biblia de la Casa de la Biblia: 1966, Rev. 1992
·
Martín Nieto: 1965, Rev. 1988
·
Biblia de Jerusalén: 1967, Rev. 1975
·
Biblia para la iniciación cristiana: 1977
·
Biblia latinoamericana: 1969
·
La Biblia. Dios habla hoy: 1979
·
La Nueva Biblia Española: 1975
·
La Biblia de Navarra: 1975-2002
·
El libro del pueblo de Dios. La Biblia: 1981
·
La Biblia Reina-Valera: 1909, 1960, 1995
·
La Biblia. Nueva Versión Internacional: 1999
10. Diversos
métodos para el estudio de la Biblia
La Biblia es un documento
complejo, tanto por su extensión y antigüedad, como por la variedad de géneros
literarios que expone, y los asuntos y temas que presenta. Sin embargo, por su
naturaleza religiosa, y también por los valores morales y espirituales que
tiene entre las personas creyentes, su estudio riguroso y ponderado, para que
sea provechoso, demanda la elaboración de metodologías que contribuyan
positivamente a apreciar su carácter, descubrir el sentido, disfrutar sus
enseñanzas, facilitar su comprensión, y propiciar la aplicación de los valores
expuestos.
Para atender esas importantes
necesidades de comprensión y para superar las complejidades y dificultades que
se manifiestan en estos documentos, se ha desarrollado con el tiempo diversas
formas de estudiar las Escrituras, cada metodología contribuye, desde su particular
perspectiva, al esclarecimiento de los asuntos expuestos, así como al
entendimiento de los principios y conceptos que se articulan y enuncian.
En el mundo de las ciencias
bíblicas y los análisis rigurosos de las Escrituras, este tipo avanzado de
metodología de estudio se identifica con la expresión «crítica» que, lejos de ser una expresión peyorativa hacia
las Sagradas Escrituras, alude al análisis profundo, a la evaluación sosegada,
y a la ponderación cuidadosa de los documentos y los libros estudiados. En ese
proceso, se analizan detenidamente los acentos, las palabras, los silencios,
las frases, los pasajes, las secciones y los libros de la Biblia, desde
diversas perspectivas, como por ejemplo, las estructurales, literarias y
temáticas.
La crítica de las fuentes
está interesada en el análisis de la estructura literaria el vocabulario y el
estilo que se manifiestan en los textos bíblicos: para así descubrir las
diversas tradiciones orales y escritas que lo componen. Este particular tipo de
estudio, nos puede ayudar a precisar las posibles fechas de composición del
pasaje escritural bajo consideración. Esta metodología ha sido de gran utilidad
para la comprensión. Por ejemplo, del Pentateuco, con la llamada «teoría documentaria», que intenta descifrar sus
complejos procesos de transmisión oral y literaria, y la final redacción y
edición de la obra, al identificar y analizar las diversas fuentes que lo
componen.
Otra forma de estudios
bíblicos de gran importancia se conoce como la crítica de las formas. En esta
metodología se intenta analizar las formas literarias de los pasajes estudiados
para relacionar esas porciones con las fuentes orales previas a su fijación escrita.
Con este análisis, además, se desea comprender el proceso de transmisión oral o
literaria del pasaje, antes de adquirir su forma definitiva en la Biblia. Con
esta metodología se han estudiado, por ejemplo, las narraciones de los
patriarcas y matriarcas de Israel, y también los Salmos. El resultado de estos
estudios ha beneficiado en gran manera la comprensión de estos textos, pues nos
ha permitido entender mejor los entornos históricos y sociales en que esos
pasajes antiguos fueron transmitidos de generación en generación.
La crítica de la redacción
es la metodología que desea identificar los diversos géneros literarios y los
temas de los libros de la Biblia para descubrir las fuerzas teológicas y
temáticas que motivaron a los autores sagrados a relacionar esos materiales
antiguos. Este tipo de análisis, contribuye sustancialmente a la comprensión de
los pasajes bíblicos en su forma canónica final, lo que es una gran ayuda en la
aplicación de las dinámicas hermenéuticas. Al aplicar este método de estudio
bíblico a los dos relatos de la creación de Génesis (Gn 1.1-2.3a; 2.4b-3.24),
por ejemplo, se descubren, entre otras, una serie importante de diferencias temáticas,
teológicas, estilísticas y literarias.
Para atender el texto
bíblico en su forma canónica, definitiva y final, se han elaborado diversas
formas de críticas literarias. El objetivo de esta metodología es descubrir el
significado que tenía alguna porción bíblica para la comunidad antigua que lo
escuchó. Estas distintas formas de estudios bíblicos analizan las Escrituras
para descubrir sus virtudes estéticas significativas, que contribuyen de forma
destacada al descubrimiento y disfrute del sentido de los pasajes.
Este método es una manera de
reaccionar a los procesos de estudio bíblico que se especializan en descomponer
los pasajes en diversas partes y secciones, tanto orales como literarias. Es
una forma de tomar muy seriamente en consideración lo que, en última instancia,
produce sentido en la persona que lee un pasaje: Su estado literario final, que
ciertamente es el documento que poseemos y podemos estudiar con seguridad.
El estudio de las parábolas
de Jesús se ha beneficiado grandemente de estos análisis literarios, pues el
descubrimiento de sentido requiere que las personas que leen y estudian estas
piezas literarias, se incorporen en el proceso pedagógico, y que se sientan
aludidas e interpeladas por el mensaje, y además, que respondan al propósito
transformador del discurso. También en el estudio de las narraciones
patriarcales, estas metodologías han sido de gran ayuda, pues la comprensión de
estos relatos requiere que los lectores y lectoras lean entre líneas y suplan alguna
información que se presupone pero que no se brinda en forma clara en los
pasajes.
Las metodologías
relacionadas con la crítica literaria descubren y destacan el importante papel
que juega el lector o lectora en los procesos de estudio y comprensión de la
Biblia. Las Sagradas Escrituras se componen de documentos literarios que
manifiestan ciertas características estéticas, literarias, espirituales,
morales, educativas, éticas, teológicas y filosóficas, a las que las personas
lectoras reaccionan desde sus diversas perspectivas y experiencias de vida. En
estas formas de estudio, el contexto en que se encuentran los lectores y las
lectoras, juega un papel protagónico en las dinámicas de acceder al texto,
descubrir el sentido y comprender los pasajes bíblicos.
Estas metodologías de
análisis presuponen también que el sentido no lo produce únicamente el autor de
algún documento, sino que las personas que lo leen, desde sus realidades
diarias, también contribuyen al descubrimiento y disfrute de esos diversos
niveles semánticos. Ni el texto ni los lectores son recipientes pasivos de las
ideas y los conceptos, también los contextos, tanto del pasaje bíblico como de
los lectores, juegan un papel de importancia en los procesos de comprensión de
los pasajes.
Por la importancia que juega
el lector o lectora en estas formas dinámicas de estudios bíblicos, diversos
grupos y sectores de la comunidad han incorporado estas metodologías literarias
a sus modos continuos de estudio de las Sagradas Escrituras. Estas formas de
estudio han sido particularmente importantes en sectores sociales y en
comunidades que han sido víctimas de procesos de opresión y cautiverio, y
políticas de marginación y rezagos. Diversos grupos minoritarios han visto en
estas metodologías de estudios bíblicos una gran ayuda para entender la Biblia con
virtud liberadora y con poder transformador.
Ese es el particular caso de
las mujeres que han descubierto el carácter patriarcal y misogénico de los
documentos bíblicos, y han comenzado a leer los documentos bíblicos en clave de
liberación. Al comprender que la Biblia procede de esos ambientes y contextos
fundamentados prioritariamente en Ias perspectivas masculinas de la sociedad y
la existencia humana, han elaborado lecturas alternativas que brindan esperanza
y futuro a las mujeres.
Las metodologías literarias
han sido importantes en el desarrollo de las teologías latinoamericanas, pues
han relacionado las vivencias, los dolores y las miserias de los grandes
sectores empobrecidos del continente, con los relatos de la salida de los
israelitas de la opresión del faraón de Egipto, bajo el liderazgo de Moisés.
También en la teología del Oriente Medio, particularmente en la palestina,
estas metodologías literarias han sido fundamentales para redescubrir el tema
de la esperanza, en sociedades inmersas en continuos conflictos políticos y
guerras que parecen humanamente insalvables.
Para las personas que leen y
estudian la Biblia, estas diversas metodologías de estudio son herramientas
útiles para descubrir el sentido y para facilitar la comprensión del mensaje.
Estas metodologías, sin embargo, son solo herramientas de estudio, y no
constituyen un fin en sí mismas, sino que son parte de un proceso pedagógico y
literario que puede contribuir positivamente a un mejor entendimiento y
disfrute del mensaje escritural.
La gente que llega a las
Sagradas Escrituras desde la perspectiva de la fe, afirma que estos documentos
tienen gran autoridad espiritual y moral, y fundamentan su estilo de vida y
prioridades en la existencia humana, en los valores y las enseñanzas que se
desprenden de estos importantes documentos religiosos. Estas lecturas reconocen
que la Biblia contiene la Palabra de Dios, y que su mensaje tiene gran
relevancia y pertinencia en las sociedades contemporáneas.
TAREAS:
1.- Luego de leer la Unidad I, seleccione 15
palabras y realice un glosario de términos.
2.- Explique por medio de un párrafo la
correspondencia o equivalencia de los 24 libros del canon hebrero a los 39
libros de la versión Reina Valera.
3.- Escriba un ensayo sobre los Valores
espirituales y teológicos en el Antiguo Testamento. (Una página).
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