sábado, 24 de junio de 2023

Curso: PBT AT - Segunda Unidad

 

CURSO: PERSPECTIVAS BÍBLICOS TEOLÓGICAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO PARA UN PRAXIS SOCIOTEOLÓGICA DE LIBERACIÓN

Prof. Dr. Exeario Sosa Ocanto


SEGUNDA UNIDAD. EL MUNDO DEL ANTIGUO TESTAMENTO: TRANSFONDO GEOGRÁFICO Y ÉTNICO

Israel no nació en un vacío. Abraham era heredero de un rico patrimonio cultural, fruto de milenios de desarrollo humano. En esta unidad estudiaremos el transfondo geográfico y étnico del mundo del Antiguo Testamento.

1. Las tierras bíblicas

La tierra es el elemento que une toda la historia del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Es el prisma que nos permte analizar todo el espectro de esta historia. Esta es la tesis de Walter Brueggeman (1977) quien describe la tierra en la Biblia como don, promesa y desafío. En toda la Biblia, Israel se encuentra en camino de la tierra hacia la no-tierra y de la no-tierra hacia la tierra, hecho parelelo al camino de la vida hacia la muerte y de la muerte hacia la vida. Es una historia de promesa, de posesión, de exilio, de retorno, de dispersión y de retorno escatológico. La tierra es una tarea y una amenaza, pero también es un don y un lugar de seguridad. En la narrativa bíblica la tierra es conquistada, perdida, esperada, y, al final, poseída para siempre.

La relación entre la geografía, la historia y la cultura es muy estrecha. Todo lo que pasa acontece en el tiempo y el espacio. Para apreciar la historia de un pueblo tenemos que estudiar el medio ambiente físico, el escenario de esa historia. Por ser la tierra de Israel el puente entre las grandes civilizaciones de Egipto y Mesopotamia y por encontrarse en la ruta de las caravanas, no podía vivir aisladamente. Productos e ideas, comerciantes y ejércitos fluyeron por esas tierras.

Al mirar el mapa de Palestina desde el Mar Mediterraneo hacia el este, usted puede notar cuatro franjas geográficas: las llanuras marítimas, la serranía central, el valle del Jordán, y las tierras altas de Transjordania. Palestina muestra las mismas características físicas de Siria, pues geográficamente es una extensión de esa nación.

Las llanuras marítimas. Israel, a pesar de tener una costa que se extiende a lo largo de su territorio, nunca llegó a ser pueblo marítimo. Hay dos razones. No existe entre Egipto y Tiro ningún puerto adecuado. Además, por mucho tiempo los filisteos dominaron la costa. Los fenicios al norte, sin embargo, con poco terreno entre el mar y las montañas, pero con buenos puertos, llegaron a ser grandes marineros y comerciantes marítimos. Por esta razón pudieron establecer colonias muy lejos de sus territorios.

La serranía central. En esta región encontramos el escenario de la mayor parte de la antigua historia hebrea. La fértil llanura de Esdraelón separa a Galilea y Samaria. No hay división física entre Samaria y Judea. Hacia el suroeste de Judea en las colinas más bajas vemos la Sefala, o la tierra baja, conocida por sus productos agrícolas de frutos y granos. Al sur se extiende el Néguev hacia el desierto.

El valle del Jordán. Esta gran falla geológica se extiende desde Siria, en el norte, hasta Africa, en el sur. El rio Jordán corre por este cañón y en parte de su trayectoria se encuentra bajo el nivel del mar. El mar de Galilea se halla a doscientos ocho metros y el Mar Muerto a trescientos noventa y cuatro, ambos bajo el nivel del mar.

Las tierras altas de Transjordania. Podemos notar cinco áreas distintas de esta región, desde el norte hacia el sur: Basán, Galaad, Amón, Moab y Edom. Hacia el este se hallan la saba y el desierto de Arabia.

mapa bíblico 10

 

Leyenda del Mapa. 1.- Dan (Lais) Jeroboam mandó construir un becerro de oro para que el reino del norte lo adorara (1 Rey. 12:26–33). Dan era el límite norte del antiguo Israel. 2.- Monte Carmelo Elías el Profeta desafió a los profetas de Baal e hizo descender lluvia del cielo (1 Rey. 18:17–46). 3.- Meguido Un lugar de muchas batallas (Jue. 4:13–16; 5:19; 2 Rey. 23:29; 2 Cró. 35:20–23). Salomón decretó una leva para edificar Meguido (1 Rey. 9:15). El rey Josías, rey de Judá, resultó mortalmente herido en una batalla contra el faraón Necao, de Egipto (2 Rey. 23:29–30). En el tiempo de la segunda venida del Señor, tendrá lugar un gran conflicto final en el valle de Jezreel, que será parte de la batalla de Armagedón (Joel 3:14; Apoc. 16:16; 19:11–21). El nombre Armagedón es una transliteración griega del hebreo Har Megiddon, que significa montaña de Meguido. 4.- Jezreel Nombre de una ciudad situada en el valle del mismo nombre, el más grande y más fértil de Israel. Los reyes del reino del norte construyeron un palacio allí (2 Sam. 2:8–9; 1 Rey. 21:1–2). La inicua reina Jezabel vivió y murió en este sitio (1 Rey. 21; 2 Rey. 9:30). 5.- Bet-sán Israel enfrentó a los cananeos en este lugar (Josué 17:12–16). En el muro de este fuerte se colgó el cuerpo de Saúl (1 Sam. 31:10–13). 6.- Dotán José fue vendido como esclavo por sus hermanos (Gén. 37:17, 28; 45:4). Eliseo tuvo una visión de la montaña llena de gente a caballo y de carros de fuego (2 Rey. 6:12–17). 7.- Samaria Capital del reino del norte (1 Rey. 16:24–29). El rey Acab construyó un templo a Baal (1 Rey. 16:32–33). Elías el Profeta y Eliseo ministraron allí (1 Rey. 18:2; 2 Rey. 6:19–20). Los asirios la conquistaron en el año 721 a.C., y llevaron cautivos a las diez tribus (2 Rey. 18:9–10). 8.- Siquem Abraham edificó un altar allí (Gén. 12:6–7). Jacob vivió cerca de allí. Simeón y Leví mataron a todos los varones de esta ciudad (Gén. 34:25). En Siquem, Josué arengó al pueblo a que escogiera servir a Dios (Josué 24:15). Jeroboam estableció allí la primera capital del reino del norte (1 Rey. 12). 9.- Monte Ebal y monte Gerizim Josué dividió Israel en estos dos montes: las bendiciones de la ley se proclamaron en el monte Gerizim, mientras que las maldiciones se pronunciaron en el monte Ebal (Josué 8:33). Más tarde, los samaritanos construyeron un templo en Gerizim (2 Rey. 17:32–33). 10.- Penuel (Peniel) Allí luchó Jacob toda la noche con un mensajero del Señor (Gén. 32:24–32). Gedeón derribó una torre madianita (Jue. 8:5, 8–9). 11.- Jope Jonás se embarcó allí para dirigirse a Tarsis y huir de su misión a Nínive (Jonás 1:1–3). 12.- Silo Durante el tiempo de los jueces, era la capital de Israel y el tabernáculo se hallaba allí (1 Sam. 4:3–4). 13.- Betel (Luz) Allí fue donde Abraham se separó de Lot (Gén. 13:1–11) y tuvo una visión (Gén. 13; Abr. 2:19–20). Jacob tuvo la visión de una escalera que llegaba al cielo (Gén. 28:10–22). El tabernáculo estuvo allí durante un tiempo (Jue. 20:26–28). Jeroboam mandó construir un becerro de oro para que el reino del norte lo adorara (1 Rey. 12:26–33). 14.- Gabaón Los heveos de este lugar engañaron a Josué para concertar un tratado (Josué 9). El sol se detuvo mientras Josué ganaba una batalla (Josué 10:2–13). También fue ese un lugar provisional para el tabernáculo (1 Cró. 16:39). 15.- Gaza, Asdod, Ascalón, Ecrón y Gat (las cinco ciudades filisteas) Los filisteos guerreaban con Israel con frecuencia desde estas ciudades. 16.- Belén Raquel quedó enterrada cerca de allí (Gén. 35:19). Rut y Booz vivieron en este lugar (Rut 1:1–2; 2:1, 4). Se le llamó la ciudad de David (Lucas 2:4). 17.- Hebrón Abraham (Gén. 13:18), Isaac, Jacob (Gén. 35:27), David (2 Sam. 2:1–4) y Absalón (2 Sam. 15:10) vivieron allí. Fue la primera capital de Judá durante el reinado de David (2 Sam. 2:11). Se cree que Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Jacob y Lea fueron enterrados en la cueva de Macpela (Gén. 23:17–20; 49:31, 33). 18.- En-gadi David se escondió allí de Saúl y le perdonó la vida (1 Sam. 23:29–24:22). 19.- Gerar Abraham e Isaac vivieron allí durante un tiempo (Gén. 20–22; 26). 20.- Beerseba Abraham cavó un pozo en este sitio e hizo convenio con Abimelec (Gén. 21:31). Isaac vio al Señor (Gén. 26:17, 23–24) y Jacob vivió allí (Gén. 35:10; 46:1). 21.- Sodoma y Gomorra Lot decidió vivir en Sodoma (Gén. 13:11–12; 14:12). Dios destruyó ambas ciudades por motivo de su iniquidad (Gén. 19:24–26). Posteriormente, Jesús empleó estas ciudades como símbolos de maldad (Mateo 10:15).

Diálogo (actividad presencial o través de plataformas virtuales)

En esta sección la importancia de la tierra en la revelación bíblica se destaca de dos maneras. Es, en primerlugar, el elemento que da continuidad a todo el movimiento bíblico. Desde este punto de vista es el tema central de toda la Biblia. En segundo lugar, la tierra no es solamente un elemento sino el molde en el cual toda la historia se desarrolla. Esta misma historia no hubiera podido ocurrir en la misma forma, en otro lugar.

Como cristianos (as) tenemos una predisposición  de espiritualizar todo lo que sucedió en el Antiguo Testamento. La promesa de la tierra, por tipología, se convierte en la promesa del cielo. Las luchas por la tierra en la interpretación alegórica, las referimos a la vida cristiana. En ambos casos perdemos el significado esencial de la historia, pues en ella la tierra es el aspecto central. No hay base bíblica, ni aun en el Nuevo Testamento, para negar el aspecto concreto de las promesas del Antiguo Testamento. La preocupación por los pobres que no tienen tierra es un contenido bíblico fundamental. Las nuevas corrientes de teología en América Latina nos llaman de nuevo a dejar las interpretaciones alienantes, que parecen tan cómodas, y afirmar el sentido literal del pacto, el cual promete la tierra a los pobres que no tienen hogar permanente.

¿Podemos mantenernos tranquilos (as) frente a la violación de la tierra en nuestros países? ¿Qué podemos hacer a la luz de la enseñanza bíblica, que promete la tierra a los que no la tienen, cuando los poderosos siguen aumentando sus posesiones? ¿Quién es el dueño real de la tierra y su plenitud? ¿Con quién quiere Dios compartirla? Piense por un momento cómo esta interpretación de la promesa de la tierra puede afectar nuestra actitud hacia su conservación. Recordemos que en la Biblia la promesa exige respuesta humana para su cumplimiento. Dios no obra en un vacío.

2. La antigüedad de la habitación humana en tierras bíblicas

Según la arqueología, el ser humano ha vivido en Palestina desde la Edad Paleolítica, o sea desde hace, unos 200 mil años. No obstante, solamente con el fin del último periodo glacial, unos 9 mil años antes de Cristo, fue posible desarrollar la agricultura y la domesticación de animales. Las ruinas de Jericó son un ejemplo de la antigüedad de la civilización de la región. Esta ciudad tuvo una civilización avanzada cuatro mil años antes de Abraham, un periodo de tiempo más o menos equivalente al que nos separa del patriarca (véase Bright, pp. 29-30).

En el tercer milenio los sumerios de Mesopotamia alcanzaron una civilización de grandes adelantos. A ellos debemos el invento de la escritura unos 3 mil trescientos años ante de Cristo. En esta región aparece Abraham, al principio del segundo milenio, como parte de un movimiento semítico del desierto que llegó a dominar Mesopotamia. Abraham era heredero de aquella gran civilización sumeria que floreció allí tres mil años antes de Cristo.

Para la civilización del río Nilo, el tercer milenio corresponde a la Edad Clásica de Egipto, la época de la construcción de las grandes pirámides del Reino Antiguo. Durante este periodo apareció en Egipta una clase escritura, llamada jeroglífico (escritura sagrada).

3. La concepción del cosmos en el Medio Oriente durante la época patriarcal y mosaica.

Para ubicarnos en el estudio del Antiguo Testamento es necesario tener una idea de cómo los habitantes de la región, en el periodo bíblico, veían el mundo, teniendo en cuenta que Israel, con base a la promesa, superó muchos aspectos de la antigua cosmovisión del Medio Oriente.

La cosmovisión hebrea

En su concepción del mundo físico, los hebreos compartían la cosmovisión de la región. La tierra se consideraba plana, como un disco, mientras los cielos eran vistos como un tazón invertido, y el firmamento como sólido. Este “tazón” es sostenido por los pilares de la tierra (las montañas). Por encima del firmamento se mantienen las aguas, que llegan a la tierra de vez en cuando por algunas ventanas. Por debajo del firmamento se encuentran las estrellas, el sol y la luna. El seol, lugar de los muertos, está debajo de la tierra. Alrededor del firmamento y debajo de la tierra y el seol, existe el abismo lleno de agua. Encima de todo está la corte celestial.

Los arquetipos y el simbolismo del centro

Para los seres humanos premodernos la vida carecía de significado, creatividad y seguridad si no podían indentificar sus actividades con el mundo de los arquetipos, definidos éstos como los actos de los dioses, los antepasados y los héroes culturales “en el principio”. Esta correspondencia entre acto y arquetipo es posible solamente dentro del tiempo y el espacio sagrados. El espacio sagrado es el área que rodea el centro, lugar de creación, revelación y máxima fertilidad- un axis mundi considerado como el eje de comunicación entre los planos cósmicos. El centro es el lugar de la manifestación sagrada (hierofanía o teofanía) y se identifica con algún lugar natural como una montaña, un pozo o un manantial; o con alguna obra humana como levantar un pilar, plantar un árbol o construir un altar. Todos estos centros del espacio sagrado se unen en uno solo en el punto original de la creación. El tiempo sagrado cíclico señala que todo acto significativo concide con el acto original (arquetipo) que se realizó en el espacio sagrado. Así, el tiempo sagrado es litúrgico por su relación con el acto de creación (la cosmogonía) y permite que el espacio sagrado sea el lugar donde se lleva a cabo todo el trabajo significativo. Es lógico que no se deba establecer un centro en cualquier lugar. Solamente en respuesta a una manifestación sagrada se debe fundar un santuario. Fíjese en algunos paralelos bíblicos: Génesis 2-3 (Edén como centro), Génesis 8:20 (al responder Noé a una teofanía), Génesis 11 (un centro falso que no respondía a una manifestación divina), Génesis 12:7, 8; 13:18; 26:25; 28:18; 35:7 (con relación al altar y el pilar), 12:6 y 21:33 (los árboles sagrados del centro), y 21:15-21 (un pozo como indicación de un centro).

El sacrificio sobre el altar repite en el tiempo sagrado la lucha cosmogónica, al liberar una vida o alma para incorporarla en la nueva creación, indicada por el establecimiento de un centro y animarla (darle vida). Este centro, por supuesto, coincide con el punto original de la creación. Por medio de un drama cósmico-cultico, el tiempo es renovado constantemente alrededor del altar, y por el mito, la parte narrativa del rito, la humanidad expresa su relación con el cosmos.

Encontramos paralelos de esta cosmovisión entre los hebreos de la época bíblica, especialmente en el periodo más primitivo, pero poco a poco Israel la fue superando. Aunque los patriarcas establecieron sus centros y ofrecían sacrificios en forma semejante a la de sus vecinos, el concepto de la promesa los llevó a hacer, bajo el Dios del pacto, al terror de la hisotria, es decir, el temor de un tiempo desconocido que no se repite, bajo el Dios del pacto. La promesa a los patriarcas fue dada fuera del ciclo de la naturaleza, o sea, no en el tiempo sagrado sino en el tiempo histórico, estableciéndose así el concepto de historia. Así, bajo Moisés, el altar ya no corresponde a un microcosmos que en su construcción coincide con la creación en el principio, sino que es un centro sencillo de adoración (cp. Exodo 20:25, un altar de piedras no labradas). Moisés mantiene el espacio sagrado pero abandona el concepto de tiempo sagrado, para dar lugar al cumplimiento de la promesa en oposición a la creencia y práctica baalista de sus vecinos. Que el espacio del santuario mantiene su santidad se nota por los instrumentos para su preservación: el sacerdocio, los ritos del umbral y del pasaje, y las peregrinaciones de los fieles hacia él. El trabajo del historiador Mircea Eliade es fundamental para la comprensión de esta antigua cosmovisión. Aquí solo podemos presentar una síntesis (Eliade, 1962 y 1967).

El baalismo

El periodo del Antiguo Testamento está íntimamente relacionado con la visión arcaica del mundo del Medio Oriente. El baalismo fue la religión de los vecinos de Israel y constituyó una tentación peligrosa para los israelitas desde la época de Moisés (Ex 32) y de la conquista (Nm 25; Dn 20:16-18 y el libro de Jueces). Por la luz que nos suministran los documentos de Ras Shamra (Ugarit) comprendemos mucho mejor la naturaleza de la lucha reflejada en el Antiguo Testamento entre el yahvismo, con sus dimensiones de la revelación histórica, y el baalismo, como culto de la fertilidad dentro del tiempo sagrado cíclico.

Entre los hijos del dios principal cananeo y su consorte, Aserá del Mar, se destacan Baal, dios de la lluvia y la fertilidad; Anat, su esposa-hermana diosa de la fertilidad; y Mot, dios de la muerte. La estación de la lluvia se inicia con la unión de Baal y Anat, promovida por la prostitución sagrada en el santuario (el centro de la tierra). La cesación de las lluvias coincide con la muerte de Baal a manos de Mot, dios de la muerte. Anat, al vencer a Mot, consigue la resurrección de su esposo, Baal. Así, la mitología sirve para explicar el ciclo de la naturaleza en las estaciones y los ritos aseguran el fiel cumplimiento de este ciclo. Sin embargo, debido a su desmedido énfasis en la fertilidad y el sexo, la religión cananea en la época bíblica se consideraba muy depravada. Por esta razón, ni Moisés ni los profetas admitieron el sincretismo religioso, aunque ciertos elementos de la religión de Canaan, reinterpretados, llegaron a formar parte de la religión de Israel. Para los textos ugaríticos sobre el baalismo, véase Pritchard, 1967: 135-156.

 

TAREAS DE LA UNIDAD II:

Cuando pensamos en los patriarcas los vemos como personas que vivían al comienzo de la civilización. Sin embargo, el estudio arqueológico nos enseña que existían muchos adelantos cuatro mil años antes de Abraham, Esta es casi la mismacantidad de tiempo que nos separa de él hoy. ¿Cómo afecta esto tu perspectiva de la historia bíblica? (UNA CUARTILLA)

RESUMEN DE LA LECTURA (con énfasis en las instituciones sociales y relaciones familiares): El Mundo de la Biblia Hebrea, Samuel Pagán.

 

 

 

 

 

 

 

El Mundo de la Biblia Hebrea, Samuel Pagán.

 

La región de Palestina

La comprensión adecuada de la Biblia hebrea requiere un entendimiento básico de las fuerzas físicas, sociales, políticas, económicas y religiosas que sirvieron de marco a la historia del pueblo de Israel. Inclusive, la topografía de la región fue determinante para la vida cotidiana de individuos y comunidades que poblaron sus ciudades.

La necesidad de ese entendimiento se pone claramente de manifiesto al estudiar las narraciones bíblicas y notar las continuas referencias a la naturaleza y al ambiente, las alusiones repetidas a los pueblos vecinos y la geopolítica de la época, y la evocación reiterada a las culturas e imperios circundantes a Jerusalén. No es posible estudiar, analizar y comprender la Biblia hebrea sin, por lo menos, un conocimiento general de las múltiples dinámicas que rodearon la vida del pueblo hebreo a través de su historia nacional.

El entorno geográfico que fue el contexto histórico de las narraciones de la Biblia hebrea es, principalmente, una pequeña franja de terreno que está enclavada al este del Mar Mediterráneo. Rodeada por los grandes imperios de la antigüedad (p.ej., Egipto, Asiria, Babilonia, Persia y Roma), esta región jugaba un papel protagónico en la geopolítica de su época: ¡Era el puente entre Asia, África y Europa!

En muchas ocasiones, por estas particulares características geográficas, las políticas internas nacionales dependían de las decisiones de las grandes potencias vecinas; en efecto, las decisiones locales en Palestina respondían a las prioridades de los principales centros de poder en la región, que en ocasiones es conocida como el Creciente Fértil.

De gran importancia, además, es entender las luchas internacionales que llevaban a efecto los gobernantes de esos imperios antiguos. Para la comprensión de diversas porciones bíblicas en la literatura profética, por ejemplo, hay que estar conscientes de las políticas, acciones e intensiones intervencionistas de estos imperios, y hay que notar el crecimiento político y militar de varias aciones, durante el período bíblico. Esas fueron las dinámicas a las que respondieron teológicamente los profetas, y esas son las dificultades a las que aluden las plegarias intensas de los Salmos.

La época de Moisés hay que relacionarla con Egipto; y los relatos de los triunfos militares de David, deben ser evaluados a la luz del conflicto con los filisteos del momento Igualmente, el ministerio de Ezequiel hay que analizarlo con el telón de fondo del imperio babilónico, y posteriormente el persa. Y el mensaje del libro de Isaías, responde a las crisis que generaban los imperios dominantes en el Oriente Medio, al querer implantar políticas militares que afectaban adversamente la región de la Palestina antigua.

Por estar ubicada en los caminos que llevaban de la antigua Mesopotamia al África y Europa, la importancia de la Palestina antigua no debe entenderse en términos de su extensión física sino como un coeficiente de su utilidad como frontera entre imperios antagónicos. En efecto, los territorios de las actuales Israel y Palestina, desde muy temprano en la historia, han estado inmersos en conflictos bélicos, invasiones extranjeras y revoluciones internas. Esas tierras, que han sido el contexto primario de la literatura bíblica, también se han caracterizado por la violencia inmisericorde y las continuas confrontaciones

políticas y militares.

El nombre más antiguo con que se conoce la región, de acuerdo con las narraciones canónicas de la Biblia, es «tierra de Canaán» (Gn 12:5), aunque posteriormente, con el advenimiento de las tribus israelitas se conoció como «territorio» o «tierra de Israel» (1S 13.19; Ez 11.17; Mt 2.20). Como por algunos siglos los filisteos, que provenían de las islas del Mar Mediterráneo, habitaron y gobernaron la región, cuando se implantó el proceso de helenización, tanto los griegos como los romanos prefirieron llamar al lugar Palestina, que es el nombre propio que surge de los cambios lingüísticos de la palabra «filisteo». Durante algún tiempo, especialmente durante la administración romana, por lo menos, una sección importante de la región, se conoció con el nombre de Judea.

La topografía de la región palestina está definida por cuatro secciones básicas que brindan los espacios pertinentes para el desarrollo político, social, agrícola, familiar y personal. Son cuatro grandes franjas que corren casi paralelas del norte al sur de la región. Cada una de esas secciones tiene, por supuesto, sus propias características tantao geológicas internas, asi como también sus climas.

El primer sector topográfico cananeo se encuentra paralelo al mar Mediterráneo, y se extiende al norte hasta cerca de la Galilea, específicamente hasta el monte Carmelo. En esta sección de tierras arenosas, conocida como la planicie costera se encuentran, al nivel del mar, varias ciudades de importancia bíblica: Por ejemplo, Gaza, Ascalón, Asdod y Jope, y un poco más al norte, Cesarea Marítima. En esa misma región se encuentra la moderna ciudad de Tel Aviv.

Al este de la planicie costera, se encuentra una sección importante de montañas de poca altura que separa la costa de la cordillera central de Canaán, Palestina e Israel. Era una especie de frontera natural entre las poblaciones de Judá y las comunidades filisteas, durante la época monárquica. Se identifica con el nombre de la Sefelá palestina, que significa, acertadamente, tierras bajas o base de las montañas.

La sección central de Palestina la compone una cordillera que nace en el norte, muy cerca del Líbano, y se extiende al sur hasta el desierto del Néguev. Entre la Galilea y Samaria se interpone, en medio de las montañas, la llanura de Esdrelón o de Jezrel. En esta sección es que se encuentran las ciudades de Jerusalén y Belén (c. 800 m. sobre el nivel del mar).

Al este de las montañas centrales se puede identificar la cuenca del Jordán, que incluye el Río Jordán, el mayor de la región, que en la actualidad divide los territorios de Jordania, con los de Israel y Palestina. Nace en el norte de Galilea, en la base misma del monte Hermón, sigue al sur como 300 km., atraviesa el lago Merón y el mar de Galilea o de Tiberiades, y prosigue todavía más al sur, hasta llegar al Mar Muerto o Mar Salado (c. 392 m. bajo el nivel del mar). En esta región palestina se encuentran la antigua ciudad de Jericó y las famosas cuevas de Qumrán, muy cerca del Mar Muerto. ¡Es la región habitada más baja de la tierra!

La región también puede dividirse en cuatro sectores o grupos poblacionales. La comunidad de Galilea, al norte; la sección de Samaria, al centro de Palestina; Judá, cuyos pobladores vivían entre montañas y en terrenos secos, que en algunas secciones se hacían desérticos; y el Néguev, que llega hasta la región del Sinaí en Egipto, esencialmente es una zona desértica y poco habitada.

El clima en la antigua Canaán o la «tierra de Israel» es subtropical: Particularmente seco, árido y desértico al sur, y fértil al norte. Las montañas están llenas de piedras, condición que dificulta los cultivos familiares y complica la agricultura industrial. Al norte, sin embargo, en la llanura de Jezrel, en la sección Galilea, en el valle del Jordán, al este, y en el oeste, en la costa del Mediterráneo, abundan los terrenos fértiles, y la agricultura progresa y prospera.

Las temperaturas varían con las estaciones del año, la altura de las montañas y la hora del día. La región incluye desde climas desérticos, inhóspitos y extremadamente difíciles para la vida, hasta regiones de temperaturas cálidas y agradables. Las estaciones del año son básicamente dos: el invierno y el verano. En relación al clima que favorece la vida y la agricultura, es menester mencionar las «lluvias tempranas», que llegan entre octubre y noviembre, y las «tardías», que caen en mayo.

Esas temporadas de lluvias son de una fundamental importancia para la infraestructura de toda la región, pues es una época para almacenar el agua que se utilizará por el resto del año. Respecto a las lluvias, o la falta de ellas, es importante mencionar que las sequías en la región son frecuentes y severas.

Rutas antiguas

Por estar entre Egipto, al sur, y Mesopotamia, al norte, Israel, Palestina o Canaán siempre han contado con una serie de rutas comerciales y también militares, que han facilitado la comunicación, entre esos sectores distantes de la región, tradicionalmente conocida como la Creciente o Media Luna Fértil antigua.

La Via Maris, o el camino del mar (Is 9.1), proviene de Egipto, y corre de forma paralela al mar Mediterráneo. También es conocida como el camino de la tierra de los filisteos. Era la ruta comercial por excelencia al oeste de Palestina, y junto a sus caminos, se fueron construyendo ciudades que aprovechaban el intercambio comercial y el continuo flujo de caravanas de mercaderes. Al llegar al valle de Sarón, el camino del mar se divide en dos secciones primarias: Hacia el norte, por la llanura de Acre, se llega a Fenicia y Ugarit, y desde allá hasta la Anatolia. Y hacia el oriente, se llegaba hasta Damasco y Mesopotamia, pasando por los valles Ara, Esdrelón y Hazor. Desde Meguido había un ramal que unía el camino del mar con el camino real en Transjordania.

El llamado camino real (Nm 20.17) unía los países del sur de Arabia con la ciudad de Damasco. La sección que está al norte también es conocida como el camino de Basán (Nm 21.33), y fue una ruta muy popular. A la parte sur se le llama ruta del desierto de Edom (2R 3.8), desde donde surgían otros caminos hacia Egipto, Acaba y Petra.

Imperios y naciones vecinas de Israel

Como el poder político de las naciones en la región, que incluye a Siria y Canaán, la influencia de las potencias extranjeras en la vida interna de los pueblos de Judá e Israel y sus vecinos era muy importante. En efecto, la configuración geopolítica de la región siro-palestina de la antigüedad convertía a las naciones pequeñas, por ejemplo, como era el caso de Israel y Judá, en estados dependientes de los grandes centros de poder e imperios del Oriente Medio antiguo. Las decisiones políticas, económicas y militares que se tomaban fuera de sus fronteras, afectaban la vida diaria de sus ciudadanos y su administración gubernamental.

Durante la mayor parte del segundo milenio a.C., la potencia internacional que más influía en Canaán era Egipto, que había desarrollado un imperio expansionista, eficiente y firme. Esas influencias se manifestaban con fuerza en las dinámicas sociales que quizá vivieron los antiguos patriarcas y matriarcas de Israel, cuando llegaron a esa región. Posteriormente, en el primer milenio a.C., el poder de Egipto fue paulatinamente cediendo ante las continuas invasiones y el crecimiento económico, político y militar de algunas potencias del este, particularmente desde Mesopotamia, imperios que eran identificados con Asiria y Babilonia.

En algunas ocasiones las naciones que estaban al norte de Israel, región que en la actualidad sería el Líbano y el sur de Turquía, se organizaban y unían para ejercer algún poder en los pueblos del sur. Posiblemente es durante los reinos de David y Salomón (siglo X a.C.) que el pueblo de Israel logró vivir un período de real independencia de las naciones y potencias extranjeras, aunque aún durante ese período las influencias internacionales eran significativas.

A continuación, presentaremos información básica de las potencias políticas y militares más importantes del Oriente Medio antiguo, durante la época de la Biblia hebrea.

Egipto. La importancia de Egipto como potencia política y militar en la antigüedad no debe nunca ser subestimada. Y su desarrollo cultural e historia se relacionan directamente con el río Nilo y el desierto. Como casi no tiene lluvias, el agua necesaria para consumo humano y agrícola se recibe del Nilo. Además, por ese importante cuerpo de agua es que se desplazaban sus pobladores para moverse del norte al sur del país. El Nilo nace en el corazón de África y corre como 6,500 kilómetros hasta desembocar en el mar Mediterráneo. El desierto, por su parte, proveía a Egipto de cierta protección natural contra las amenazas internacionales.

Misrayin, como se conoce en la Biblia a Egipto, tiene una de las civilizaciones más antiguas conocidas el día de hoy, y ya para el tercer milenio a.C. poseía una de las culturas más avanzadas de la antigüedad. De la lectura de alguna correspondencia del segundo milenio a.C. (p.ej., las Cartas de El Amarna), se desprende que el poder y la influencia egipcia se extendía con vigor hasta la región palestina, pues el faraón se comunica con algunos de sus oficiales que estaban estacionados en Canaán, donde posteriormente se ubicó la ciudad de Jerusalén.

Es de notar, sin embargo, que para el año 1,000 a.C. el poder egipcio había disminuido de forma considerable; hasta el punto de que las naciones palestinas y sirias habías desarrollado gobiernos con cierta autonomía e independencia. Esa fue la época del inicio de la monarquía en Israel. El poder de Egipto en la región no se recuperó hasta el siglo IV a.C., cuando llegaron y se implantaron las extraordinarias conquistas de Alejandro el Grande. Ese tipo de poder disminuido se pone de manifiesto en varias ocasiones (p.ej., Is 30.7), cuando Israel les solicitó ayuda ante las amenazas de las nuevas potencias mesopotámicas, pero las gestiones diplomáticas fueron infructuosas.

Asiria. Uno de los centros de poder que más influencia y poder ejerció en el Oriente Medio antiguo, particularmente sobre la región cananea, palestina o israelita provenía de la ciudad de Asur, de donde procede el gentilicio de asirios. Enclavados en el corazón de la gran Mesopotamia, específicamente en lo que hoy conocemos como la nación de Irak, el imperio asirio ejerció su poder sobre Israel, especialmente durante los siglos IX-VII a.C., en el período conocido como de la monarquía dividida.

Fue testigo, ese período, de la separación y hostilidad entre los gobiernos de Judá e Israel, que constituyeron los reinos del Sur y del Norte, y coincidió con el programa expansionista del imperio asirio, que deseaba conquistar los países vecinos. La importancia geográfica y estratégica de Israel era fundamental, si deseaban llegar y dominar a Egipto.

La influencia de Asiria sobre Israel y Judá no se sentía únicamente en períodos de conflictos o en medio de las políticas de conquista imperial, pues entre estos dos pueblos se manifiestan grandes afinidades culturales, particularmente en el pensamiento religioso. Es importante notar que aunque Egipto es un vecino más cercano, la relación de Israel y Judá con Asiria era más intensa y continua. El rey asirio, Senaquerib, conquistó a Israel en el 722 a.C., culminando de esa forma la independencia del reino del Norte.

Babilonia. Desde Mesopotamia se desarrollaron otros centros de poder de gran importancia, como el que provino de la ciudad de Babilonia. Ya para finales del siglo VII a.C. el poder regional se había desplazado de los asirios a los babilónicos, luego de grandes batallas y conflictos. Y bajo ese gran poder político y militar babilónico fue que cayó la ciudad de Jerusalén y el reino del Sur, y comenzó el importante período que se conoce en le Biblia como el «exilio» o «destierro», donde se deportaron ciudadanos importantes, de acuerdo con las narraciones bíblicas, a las ciudades de Babilonia.

Nuestro conocimiento del imperio babilónico se fundamenta no solamente en los relatos de las Escrituras sino en documentos oficiales del estado, tales como las llamadas Crónicas babilónicas. Esas crónicas coinciden con el testimonio escritural sobre la presencia de los ciudadanos de Judá en sus ciudades, que con el tiempo llegaron a ser una importante comunidad dentro del imperio. Esa comunidad judía en la diáspora o exilio, jugó un papel de gran importancia en el desarrollo de la literatura hebrea, no solo en relación a la Biblia sino en torno a la literatura postbíblica, como el Talmud.

Siria o Aram. La verdadera historia de Siria, hasta tiempos reciente, no era muy conocida. Sin embargo, ese estado de cosas cambió significativamente con los descubrimientos arqueológicos en las antiguas ciudades de Ugarit y Ebla, que nos han brindado un panorama adecuado y amplio de la región. De particular importancia, con el advenimiento de esta nueva información, es el reconocimiento de sus logros culturales y la oportunidad de estudiar de primera mano las religiones de Canaán.

Los sirios constituyeron los vecinos más cercanos de Israel. Y más que una nación monolítica, unida y organizada, Siria era una especie de estados vecinos cuasi independientes, cuyas fronteras no siempre estaban precisa y claramente definidas. Desde la perspectiva del A.T., los sirios se identifican como Aram, y su capital más importante era Damasco, que está ubicada a solo 75 kilómetros al noreste del mar de Galilea. Esa cercanía hacía que cualquier conflicto y enemistad entre Siria e Israel fuera potencialmente muy peligroso. Tradicionalmente, entre estos dos pueblos se establecía algún tipo alianza temporal.

De importancia capital para la comprensión de la Biblia hebrea es el análisis de los hallazgos arqueológicos en la ciudad de Ugarit. Por ejemplo, se encontraron, entre sus restos, una magnífica colección de narraciones épicas y de ritos que nos permite estudiar las religiones cananeas desde su propia perspectiva, no desde el ángulo crítico de los profetas de Israel. Tenemos, de primera mano, algunos documentos teológicos que manifiestan paralelos importantes con la literatura bíblica.

Media y Persia. El poder político y militar en el siglo VI a.C. fue moviéndose de forma paulatina hacia el sur y el este de Mesopotamia. De esa región provenían dos grupos nacionalistas poderosos, que tenían el deseo de conquistar y llegar hasta Egipto. Los medos estaban ubicados al norte de la actual Irán; y los persas poblaban el sur de esa misma región. Fundamentados en los descubrimientos arqueológicos, se puede afirmar que ambos pueblos estaban cultural y militarmente muy adelantados.

Para lograr sus propósitos expansionistas, los medos hicieron una importante alianza con los babilónicos para sacar a los asirios del poder absoluto en el Creciente Fértil, u Oriente Medio (c. 614-609 a.C.). El triunfo de la alianza, sin embargo, no les duró mucho, pues los poderosos ejércitos de Darío, el rey de Persia, les despojó de su protagonismo político y militar en el 550 a.C. Bajo el liderazgo de Ciro, los persas fueron conquistando de forma gradual los diversos reinos de la región, incluyendo Egipto, y crearon uno de los imperios más extensos y poderosos de la antigüedad, que se extendía desde la India hasta las fronteras con Grecia. Este particular imperio se mantuvo en el poder por más de 200 años, hasta que fue a su vez derrotado por Alejandro Magno.

De particular importancia para los estudios bíblicos, es la religión persa. Zoroastro desarrolló un tipo de movimiento religioso en el siglo VI a.C., que contenía las creencias en un solo dios y también en el reconocimiento de un sistema complejo de fuerzas benignas y malignas que afectaban a la humanidad.  En ese contexto ideológico y teológico persa, es que comienzan a desarrollarse las ideas del cielo, el infierno, los ángeles y el juicio final, que posteriormente llegaron al pensamiento judío, hasta influenciar de manera importante a la literatura apocalíptica y a varios escritos del N.T.

Fenicia. El reino de Tiro estaba ubicado hacia el norte, en la costa del mar Mediterráneo, y al oeste de Aram o Siria. Desde antes de la época griega se conoce esta región como Fenicia. Además de sus proyectos de navegación comercial, uno de los fundamentos de su fama se relaciona con sus bosques. La importancia económica de los fenicios se asociaba a la capacidad que habían desarrollado para trabajar las maderas, por lo que eran llamados de diversas partes del mundo antiguo a ejercer esas labores artesanales.

En los proyectos de construcción del templo de Jerusalén, llevados a efecto por el rey Salomón, los fenicios jugaron un papel de importancia, no solo por producir y proveer las maderas necesarias para el proyecto, sino porque enviaron también a sus artesanos expertos. Además, fueron los fenicios los que elaboraron el alfabeto que ha servido de base para el desarrollo de la escritura, con los sistemas de vocales y consonantes, en primer lugar por los griegos y, posteriormente, por otros idiomas indoeuropeos, incluyendo el castellano.

Filistea. La región que se encuentra al suroeste de Judá se conoce en las Escrituras como Filistea. En ese lugar, un pueblo que llegó del mar, de ascendencia no semita, posiblemente de la isla de Creta, estableció una serie de ciudades entre las que se encuentran: Ecrón, Asdod, Ascalón, Gad y Gaza. Esas cinco ciudades se desarrollaron en Palestina, posiblemente durante la época en que también llegaron las tribus israelitas a la misma región desde Egipto y el desierto (c.1200 a.C.). Sus orígenes como pueblo, posiblemente se pueden ubicar mucho más al norte, quizá en la región sur de Rusia.

Con el paso del tiempo, los filisteos fueron adquiriendo poder político y militar, hasta que llegaron a un punto de esplendor y fuerza durante de época de Samuel, Saúl y David. El fundamento de ese desarrollo bélico se relaciona con la capacidad que tenían de trabajar con el hierro, con el cual hacían armas de guerra que superaban la tecnología de las tribus israelitas, que solo utilizaban el cobre. La tecnología del hierro posiblemente la aprendieron de los hititas, que provenían de la actual Turquía.

Esa dominación militar de los filisteos fue posiblemente una de las razones para que el pueblo de Israel tratara de responder a esos desafíos, con la instauración de la monarquía. ¡El pueblo le pidió a Samuel que les diera un rey como el resto de las naciones!

Finalmente, David pudo responder a las amenazas militares filisteas, y les venció de forma definitiva, convirtiéndolos en sus vasallos. Y aunque los filisteos lograron conseguir nuevamente su independencia de Israel, tras la muerte de Salomón, no recuperaron nunca más su poderío militar. En las campañas militares expansionistas y bélicas de Asiria en Palestina, terminaron su existencia por el siglo VIII a.C.

Amón, Moab y Edom. Cuando se cruza el Río Jordán desde las tierras de Canaán, Israel o Palestina, al otro lado del Mar Muerto, se encuentran dos ciudades que desempeñaron alguna importancia en varios períodos de la historia bíblica: Amón y Moab. Y junto a esas ciudades-estado se encuentra Edom, ubicada al sur del Mar Muerto, que era parte de ese trío que constituyó el imperio que organizó y administró el rey David en Palestina, según los relatos bíblicos.

Entre estos pueblos existe gran continuidad histórica y lingüística. Inclusive, en uno de sus legados literarios, conocido como la Piedra Moabita, se habla elogiosamente de una gran victoria del rey moabita Meshá, al cual también se alude en la Biblia como contemporáneo del rey Acab (2R 3.4). Además, las narraciones del Pentateuco mencionan a los reinos amoritas de Sidón y Og, que fueron vencidos por los grupos de israelitas que llegaban a la región desde Egipto. Esas narraciones también mencionan a Edom, Moab y Amón, pero se indica que los israelitas los invadieron.

La relación filial entre estos pueblos también se enfatiza en la Biblia, al indicar claramente que Esaú era el padre de Edom. Sin embargo, entre Israel y Edom se manifiesta una seria enemistad que aparece reflejada en la literatura profética (Abd; Jer 49; Ez 35) y poética (Sal 137). El territorio de este pueblo estaba ubicado al sur del Mar Muerto hasta llegar al mar Rojo, en la sección palestina conocida como el Arabá.

Moab estaba al norte de Edom, al cruzar el Mar Muerto, en el valle del río Arnón. Los moabitas era un grupo semita que adoraban al dios Quemós, y llegaron a la región al mismo tiempo que los edomitas. Amón está ubicado al norte de Moab entre los ríos Arnón y Jaboc, en Transjordania.

Reino de los hititas. Los hititas eran una comunidad no semita que estableció un imperio al sur de la actual Turquía, en Anatolia. Su capital, Hatusas, estaba situada cerca de la actual Ancara, y fue un imperio que prevaleció por varios siglos (c. 1500-1200 a.C.). Posiblemente su caída se relaciona con las invasiones de grupos del norte, entre los que pudieron estar los llamados «pueblos del mar» que se asentaron posteriormente en Filistea. Quizá los antepasados de los hititas eran de ascendencia aria, de origen indoeuropeo.

La evidencia arqueológica relacionada con este imperio hitita revela que, como conquistaron pueblos desde Siria hasta Babilonia, incorporaron costumbres e ideas de esas culturas mesopotámicas y cananeas, que se manifiestan en el arte y en sus narraciones épicas. En varias ocasiones se menciona a los hititas en las Sagradas Escrituras (p.ej. Éx. 3.8; 23.23; Jos 9.1).

Grecia. Con las conquistas de Alejandro el Grande, la influencia helenística comenzó a sentirse con fuerza en todo el Medio Oriente. En solo tres años organizó un ejército profesional, que le permitió derrotar fulminantemente a la temible y poderosa armada persa, y en un período de solo diez años, logró establecer un imperio que llegó hasta la India, en efecto, hasta el río Ganges. Sus ejércitos avanzaron con determinación no solo para lograr conquistas militares sino para implantar una nueva cultura, una manera alterna de enfrentar la vida y comprender la realidad.

Esas campañas militares de expansión y conquista estuvieron acompañadas de un bien agresivo y efectivo proceso educativo y de avance cultural, que propició que en solo un siglo el Oriente Medio estuviera fuertemente influenciado por la cultura griega, como se pone en evidencia al estudiar el arte, la política, la religión y la filosofía de toda esa región durante ese importante período.

Cuando falleció Alejandro, en el 321 a.C., sus generales se dividieron el reino y prosiguieron con el programa helenístico que marcó de forma permanente el Creciente Fértil. Ninguna nación de la región pudo evadir esas influencias, que se manifiestan con claridad en el período intertestamentario y también en el N.T.

Arqueología y Biblia

La arqueología ha desempeñado un papel importante y ha contribuido de forma destacada al mejoramiento y la profundización de los estudios bíblicos. Inclusive, las investigaciones arqueológicas en yacimientos antiguos en las regiones de Siria, Palestina, Israel, Jordania y Egipto han ayudado a esclarecer algunos pasajes bíblicos de importancia. Y aunque el propósito fundamental de las ciencias arqueológicas no es corroborar ni desmentir información alguna de la Biblia, el análisis de los descubrimientos nos ha ayudado a comprender y esclarecer mucho mejor el mundo del antiguo Oriente Medio, contexto en el cual surgieron los documentos que constituyen la Biblia.

Arqueología, literalmente, significa «el estudio de los orígenes»; pero como proyecto científico organizado y como disciplina académica profesional, analiza los restos de las civilizaciones antiguas para comprender mejor el mundo social, político, religioso y cultural en que vivían. La arqueología es, en efecto, una disciplina complementaria a las ciencias bíblicas, que contribuye de manera destacada al esclarecimiento y comprensión del contexto en el cual se desarrollaron los episodios que se relatan e interpretan en la Biblia.

Posiblemente, por esas razones metodológicas, es mejor, en vez de aludir a la «arqueología bíblica», identificar esta importante ciencia no con documentos concretos que se descubren y estudian en alguna parte del mundo, en épocas específicas, sino con la región a ser estudiada. Esa es la razón fundamental por la cual debemos hablar propiamente de arqueología del Oriente Medio, o de arqueología de Siria y Palestina.

El estudio crítico y sobrio de los hallazgos de edificios, herramientas, armas, monedas, vasijas, documentos y arquitectura son de vital importancia para la comprensión adecuada de la vida diaria en los tiempos bíblicos. Entre los descubrimientos arqueológicos de importancia bíblica, en la región y tierras de Canaán, se encuentran los siguientes, a modo de ilustración:

El Calendario Gezer, siglo x a.C. nos ha permitido comprender mejor la vida diaria de los agricultores de esa época, además de brindar información valiosa sobre las casas, las calles, los enseres domésticos y el estilo de vida que llevaban.

El descubrimiento de una medida de pesos, con la inscripción «pim», nos ha ayudado a entender mejor el texto de 1 Samuel 13.21, que es el único versículo de la Biblia que incluye el término.

Los hermosos marfiles tallados que se hallaron en el palacio real de Samaria, capital del reino del Norte, que provienen del siglo ix a.C., nos permiten comprender la referencia que se hace sobre el palacio del rey Acab que incrustó de marfil» (1R 22.39).

Los múltiples manuscritos descubiertos en Qumrán, muy cerca del Mar Muerto, nos han permitido identificar mejor las diversas familias de manuscritos hebreos, nos ha provisto de algunos nuevos manuscritos bíblicos que provienen desde épocas previas a la era cristiana, y nos han ayudado a llevar a efecto mejores traducciones de la Bi-blia, particularmente del A.T.

En la ciudad de Jericó, muy cerca del Mar Muerto, que forma parte de las narraciones de la conquista de los israelitas al llegar a la antigua Canaán (Jos 2), se han descubierto los restos de diversas culturas y pueblos que provienen de los años 7000 a.C. Es una de las ciudades con murallas y torres más antiguas de la humanidad. Y entre sus visitantes distinguidos se pueden identificar al profeta Elías (2R 2.4-5) y Jesús (Lc 19.1-9).

En Samaria se encontraron unas vasijas que tenían anotaciones en torno a las entregas de buen aceite de oliva y de vinos de calidad, que posiblemente provenían de los almacenes del rey Jeroboán II (789-748 a.C.) o del monarca Menajem (748-737 a.C.).

La inscripción de Siloé posee gran importancia histórica pues se encontró en medio de un túnel de agua ubicado debajo de la Ciudad vieja de David, en Jerusalén, que se construyó durante el reinado de Ezequías en Judá (715-689 a.C.). El texto indica cómo los dos trabajadores comenzaron a excavar en los lugares opuestos del túnel y se encontraron en el medio. Posiblemente el túnel fue parte de los preparativos del rey judío ante la amenaza de Senaquerib (701 a.C.), incidente al cual se alude en 2 Reyes 20.20 y en 2 Cró-nicas 32.30.

La ostraca de Laquish presenta un recuento interesante de los últimos días de independencia del reino de Judá, antes de ser conquistada y destruida por los ejércitos de Nabucodonosor en c. 597 a.C. El texto proviene de un comandante de las tropas babilónicas que estaban próximas a conquistar la ciudad de Jerusalén.

En el resto del Oriente Medio los siguientes descubrimientos has sido significativos para los estudios bíblicos. Esta lista es solo parcial, pues no son pocos los hallazgos de importancia.

El Enuma Elish es un poema babilónico que presenta la creación del mundo y del cosmos como una gran batalla entre las fuerzas del orden y las del caos. El estudio de este poema épico descubre algunas similitudes con las narraciones de creación que se incluyen en el libro de Génesis.

La épica de Guilgamesh presenta el deseo de inmortalidad del antiguo rey y sus esfuerzos fallidos por lograrla. Y en el proceso, escucha el relato de un gran diluvio en el cual se salvó Utnapishtim por la intervención de los dioses babilónicos. El poema también revela semejanzas con el relato del diluvio bíblico, en el que Noé y su familia fueron salvados por la intervención divina.

El código de Hamurabi es posiblemente el más famoso y completo cuerpo de leyes que poseemos de la antigüedad. Proviene de la Babilonia del siglo xviii a.C. Es estudio cuidadoso del texto manifiesta algunos paralelos con varias leyes y regulaciones que se incluyen en la Ley de Moisés (p.ej., Éx 21—23).

La estela de Merneptah es una inscripción del faraón de Egipto alrededor de los años 1225 a.C. Su gran importancia bíblica y arqueológica proviene del comentario oficial en torno a que ese año los ejércitos egipcios derrotaron decididamente en Palestina a «Israel», convirtiéndose en la referencia literaria más antigua que poseemos del pueblo bíblico.

El obelisco Negro es el recuento visual que dejó el rey asirio, Salmanaser III, en el que presenta al rey israelita Jehú (842-815 a.C.) rindiéndole pleitesía al monarca extranjero, en un gesto físico de sumisión y reconocimiento de autoridad. En las referencias bíblicas que se incluyen en la Biblia de este rey no se menciona este particular incidente (2R 9—10).

El prisma de Senaquerib presenta una descripción de la batalla para conquistar la ciudad de Jerusalén. Aunque el prisma no admite la derrota, insinúa que no pudo tomar la ciudad. En 1 Reyes 18—19 se hace el recuento bíblico del evento, en el que se indica que Senaquerib atacó la ciudad, pero no pudo tomarla por la intervención de Dios.

Los mitos antiguos

Una de las formas de comunicación de importancia en el Oriente Medio antiguo era la literatura mítica o mitológica. Este tipo de escrito o tradición oral era de carácter simbólico, poético y figurado, y transmitía las verdades más íntimas, profundas e inefables de alguna comunidad. Los mitos, lejos de ser «mentiras», como popularmente se puede entender, ponen de manifiesto las percepciones que los pueblos tienen de sus orígenes, de eventos significativos en su desarrollo nacional, y de sí mismos.

Entre los vecinos de Israel, se difundían una serie de relatos de orden mitológico, que articulaban las percepciones antiguas del comienzo de la historia y la creación de la naturaleza, el cosmos y la humanidad. Estos antiguos mitos de creación jugaron un papel de fundamental importancia en el desarrollo de las ideas religiosas en todo el Oriente Medio. Y como parte de la constelación de naciones que formaban parte del universo del Creciente Fértil, Israel entró en contacto con esas culturas y estuvo consiente de este tipo de género de comunicación que se transmitía de generación en generación, no solo en formas orales, sino que, con el tiempo, adquirió carácter literario.

Los descubrimientos arqueológicos en la costa de Siria, en la antigua ciudad de Ugarit, ha permitido estudiar con detenimiento una serie importante de textos míticos antiguos. Estos mitos nos permiten adentrarnos en las religiones cananeas, particularmente estudiar la religión relacionada con el dios Baal, que parece ocupaba una posición distinguida en el panteón antiguo regional.

Uno de los mitos descubiertos alude a la gran lucha entre Baal, la divinidad relacionada con las tormentas, y un monstruo relacionado con el caos y el mar, llamado Yam, que en los textos descubiertos en Ugarit, también se conoce como dragón, leviatán y serpiente. Este dios cananeo, Yam, es posiblemente el equivalente a Tiamat, el dios del caos, en la mitología mesopotámica.

En una batalla fantástica y cósmica, Baal vence a Yam y garantiza, de esa forma, el poder sobre las lluvias, el control de las diversas estaciones del año, y su autoridad sobre el orden del mundo. Después de su triunfo, Baal se proclamó rey y señor de la tierra, y el dios supremo del panteón, El, le obsequia un gran templo en su honor en la ciudad de Ugarit. Posiblemente estas narraciones y poemas míticos se recitaban en los festivales anuales, relacionados directamente con las cosechas y con la agricultura en general, pues se asociaban al importante tema de la fertilidad de la tierra.

El A.T. incluye algunos de los temas que se ponen de manifiesto en varios mitosantiguos (p.ej., Sal 74; Sal 89; Is 51), pero los escritores sagrados transformaron o desmitologizaron esos conceptos antiguos e imágenes. En los relatos de creación bíblicos (Gn 1—3), por ejemplo, no hay luchas entre las divinidades creadoras ni se vencen a los monstruos marinos para dar paso a la vida. En Israel no hay panteón con diversos dioses, pues el desarrollo del monoteísmo rechazó temprano en la historia este tipo de percepción religiosa e incentivó la producción de su teología monoteísta.

Instituciones sociales

Para adquirir una mejor comprensión de la Biblia es necesario, además de conocer las dinámicas políticas nacionales e internacionales que afectaron al pueblo de Israel, entender las fuerzas sociales que se manifestaban en la vida diaria del pueblo. De fundamental importancia en este análisis son las instituciones sociales que regulaban las interacciones entre individuos, comunidades, tribus, pueblos y naciones. Y como el período que cubre la literatura del A.T. es tan extenso, hay que tomar en consideración que esas mismas instituciones variaron con el tiempo y las regiones.

Familias, clanes y tribus. El mundo del A.T., desde el período patriarcal, manifiesta una dinámica social donde las familias extendidas se agrupaban en clanes, los clanes en tribus, y las tribus, con el tiempo, formaron naciones. El caso de Israel es similar, pues en el período previo al desarrollo de la monarquía con Samuel, Saúl, David y Salomón, las relaciones sociales seguían ese tipo de dinámica social.

Algunos estudiosos han propuesto que durante el período de los caudillos (jueces), las tribus que llegaron desde Egipto se organizaron en un tipo de federación temporal, conocida como anfictionía, que le permitía a los diversos grupos responder en común a los diversos desafíos y problemas de seguridad. Se propone el pacto o alianza en el Sinaí, cuyo signo visible era el arca del pacto. Era una especie de unión, sin mucha estructura o compromiso, que respondía particular y específicamente a las amenazas de grupos enemigos.

Quizá la relación entre las tribus no era tan definida y clara, porque las distancias y rivalidades entre ellas las mantenían en alerta, y también porque las prioridades locales les impedían desarrollar alianzas estratégicas regionales más estables, eficientes y funcionales. Esas mismas relaciones de conflicto interno, fueron parte de los problemas que generaron, con el tiempo, la división de las tribus antiguas en dos grandes bloques, que se organizaron como reinos: El reino del Norte, Israel, con su capital en Samaria; y el reino del Sur, Judá, con Jerusalén como su centro de poder.

No puede ignorase, sin embargo, el hecho de que el concepto de tribu mantuvo cierta importancia a través de la historia bíblica, pues significó retener algunos compromisos sociales y afirmaciones de identidad en relación con esas dinámicas antiguas. Saúl, por ejemplo, se identifica como de la pequeña tribu de Benjamín (1S 9.21), para afirmar su humildad entre las familias y las tribus de Israel. Tras el exilio, sin embargo, la organización social de la comunidad superó el nivel funcional de los clanes y tribus, pero las familias extendidas mantuvieron su importancia en los procesos administrativos (Esd 10.16).

En tiempos del N.T., aunque la administración local se había desarrollado, se manifiesta una clara conciencia nacional en torno al tema de las doce tribus de Israel (p.ej., Lc 22.30; Stg 1.1; Ap 7.4-8). Quizá era un recuerdo que les permitía relacionarse con sus antepasados de alguna forma simbólica pero significativa. El apóstol Pablo, en esa tradición, alude a que también procede de la tribu de Benjamín, al presentar su mensaje pastoral a la comunidad de Filipo (Fil 3.5).

Los ancianos. En ese mundo de clanes y tribus, los «ancianos» jugaban un papel de capital importancia social. Estos personajes bíblicos eran líderes de familias o de clanes que se reunían a las puertas de la ciudad para escuchar los casos locales de dificultades y conflictos, para juzgarlos e implantar la justicia. Entre los ancianos de cada ciudad o comunidad se establecía una especie de concilio o corte, que adquiría un poder extraordinario para evaluar situaciones locales y también desarrollar algunas políticas administrativas.

En el libro de Job se presenta una idea de cómo funcionaban estos grupos de ancianos (Job 29.7-17), y se pone claramente de manifiesto la dignidad y autoridad del grupo; además, se afirma la imagen positiva que proyectaban ante la comunidad en general. De particular importancia para este grupo de ancianos o corte, era actuar a favor de las personas que estaban en necesidad o que eran víctimas inocentes de alguna injusticia, particularmente en la tradición de la Ley de Moisés, hacia las personas huérfanas, los extranjeros y las viudas.

Con el paso del tiempo, y también por las complejidades en las relaciones sociales, se necesitaron otros foros de justicia. Esas dinámicas legales se notan en las narraciones bíblicas en torno a Samuel y a sus hijos (1S 7.15—8.3), que actuaban como jueces en casos que superaban las prerrogativas de los ancianos en las puertas de la ciudad. Inclusive, de la lectura de algunos pasajes legales de la Torá, se desprende que los sacerdotes también tenían algunas funciones judiciales, especialmente cuando la evidencia expuesta no era contundente, clara y definitiva. En esos casos, los sacerdotes dependían de la suerte para la implantación de la justicia (Éx 22.7-8).

El rey y los sistemas de justicia. El foro último de apelación era el rey, que evaluaba casos particulares y complejos que le llevaban ante su consideración y juicio. El presupuesto teológico, filosófico y administrativo del proceso y el funcionario, era que una de las responsabilidades principales del monarca se relacionaba directamente con el establecimiento de la justicia, como se pone en evidencia clara en algunos poemas del Salterio (Sal 72.2, 4).

Tanto en Israel como en Judá la monarquía siguió algunas dinámicas administrativas, sociales y políticas que tenían continuidad con el resto del Oriente Medio. En los libros de los Reyes, las evaluaciones de los monarcas de ambos reinos, del Norte y del Sur, responden prioritariamente a criterios religiosos. En efecto, los escritores bíblicos analizan las ejecutorias y las decisiones de los reyes en términos específicos de su fidelidad a Dios y la pacto. Sin embargo, en algunas porciones bíblicas se revelan detalles que deben tomarse en consideración en la evaluación crítica de la institución de la monarquía: Samuel presenta un panorama extremadamente adverso de la vida bajo los reyes (1S 8.11-17), y del análisis de las acciones de Salomón y Jeroboán, se deduce que aun en medio de las administraciones más prósperas y económicamente desarrolladas, se manifestaban injusticias sociales, económicas y políticas (1R 12).

En el contexto más amplio del Oriente Medio, los reyes eran vistos como figuras cercanas a las divinidades. En Egipto, por ejemplo, ante los ojos del pueblo, el faraón era como una figura divina; y en Mesopotamia, el rey era el representante oficial de los dioses ante la humanidad. Esas altas percepciones de la monarquía se manifiestan, entre otras formas, en el esplendor de sus palacios, la grandeza de sus tronos y en las representaciones artísticas de sus reinos.

Esa particular ideología del sistema monárquico, donde el gobernante era una divinidad, no se manifestó entre los reyes de Israel y Judá. Hay que notar, sin embargo, que de acuerdo con el testimonio de la Biblia hebrea, el rey era hijo de Dios (Sal 89.27-28, 30-32), y sus tronos eran bien elaborados y majestuosos (1R 10.18-20).

Como en las diversas monarquías vecinas de Israel y Judá, los reyes tenían una especie de consejeros que formaban una corte o grupo de asesores y de apoyo real. Estas cortes se encargaban de implantar las políticas reales, y también de supervisar los diversos procesos administrativos y judiciales del país.

Generalmente eran miembros de estas cortes los familiares del monarca y personajes importantes de las familias más cercanas al rey, que con el tiempo adquirían un nivel social distinguido. De esa forma histórica y social, adquirían el reconocimiento como personas «nobles», «príncipes», «cortesanos».

De acuerdo con las narraciones bíblicas, el rey tenía asesores para asuntos legales, históricos y militares, además de ayudantes personales y secretarios (2S 8.15-18; 1R 4.2-6). Algunos, posiblemente, no provenían de familias nobles cercanas al rey, sino que habían sido seleccionados por sus cualidades personales y sus destrezas específicas.

Tanto en Egipto como en Mesopotamia se habían creado sistemas educativos para preparar a este tipo de funcionarios de la corte. Posiblemente en Israel y Judá se siguieron esas mismas políticas educativas. La Biblia habla específicamente que la corte de Judá, en medio de la amenaza de Senaquerib, tenía administrador, secretario, cronista y copero mayor, entre sus altos funcionarios (2R 18.18). Las monarquías tenían una infraestructura elaborada que les permitía la operación diaria de forma efectiva.

Sabios, sacerdotes y profetas. Las diversas culturas del mundo han identificado personas que por alguna calificación profesional, intelectual o familiar denominan «sabios». Son individuos que gozan del respeto y aprecio de la comunidad y se caracterizan por sus recomendaciones prudentes y acertadas. En efecto, tienen la virtud de aplicar el conocimiento y la inteligencia de forma responsable y ponderada.

En las Sagradas Escrituras, se identifican una serie de personas con ese distintivo, y de la lectura de algunas porciones se desprende que podría tratarse de un grupo determinado de líderes nacionales. Es precisamente un profeta, Jeremías, el que analiza las reacciones de la comunidad ante la naturaleza crítica de su mensaje, e indica que los sacerdotes no educarán, los profetas no darán la palabra y los sabios no brindarán sus consejos (Jer 18.18). La lectura de este pasaje parecería aludir a tres tipos de «oficios» específicos y definidos en la sociedad israelita antigua pues, de la misma forma que hay sacerdotes que ejercen sus funciones en el templo y profetas que reaccionan a las decisiones de los monarcas, los sabios también tenían un espacio específico y definido dentro de la sociedad. Posiblemente la referencia a estos sabios es una alusión a los consejeros del rey, que de acuerdo con el mensaje escritural, le orientaban en asuntos de diversa naturaleza.

La Biblia también incluye de forma destacada un tipo de escrito que se conoce como literatura sapiencial. Esta literatura consistía en la recopilación de enseñanzas que constituían la base para la educación moral y ética del pueblo. Esta literatura que se puede encontrar, entre otros libros de la Bi-blia, en Salmos y Proverbios, pone de manifiesto las reflexiones naturales que intentan descubrir y celebrar el sentido positivo y grato de la existencia humana. Más que afirmaciones filosóficas especulativas, son reflexiones en torno a la vida diaria que se fundamentan en las observaciones empíricas.

Los sacerdotes, por su parte, eran funcionarios oficiales de la corte. En torno a este tema, es importante señalar que en el Oriente Medio no se distinguen las dinámicas religiosas de las políticas. La vida es una, y no se divide en esferas religiosas y seculares.

En la antigüedad, el sacerdocio era, como el resto de las profesiones en Israel, una actividad heredada. En efecto, el oficio era aprendido en los entornos familiares y transmitido de generación en generación. Los documentos más antiguos indican que, al menos en en sus comienzos, el sacerdocio podía ser ejercido por cualquier persona, si era identificado y comisionado por la persona adecuada, que primordialmente eran los jefes de familias o de clanes (Jue 17— 18).

El gentilicio «levitas» aludía inicialmente a los pertenecientes a la antigua tribu de Leví; sin embargo, con el paso del tiempo, el término adquirió una particular carga semántica, que lo relacionaba directamente con el sacerdocio. Inclusive, la tribu de Leví se identificó específicamente como una comunidad sacerdotal, después de la época de la monarquía. El libro del Deuteronomio afirma con claridad, en esa tradición teológica, que los levitas estaban calificados para actuar como sacerdotes del pueblo (Dt 18.1). Este libro representa una visión de las instituciones religiosas de Israel en el siglo VII a.C. En ese particular momento histórico, el sacerdocio servía únicamente en Jerusalén, y los sacrificios solo se ofrecían en el templo. Antes de esa época, los levitas ofrecían sacrificios al Señor en otros lugares con alguna significación religiosa.

Después del exilio, las dinámicas religiosas de la comunidad israelitas cambiaron de forma dramática. Las nuevas realidades sociales, políticas y religiosas de las dos comunidades judías, tanto las que habían quedado en Jerusalén como las que habían regresado desde Babilonia, requirió que se redefinieran los requisitos para ejercer el sacerdocio renovado en el templo restaurado. De esta forma se identificó, como personal sacerdotal certificado, solo a los descendientes de los sacerdotes que habían ejercido esas funciones en el templo antes del exilio. Se les conocía específicamente como «los hijos de Sadoc», y se trazaba su ascendencia familiar hasta Aarón, el hermano de Moisés. Sadoc sirvió como sumo sacerdote en el reinado de David.

Fue en el período que prosiguió al retorno a Jerusalén, que los levitas fueron ubicados en una posición inferior en la escala sacerdotal, pues podían apoyar la celebración de los eventos en el Segundo templo, particularmente en la música, pero no podían ofrecer sacrificios. Con el tiempo, posiblemente en el período helenístico, el sumo sacerdote tomó más responsabilidades políticas y sociales para administrar los asuntos nacionales, por la falta de un monarca con poder político claro y definido.

De singular importancia entre las responsabilidades básicas de los sacerdotes eran sus funciones educativas. Aunque los sacrificios constituían un componente importante en sus funciones litúrgicas, la educación del pueblo en los temas relacionados con la Torá era considerada como una de sus responsabilidades fundamentales, por lo menos ante los ojos de los profetas (Os 4.4-6; Mal 2.7-9).

Los profetas eran personajes singulares en la sociedad israelita. Sus funciones se relacionaban con las actividades del rey, aunque también contribuían de forma destacada en la formación de opinión pública en el pueblo. Eran personajes independientes que no se relacionaban ni estaban adscritos a ningún santuario definido. Constituían, posiblemente, una de las pocas profesiones en el Israel de la antigüedad que no era hereditaria, pues la vocación profética, más que un oficio, era una encomienda divina que se debía cumplir con responsabilidad y vehemencia bajo ciertas especificaciones estrictas. La institución de la profecía se desarrolló paralelamente con la de la monarquía, y no requería entrenamiento particular, solo se necesitaba estar llamado y comisionado por Dios.

Aunque no ejercían ninguna posición oficial dentro del reino, con regularidad se encontraban en diálogo directo con los monarcas (Is 8—9) y personas influyentes en el palacio real, pues algunos formaban parte del grupo de asesores y consejeros oficiales de los reyes. Esta orientación política y religiosa era requerida de los profetas, particularmente en tiempos de crisis nacional, o para tomar decisiones de importancia nacional e internacional, como por ejemplo, el comenzar una guerra (1R 22).

La expresión «hijos de los profetas» se refiere específicamente a los grupos que vivían en algún tipo de comunidad, específicamente en tiempos del profeta Eliseo (2R 2.15-17; 4.38-41; 6.1-7).

Los profetas, provenían de diversas regiones y sectores del país, inclusive, algunos reclamaban haber sido llamados por Dios mientras llevaban a efecto sus labores cotidianas (Am 7.14). Su labor principal consistía en anunciar la palabra divina al pueblo, en ocasiones por conducto del rey, aunque también tenían la capacidad de efectuar milagros. Con el tiempo se convirtieron en la consciencia moral del pueblo y sus líderes, llamándolos a vivir de acuerdo con las estipulaciones definidas en la Ley y de acuerdo con el pacto.

Relaciones familiares

La unidad básica de la sociedad antigua en Israel era la familia, que era entendida en términos extendidos e incluía abuelos, padre y madre, hijos e hijas, tíos y tías, sobrinos y sobrinas, y hasta sirvientes y esclavos. La estructura era patriarcal. Las personas de autoridad eran reyes, jueces, sacerdotes, sabios, guerreros, artesanos, agricultores. Y estas dinámicas sociales se producían no en contextos beduinos antiguos sino en las diversas ciudades en las que se asentaron los israelitas como pueblo al llegar a las tierras de Canaán.

Los hombres, en este tipo de arreglo social, tenían las responsabilidades mayores, y las mujeres ocupaban un sitial subordinado, como esposas, madres, hijas o viudas. Los niños y las niñas también eran relegados a jugar un papel secundario, pues eran vistos como una posesión paternal. La familia ideal era numerosa, pues se fundamentaba en el antiguo mandamiento bíblico de crecimiento (Gn 1.28). El tener muchos hijos e hijas era considerado una bendición divina. Y la infertilidad era vista como una maldición, y siempre se le achacaba a las mujeres, que se sentían particularmente humilladas y afligidas por la incapacidad de procrear (Gn 16.1-6; 1S 1.1-7).

Los procesos educativos se llevaban a efecto en el seno del hogar. El hombre se encargaba de instruir a los varones en el oficio tradicional de la familia; y las mujeres hacían lo propio con las niñas, que se encargaban de todas las actividades domésticas, y también de algunas del campo. La educación formal para leer y escribir con tutores no era común, y estaba reservada para algunas familias con mayor poder económico y prestigio social.

Las mujeres

Aunque las mujeres vivían en un ambiente de subordinación, y sus entornos de acción no eran amplios e independientes, la Biblia afirma sus derechos humanos y personales. Las leyes de protección de viudas y huérfanos, por ejemplo, era una forma de salvaguardar y afirmar la dignidad de ese sector vulnerable y necesitado de la sociedad. Los hombres, que constituían las personas responsables de los grupos más frágiles, no podían disponer de las mujeres, niños y niñas, y esclavos a sus caprichos, pues inclusive los esclavos, tanto hombres como mujeres, tenían el mismo derecho a la liberación después de seis años de trabajos.

El particular caso de la mujer ejemplar, en el libro de los Proverbios (Pr 31.14-23), presenta el importante modelo de una mujer ideal, que no corresponde a los patrones de subordinación previamente descritos. Además, las críticas que hace el profeta Amós a las esposas de los hombres acaudalados (Am 4.1), ponen claramente de manifiesto que, el grado de subordinación de las mujeres en estos sectores de la sociedad variaba de acuerdo con el nivel económico que ostentaban.

De acuerdo con la literatura sapiencial, que manifiesta una actitud de discrimen óptimo, las mujeres eran seductoras y pecadoras (Pr 2.16-19; 5.1-14; 7.6-27). Esa percepción llega a un punto mayor con las afirmaciones del Eclesiastés (Ec 7.28), que indica que no es posible conseguir una buena mujer entre la multitud. Esa actitud misógina y antifemenina contrasta dramáticamente con una serie de mujeres cuyas contribuciones, de acuerdo con las narraciones bíblicas, apoyaron de forma destacada la vida nacional. Fueron matriarcas (p.ej., Sara, Rebeca y Raquel), reinas, reinas madres y esposas de reyes (p.ej., Abigail y Mica), juezas y militares (p.ej., Débora), salvadoras de su comunidad (p.ej., Ester y Judit) y profetisas (p.ej., Miriam). En efecto, la impresión que dejaron estas mujeres en la vida del pueblo fue de tal magnitud, que aun en medio de una sociedad que no valoraba adecuadamente sus diversas contribuciones, las memorias de sus ejecutorias sobrepasaron los prejuicios de género y rebasaron los linderos del tiempo.

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