CURSO: PERSPECTIVAS BÍBLICOS
TEOLÓGICAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO PARA UN PRAXIS SOCIOTEOLÓGICA DE LIBERACIÓN
Prof. Dr. Exeario Sosa Ocanto
SEGUNDA
UNIDAD. EL MUNDO DEL ANTIGUO TESTAMENTO: TRANSFONDO GEOGRÁFICO Y ÉTNICO
Israel no
nació en un vacío. Abraham era heredero de un rico patrimonio cultural, fruto
de milenios de desarrollo humano. En esta unidad estudiaremos el transfondo
geográfico y étnico del mundo del Antiguo Testamento.
1. Las tierras bíblicas
La tierra
es el elemento que une toda la historia del pueblo de Dios en el Antiguo
Testamento. Es el prisma que nos permte analizar todo el espectro de esta
historia. Esta es la tesis de Walter Brueggeman (1977) quien describe la tierra
en la Biblia como don, promesa y desafío. En toda la Biblia, Israel se
encuentra en camino de la tierra hacia la no-tierra y de la no-tierra hacia la
tierra, hecho parelelo al camino de la vida hacia la muerte y de la muerte
hacia la vida. Es una historia de promesa, de posesión, de exilio, de retorno,
de dispersión y de retorno escatológico. La tierra es una tarea y una amenaza,
pero también es un don y un lugar de seguridad. En la narrativa bíblica la
tierra es conquistada, perdida, esperada, y, al final, poseída para siempre.
La relación
entre la geografía, la historia y la cultura es muy estrecha. Todo lo que pasa
acontece en el tiempo y el espacio. Para apreciar la historia de un pueblo
tenemos que estudiar el medio ambiente físico, el escenario de esa historia.
Por ser la tierra de Israel el puente entre las grandes civilizaciones de
Egipto y Mesopotamia y por encontrarse en la ruta de las caravanas, no podía
vivir aisladamente. Productos e ideas, comerciantes y ejércitos fluyeron por
esas tierras.
Al mirar el
mapa de Palestina desde el Mar Mediterraneo hacia el este, usted puede notar
cuatro franjas geográficas: las llanuras marítimas, la serranía central, el
valle del Jordán, y las tierras altas de Transjordania. Palestina muestra las
mismas características físicas de Siria, pues geográficamente es una extensión
de esa nación.
Las llanuras marítimas. Israel, a
pesar de tener una costa que se extiende a lo largo de su territorio, nunca
llegó a ser pueblo marítimo. Hay dos razones. No existe entre Egipto y Tiro
ningún puerto adecuado. Además, por mucho tiempo los filisteos dominaron la
costa. Los fenicios al norte, sin embargo, con poco terreno entre el mar y las
montañas, pero con buenos puertos, llegaron a ser grandes marineros y
comerciantes marítimos. Por esta razón pudieron establecer colonias muy lejos
de sus territorios.
La serranía central. En esta región encontramos
el escenario de la mayor parte de la antigua historia hebrea. La fértil llanura
de Esdraelón separa a Galilea y Samaria. No hay división física entre Samaria y
Judea. Hacia el suroeste de Judea en las colinas más bajas vemos la Sefala, o
la tierra baja, conocida por sus productos agrícolas de frutos y granos. Al sur
se extiende el Néguev hacia el desierto.
El valle del Jordán. Esta gran falla geológica
se extiende desde Siria, en el norte, hasta Africa, en el sur. El rio Jordán
corre por este cañón y en parte de su trayectoria se encuentra bajo el nivel
del mar. El mar de Galilea se halla a doscientos ocho metros y el Mar Muerto a
trescientos noventa y cuatro, ambos bajo el nivel del mar.
Las tierras altas de Transjordania. Podemos
notar cinco áreas distintas de esta región, desde el norte hacia el sur: Basán,
Galaad, Amón, Moab y Edom. Hacia el este se hallan la saba y el desierto de
Arabia.

Leyenda del
Mapa. 1.-
Dan (Lais) Jeroboam mandó construir un becerro de oro para que el reino del
norte lo adorara (1 Rey. 12:26–33). Dan era el límite norte del antiguo Israel.
2.- Monte Carmelo Elías el Profeta
desafió a los profetas de Baal e hizo descender lluvia del cielo (1 Rey.
18:17–46). 3.- Meguido Un lugar de
muchas batallas (Jue. 4:13–16; 5:19; 2 Rey. 23:29; 2 Cró. 35:20–23). Salomón
decretó una leva para edificar Meguido (1 Rey. 9:15). El rey Josías, rey de
Judá, resultó mortalmente herido en una batalla contra el faraón Necao, de
Egipto (2 Rey. 23:29–30). En el tiempo de la segunda venida del Señor, tendrá
lugar un gran conflicto final en el valle de Jezreel, que será parte de la
batalla de Armagedón (Joel 3:14; Apoc. 16:16; 19:11–21). El nombre Armagedón es
una transliteración griega del hebreo Har Megiddon, que significa montaña de
Meguido. 4.- Jezreel Nombre de una
ciudad situada en el valle del mismo nombre, el más grande y más fértil de
Israel. Los reyes del reino del norte construyeron un palacio allí (2 Sam.
2:8–9; 1 Rey. 21:1–2). La inicua reina Jezabel vivió y murió en este sitio (1
Rey. 21; 2 Rey. 9:30). 5.- Bet-sán
Israel enfrentó a los cananeos en este lugar (Josué 17:12–16). En el muro de
este fuerte se colgó el cuerpo de Saúl (1 Sam. 31:10–13). 6.- Dotán José fue vendido como esclavo por sus hermanos (Gén.
37:17, 28; 45:4). Eliseo tuvo una visión de la montaña llena de gente a caballo
y de carros de fuego (2 Rey. 6:12–17). 7.-
Samaria Capital del reino del norte (1 Rey. 16:24–29). El rey Acab
construyó un templo a Baal (1 Rey. 16:32–33). Elías el Profeta y Eliseo
ministraron allí (1 Rey. 18:2; 2 Rey. 6:19–20). Los asirios la conquistaron en
el año 721 a.C., y llevaron cautivos a las diez tribus (2 Rey. 18:9–10). 8.- Siquem Abraham edificó un altar
allí (Gén. 12:6–7). Jacob vivió cerca de allí. Simeón y Leví mataron a todos
los varones de esta ciudad (Gén. 34:25). En Siquem, Josué arengó al pueblo a
que escogiera servir a Dios (Josué 24:15). Jeroboam estableció allí la primera
capital del reino del norte (1 Rey. 12). 9.-
Monte Ebal y monte Gerizim Josué dividió Israel en estos dos montes: las
bendiciones de la ley se proclamaron en el monte Gerizim, mientras que las
maldiciones se pronunciaron en el monte Ebal (Josué 8:33). Más tarde, los
samaritanos construyeron un templo en Gerizim (2 Rey. 17:32–33). 10.- Penuel (Peniel) Allí luchó Jacob
toda la noche con un mensajero del Señor (Gén. 32:24–32). Gedeón derribó una
torre madianita (Jue. 8:5, 8–9). 11.-
Jope Jonás se embarcó allí para dirigirse a Tarsis y huir de su misión a
Nínive (Jonás 1:1–3). 12.- Silo
Durante el tiempo de los jueces, era la capital de Israel y el tabernáculo se
hallaba allí (1 Sam. 4:3–4). 13.- Betel
(Luz) Allí fue donde Abraham se separó de Lot (Gén. 13:1–11) y tuvo una visión
(Gén. 13; Abr. 2:19–20). Jacob tuvo la visión de una escalera que llegaba al
cielo (Gén. 28:10–22). El tabernáculo estuvo allí durante un tiempo (Jue.
20:26–28). Jeroboam mandó construir un becerro de oro para que el reino del
norte lo adorara (1 Rey. 12:26–33). 14.-
Gabaón Los heveos de este lugar engañaron a Josué para concertar un tratado
(Josué 9). El sol se detuvo mientras Josué ganaba una batalla (Josué 10:2–13).
También fue ese un lugar provisional para el tabernáculo (1 Cró. 16:39). 15.- Gaza, Asdod, Ascalón, Ecrón y Gat
(las cinco ciudades filisteas) Los filisteos guerreaban con Israel con
frecuencia desde estas ciudades. 16.-
Belén Raquel quedó enterrada cerca de allí (Gén. 35:19). Rut y Booz
vivieron en este lugar (Rut 1:1–2; 2:1, 4). Se le llamó la ciudad de David
(Lucas 2:4). 17.- Hebrón Abraham
(Gén. 13:18), Isaac, Jacob (Gén. 35:27), David (2 Sam. 2:1–4) y Absalón (2 Sam.
15:10) vivieron allí. Fue la primera capital de Judá durante el reinado de
David (2 Sam. 2:11). Se cree que Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Jacob y Lea
fueron enterrados en la cueva de Macpela (Gén. 23:17–20; 49:31, 33). 18.- En-gadi David se escondió allí de
Saúl y le perdonó la vida (1 Sam. 23:29–24:22). 19.- Gerar Abraham e Isaac vivieron allí durante un tiempo (Gén.
20–22; 26). 20.- Beerseba Abraham
cavó un pozo en este sitio e hizo convenio con Abimelec (Gén. 21:31). Isaac vio
al Señor (Gén. 26:17, 23–24) y Jacob vivió allí (Gén. 35:10; 46:1). 21.- Sodoma y Gomorra Lot decidió vivir
en Sodoma (Gén. 13:11–12; 14:12). Dios destruyó ambas ciudades por motivo de su
iniquidad (Gén. 19:24–26). Posteriormente, Jesús empleó estas ciudades como
símbolos de maldad (Mateo 10:15).
Diálogo (actividad presencial o través de plataformas virtuales)
En esta
sección la importancia de la tierra en la revelación bíblica se destaca de dos
maneras. Es, en primerlugar, el elemento que da continuidad a todo el
movimiento bíblico. Desde este punto de vista es el tema central de toda la
Biblia. En segundo lugar, la tierra no es solamente un elemento sino el molde
en el cual toda la historia se desarrolla. Esta misma historia no hubiera
podido ocurrir en la misma forma, en otro lugar.
Como
cristianos (as) tenemos una predisposición
de espiritualizar todo lo que sucedió en el Antiguo Testamento. La
promesa de la tierra, por tipología, se convierte en la promesa del cielo. Las
luchas por la tierra en la interpretación alegórica, las referimos a la vida
cristiana. En ambos casos perdemos el significado esencial de la historia, pues
en ella la tierra es el aspecto central. No hay base bíblica, ni aun en el
Nuevo Testamento, para negar el aspecto concreto de las promesas del Antiguo
Testamento. La preocupación por los pobres que no tienen tierra es un contenido
bíblico fundamental. Las nuevas corrientes de teología en América Latina nos
llaman de nuevo a dejar las interpretaciones alienantes, que parecen tan
cómodas, y afirmar el sentido literal del pacto, el cual promete la tierra a los pobres que no tienen hogar permanente.
¿Podemos
mantenernos tranquilos (as) frente a la violación de la tierra en nuestros
países? ¿Qué podemos hacer a la luz de la enseñanza bíblica, que promete la
tierra a los que no la tienen, cuando los poderosos siguen aumentando sus
posesiones? ¿Quién es el dueño real de la tierra y su plenitud? ¿Con quién
quiere Dios compartirla? Piense por un momento cómo esta interpretación de la
promesa de la tierra puede afectar nuestra actitud hacia su conservación.
Recordemos que en la Biblia la promesa exige respuesta humana para su
cumplimiento. Dios no obra en un vacío.
2. La antigüedad de la habitación humana en tierras bíblicas
Según la
arqueología, el ser humano ha vivido en Palestina desde la Edad Paleolítica, o
sea desde hace, unos 200 mil años. No obstante, solamente con el fin del último
periodo glacial, unos 9 mil años antes de Cristo, fue posible desarrollar la
agricultura y la domesticación de animales. Las ruinas de Jericó son un ejemplo
de la antigüedad de la civilización de la región. Esta ciudad tuvo una
civilización avanzada cuatro mil años antes de Abraham, un periodo de tiempo
más o menos equivalente al que nos separa del patriarca (véase Bright, pp.
29-30).
En el
tercer milenio los sumerios de Mesopotamia alcanzaron una civilización de grandes
adelantos. A ellos debemos el invento de la escritura unos 3 mil trescientos
años ante de Cristo. En esta región aparece Abraham, al principio del segundo
milenio, como parte de un movimiento semítico del desierto que llegó a dominar
Mesopotamia. Abraham era heredero de aquella gran civilización sumeria que
floreció allí tres mil años antes de Cristo.
Para la
civilización del río Nilo, el tercer milenio corresponde a la Edad Clásica de
Egipto, la época de la construcción de las grandes pirámides del Reino Antiguo.
Durante este periodo apareció en Egipta una clase escritura, llamada jeroglífico
(escritura sagrada).
3. La concepción del cosmos en el Medio Oriente durante la época
patriarcal y mosaica.
Para ubicarnos
en el estudio del Antiguo Testamento es necesario tener una idea de cómo los
habitantes de la región, en el periodo bíblico, veían el mundo, teniendo en
cuenta que Israel, con base a la promesa, superó muchos aspectos de la antigua
cosmovisión del Medio Oriente.
La cosmovisión hebrea
En su concepción
del mundo físico, los hebreos compartían la cosmovisión de la región. La tierra
se consideraba plana, como un disco, mientras los cielos eran vistos como un
tazón invertido, y el firmamento como sólido. Este “tazón” es sostenido por los
pilares de la tierra (las montañas). Por encima del firmamento se mantienen las
aguas, que llegan a la tierra de vez en cuando por algunas ventanas. Por debajo
del firmamento se encuentran las estrellas, el sol y la luna. El seol, lugar de
los muertos, está debajo de la tierra. Alrededor del firmamento y debajo de la
tierra y el seol, existe el abismo lleno de agua. Encima de todo está la corte
celestial.
Los arquetipos y el simbolismo del centro
Para los
seres humanos premodernos la vida carecía de significado, creatividad y seguridad
si no podían indentificar sus actividades con el mundo de los arquetipos,
definidos éstos como los actos de los dioses, los antepasados y los héroes
culturales “en el principio”. Esta correspondencia entre acto y arquetipo es
posible solamente dentro del tiempo y el espacio sagrados. El espacio sagrado
es el área que rodea el centro, lugar de creación, revelación y máxima
fertilidad- un axis mundi considerado
como el eje de comunicación entre los planos cósmicos. El centro es el lugar de
la manifestación sagrada (hierofanía o teofanía) y se identifica con algún
lugar natural como una montaña, un pozo o un manantial; o con alguna obra
humana como levantar un pilar, plantar un árbol o construir un altar. Todos
estos centros del espacio sagrado se unen en uno solo en el punto original de
la creación. El tiempo sagrado cíclico señala que todo acto significativo
concide con el acto original (arquetipo) que se realizó en el espacio sagrado.
Así, el tiempo sagrado es litúrgico por su relación con el acto de creación (la
cosmogonía) y permite que el espacio sagrado sea el lugar donde se lleva a cabo
todo el trabajo significativo. Es lógico que no se deba establecer un centro en
cualquier lugar. Solamente en respuesta a una manifestación sagrada se debe
fundar un santuario. Fíjese en algunos paralelos bíblicos: Génesis 2-3 (Edén
como centro), Génesis 8:20 (al responder Noé a una teofanía), Génesis 11 (un
centro falso que no respondía a una manifestación divina), Génesis 12:7, 8;
13:18; 26:25; 28:18; 35:7 (con relación al altar y el pilar), 12:6 y 21:33 (los
árboles sagrados del centro), y 21:15-21 (un pozo como indicación de un
centro).
El
sacrificio sobre el altar repite en el tiempo sagrado la lucha cosmogónica, al
liberar una vida o alma para incorporarla en la nueva creación, indicada por el
establecimiento de un centro y animarla (darle vida). Este centro, por
supuesto, coincide con el punto original de la creación. Por medio de un drama
cósmico-cultico, el tiempo es renovado constantemente alrededor del altar, y
por el mito, la parte narrativa del rito, la humanidad expresa su relación con
el cosmos.
Encontramos
paralelos de esta cosmovisión entre los hebreos de la época bíblica,
especialmente en el periodo más primitivo, pero poco a poco Israel la fue
superando. Aunque los patriarcas establecieron sus centros y ofrecían
sacrificios en forma semejante a la de sus vecinos, el concepto de la promesa
los llevó a hacer, bajo el Dios del pacto, al terror de la hisotria, es decir,
el temor de un tiempo desconocido que no se repite, bajo el Dios del pacto. La
promesa a los patriarcas fue dada fuera del ciclo de la naturaleza, o sea, no
en el tiempo sagrado sino en el tiempo histórico, estableciéndose así el
concepto de historia. Así, bajo Moisés, el altar ya no corresponde a un
microcosmos que en su construcción coincide con la creación en el principio,
sino que es un centro sencillo de adoración (cp. Exodo 20:25, un altar de
piedras no labradas). Moisés mantiene el espacio sagrado pero abandona el
concepto de tiempo sagrado, para dar lugar al cumplimiento de la promesa en
oposición a la creencia y práctica baalista de sus vecinos. Que el espacio del
santuario mantiene su santidad se nota por los instrumentos para su
preservación: el sacerdocio, los ritos del umbral y del pasaje, y las
peregrinaciones de los fieles hacia él. El trabajo del historiador Mircea
Eliade es fundamental para la comprensión de esta antigua cosmovisión. Aquí
solo podemos presentar una síntesis (Eliade, 1962 y 1967).
El baalismo
El periodo
del Antiguo Testamento está íntimamente relacionado con la visión arcaica del
mundo del Medio Oriente. El baalismo fue la religión de los vecinos de Israel y
constituyó una tentación peligrosa para los israelitas desde la época de Moisés
(Ex 32) y de la conquista (Nm 25; Dn 20:16-18 y el libro de Jueces). Por la luz
que nos suministran los documentos de Ras Shamra (Ugarit) comprendemos mucho
mejor la naturaleza de la lucha reflejada en el Antiguo Testamento entre el
yahvismo, con sus dimensiones de la revelación histórica, y el baalismo, como
culto de la fertilidad dentro del tiempo sagrado cíclico.
Entre los
hijos del dios principal cananeo y su consorte, Aserá del Mar, se destacan
Baal, dios de la lluvia y la fertilidad; Anat, su esposa-hermana diosa de la
fertilidad; y Mot, dios de la muerte. La estación de la lluvia se inicia con la
unión de Baal y Anat, promovida por la prostitución sagrada en el santuario (el
centro de la tierra). La cesación de las lluvias coincide con la muerte de Baal
a manos de Mot, dios de la muerte. Anat, al vencer a Mot, consigue la
resurrección de su esposo, Baal. Así, la mitología sirve para explicar el ciclo
de la naturaleza en las estaciones y los ritos aseguran el fiel cumplimiento de
este ciclo. Sin embargo, debido a su desmedido énfasis en la fertilidad y el
sexo, la religión cananea en la época bíblica se consideraba muy depravada. Por
esta razón, ni Moisés ni los profetas admitieron el sincretismo religioso,
aunque ciertos elementos de la religión de Canaan, reinterpretados, llegaron a
formar parte de la religión de Israel. Para los textos ugaríticos sobre el
baalismo, véase Pritchard, 1967: 135-156.
TAREAS DE LA UNIDAD II:
Cuando pensamos en los patriarcas los vemos como personas
que vivían al comienzo de la civilización. Sin embargo, el estudio arqueológico
nos enseña que existían muchos adelantos cuatro mil años antes de Abraham, Esta
es casi la mismacantidad de tiempo que nos separa de él hoy. ¿Cómo afecta esto
tu perspectiva de la historia bíblica? (UNA CUARTILLA)
RESUMEN DE LA LECTURA (con énfasis en las instituciones
sociales y relaciones familiares): El Mundo de la Biblia Hebrea, Samuel Pagán.
El Mundo de la Biblia Hebrea, Samuel Pagán.
La región de Palestina
La
comprensión adecuada de la Biblia hebrea requiere un entendimiento básico de
las fuerzas físicas, sociales, políticas, económicas y religiosas que sirvieron
de marco a la historia del pueblo de Israel. Inclusive, la topografía de la
región fue determinante para la vida cotidiana de individuos y comunidades que
poblaron sus ciudades.
La
necesidad de ese entendimiento se pone claramente de manifiesto al estudiar las
narraciones bíblicas y notar las continuas referencias a la naturaleza y al ambiente,
las alusiones repetidas a los pueblos vecinos y la geopolítica de la época, y
la evocación reiterada a las culturas e imperios circundantes a Jerusalén. No
es posible estudiar, analizar y comprender la Biblia hebrea sin, por lo menos, un
conocimiento general de las múltiples dinámicas que rodearon la vida del pueblo
hebreo a través de su historia nacional.
El entorno
geográfico que fue el contexto histórico de las narraciones de la Biblia hebrea
es, principalmente, una pequeña franja de terreno que está enclavada al este
del Mar Mediterráneo. Rodeada por los grandes imperios de la antigüedad (p.ej.,
Egipto, Asiria, Babilonia, Persia y Roma), esta región jugaba un papel
protagónico en la geopolítica de su época: ¡Era el puente entre Asia, África y
Europa!
En muchas
ocasiones, por estas particulares características geográficas, las políticas
internas nacionales dependían de las decisiones de las grandes potencias
vecinas; en efecto, las decisiones locales en Palestina respondían a las prioridades
de los principales centros de poder en la región, que en ocasiones es conocida
como el Creciente Fértil.
De gran
importancia, además, es entender las luchas internacionales que llevaban a
efecto los gobernantes de esos imperios antiguos. Para la comprensión de
diversas porciones bíblicas en la literatura profética, por ejemplo, hay que estar
conscientes de las políticas, acciones e intensiones intervencionistas de estos
imperios, y hay que notar el crecimiento político y militar de varias aciones,
durante el período bíblico. Esas fueron las dinámicas a las que respondieron
teológicamente los profetas, y esas son las dificultades a las que aluden las
plegarias intensas de los Salmos.
La época de
Moisés hay que relacionarla con Egipto; y los relatos de los triunfos militares
de David, deben ser evaluados a la luz del conflicto con los filisteos del
momento Igualmente, el ministerio de Ezequiel hay que analizarlo con el telón de
fondo del imperio babilónico, y posteriormente el persa. Y el mensaje del libro
de Isaías, responde a las crisis que generaban los imperios dominantes en el Oriente
Medio, al querer implantar políticas militares que afectaban adversamente la
región de la Palestina antigua.
Por estar
ubicada en los caminos que llevaban de la antigua Mesopotamia al África y
Europa, la importancia de la Palestina antigua no debe entenderse en términos
de su extensión física sino como un coeficiente de su utilidad como frontera
entre imperios antagónicos. En efecto, los territorios de las actuales Israel y
Palestina, desde muy temprano en la historia, han estado inmersos en conflictos
bélicos, invasiones extranjeras y revoluciones internas. Esas tierras, que han
sido el contexto primario de la literatura bíblica, también se han caracterizado
por la violencia inmisericorde y las continuas confrontaciones
políticas y
militares.
El nombre
más antiguo con que se conoce la región, de acuerdo con las narraciones
canónicas de la Biblia, es «tierra de Canaán» (Gn 12:5), aunque posteriormente,
con el advenimiento de las tribus israelitas se conoció como «territorio» o
«tierra de Israel» (1S 13.19; Ez 11.17; Mt 2.20). Como por algunos siglos los
filisteos, que provenían de las islas del Mar Mediterráneo, habitaron y gobernaron
la región, cuando se implantó el proceso de helenización, tanto los griegos
como los romanos prefirieron llamar al lugar Palestina, que es el nombre propio
que surge de los cambios lingüísticos de la palabra «filisteo». Durante algún
tiempo, especialmente durante la administración romana, por lo menos, una
sección importante de la región, se conoció con el nombre de Judea.
La
topografía de la región palestina está definida por cuatro secciones básicas que
brindan los espacios pertinentes para el desarrollo político, social, agrícola,
familiar y personal. Son cuatro grandes franjas que corren casi paralelas del norte
al sur de la región. Cada una de esas secciones tiene, por supuesto, sus propias
características tantao geológicas internas, asi como también sus climas.
El primer
sector topográfico cananeo se encuentra paralelo al mar Mediterráneo, y se
extiende al norte hasta cerca de la Galilea, específicamente hasta el monte Carmelo.
En esta sección de tierras arenosas, conocida como la planicie costera se
encuentran, al nivel del mar, varias ciudades de importancia bíblica: Por ejemplo,
Gaza, Ascalón, Asdod y Jope, y un poco más al norte, Cesarea Marítima. En esa
misma región se encuentra la moderna ciudad de Tel Aviv.
Al este de
la planicie costera, se encuentra una sección importante de montañas de poca
altura que separa la costa de la cordillera central de Canaán, Palestina e Israel.
Era una especie de frontera natural entre las poblaciones de Judá y las comunidades
filisteas, durante la época monárquica. Se identifica con el nombre de la
Sefelá palestina, que significa, acertadamente, tierras bajas o base de las
montañas.
La sección
central de Palestina la compone una cordillera que nace en el norte, muy cerca
del Líbano, y se extiende al sur hasta el desierto del Néguev. Entre la Galilea
y Samaria se interpone, en medio de las montañas, la llanura de Esdrelón o de
Jezrel. En esta sección es que se encuentran las ciudades de Jerusalén y Belén
(c. 800 m. sobre el nivel del mar).
Al este de
las montañas centrales se puede identificar la cuenca del Jordán, que incluye
el Río Jordán, el mayor de la región, que en la actualidad divide los territorios
de Jordania, con los de Israel y Palestina. Nace en el norte de Galilea, en la
base misma del monte Hermón, sigue al sur como 300 km., atraviesa el lago Merón
y el mar de Galilea o de Tiberiades, y prosigue todavía más al sur, hasta
llegar al Mar Muerto o Mar Salado (c. 392 m. bajo el nivel del mar). En esta
región palestina se encuentran la antigua ciudad de Jericó y las famosas cuevas
de Qumrán, muy cerca del Mar Muerto. ¡Es la región habitada más baja de la
tierra!
La región
también puede dividirse en cuatro sectores o grupos poblacionales. La comunidad
de Galilea, al norte; la sección de Samaria, al centro de Palestina; Judá,
cuyos pobladores vivían entre montañas y en terrenos secos, que en algunas
secciones se hacían desérticos; y el Néguev, que llega hasta la región del Sinaí
en Egipto, esencialmente es una zona desértica y poco habitada.
El clima en
la antigua Canaán o la «tierra de Israel» es subtropical: Particularmente seco,
árido y desértico al sur, y fértil al norte. Las montañas están llenas de
piedras, condición que dificulta los cultivos familiares y complica la
agricultura industrial. Al norte, sin embargo, en la llanura de Jezrel, en la sección
Galilea, en el valle del Jordán, al este, y en el oeste, en la costa del Mediterráneo,
abundan los terrenos fértiles, y la agricultura progresa y prospera.
Las
temperaturas varían con las estaciones del año, la altura de las montañas y la hora
del día. La región incluye desde climas desérticos, inhóspitos y extremadamente
difíciles para la vida, hasta regiones de temperaturas cálidas y agradables.
Las estaciones del año son básicamente dos: el invierno y el verano. En
relación al clima que favorece la vida y la agricultura, es menester mencionar las
«lluvias tempranas», que llegan entre octubre y noviembre, y las «tardías», que
caen en mayo.
Esas
temporadas de lluvias son de una fundamental importancia para la infraestructura
de toda la región, pues es una época para almacenar el agua que se utilizará
por el resto del año. Respecto a las lluvias, o la falta de ellas, es importante
mencionar que las sequías en la región son frecuentes y severas.
Rutas antiguas
Por estar
entre Egipto, al sur, y Mesopotamia, al norte, Israel, Palestina o Canaán siempre han contado con una serie de
rutas comerciales y también militares, que
han facilitado la comunicación, entre esos sectores distantes de la región,
tradicionalmente conocida como la Creciente o Media Luna Fértil antigua.
La Via
Maris, o el camino del mar (Is 9.1), proviene de Egipto, y corre de forma paralela
al mar Mediterráneo. También es conocida como el camino de la tierra de los
filisteos. Era la ruta comercial por excelencia al oeste de Palestina, y junto a
sus caminos, se fueron construyendo ciudades que aprovechaban el intercambio
comercial y el continuo flujo de caravanas de mercaderes. Al llegar al valle de
Sarón, el camino del mar se divide en dos secciones primarias: Hacia el norte,
por la llanura de Acre, se llega a Fenicia y Ugarit, y desde allá hasta la Anatolia.
Y hacia el oriente, se llegaba hasta Damasco y Mesopotamia, pasando por los
valles Ara, Esdrelón y Hazor. Desde Meguido había un ramal que unía el camino
del mar con el camino real en Transjordania.
El llamado
camino real (Nm 20.17) unía los países del sur de Arabia con la ciudad de Damasco.
La sección que está al norte también es conocida como el camino de Basán (Nm
21.33), y fue una ruta muy popular. A la parte sur se le llama ruta del
desierto de Edom (2R 3.8), desde donde surgían otros caminos hacia Egipto,
Acaba y Petra.
Imperios y naciones vecinas de Israel
Como el
poder político de las naciones en la región, que incluye a Siria y Canaán, la influencia de las potencias
extranjeras en la vida interna de los pueblos
de Judá e Israel y sus vecinos era muy importante. En efecto, la configuración
geopolítica de la región siro-palestina de la antigüedad convertía a las
naciones pequeñas, por ejemplo, como era el caso de Israel y Judá, en estados dependientes
de los grandes centros de poder e imperios del Oriente Medio antiguo. Las decisiones
políticas, económicas y militares que se tomaban fuera de sus fronteras,
afectaban la vida diaria de sus ciudadanos y su administración gubernamental.
Durante la
mayor parte del segundo milenio a.C., la potencia internacional que más influía
en Canaán era Egipto, que había desarrollado un imperio expansionista,
eficiente y firme. Esas influencias se manifestaban con fuerza en las dinámicas
sociales que quizá vivieron los antiguos patriarcas y matriarcas de Israel,
cuando llegaron a esa región. Posteriormente, en el primer milenio a.C., el poder
de Egipto fue paulatinamente cediendo ante las continuas invasiones y el crecimiento
económico, político y militar de algunas potencias del este, particularmente
desde Mesopotamia, imperios que eran identificados con Asiria y Babilonia.
En algunas
ocasiones las naciones que estaban al norte de Israel, región que en la actualidad
sería el Líbano y el sur de Turquía, se organizaban y unían para ejercer algún
poder en los pueblos del sur. Posiblemente es durante los reinos de David y
Salomón (siglo X a.C.) que el pueblo de Israel logró vivir un período de real
independencia de las naciones y potencias extranjeras, aunque aún durante ese
período las influencias internacionales eran significativas.
A
continuación, presentaremos información básica de las potencias políticas y militares
más importantes del Oriente Medio antiguo, durante la época de la Biblia
hebrea.
Egipto. La
importancia de Egipto como potencia política y militar en la antigüedad no debe
nunca ser subestimada. Y su desarrollo cultural e historia se relacionan
directamente con el río Nilo y el desierto. Como casi no tiene lluvias, el agua
necesaria para consumo humano y agrícola se recibe del Nilo. Además, por ese
importante cuerpo de agua es que se desplazaban sus pobladores para moverse del
norte al sur del país. El Nilo nace en el corazón de África y corre como 6,500
kilómetros hasta desembocar en el mar Mediterráneo. El desierto, por su parte,
proveía a Egipto de cierta protección natural contra las amenazas
internacionales.
Misrayin,
como se conoce en la Biblia a Egipto, tiene una de las civilizaciones más
antiguas conocidas el día de hoy, y ya para el tercer milenio a.C. poseía una de
las culturas más avanzadas de la antigüedad. De la lectura de alguna correspondencia
del segundo milenio a.C. (p.ej., las Cartas de El Amarna), se desprende que el
poder y la influencia egipcia se extendía con vigor hasta la región palestina,
pues el faraón se comunica con algunos de sus oficiales que estaban
estacionados en Canaán, donde posteriormente se ubicó la ciudad de Jerusalén.
Es de
notar, sin embargo, que para el año 1,000 a.C. el poder egipcio había disminuido
de forma considerable; hasta el punto de que las naciones palestinas y sirias
habías desarrollado gobiernos con cierta autonomía e independencia. Esa fue la
época del inicio de la monarquía en Israel. El poder de Egipto en la región no
se recuperó hasta el siglo IV a.C., cuando llegaron y se implantaron las extraordinarias
conquistas de Alejandro el Grande. Ese tipo de poder disminuido se pone de
manifiesto en varias ocasiones (p.ej., Is 30.7), cuando Israel les solicitó
ayuda ante las amenazas de las nuevas potencias mesopotámicas, pero las
gestiones diplomáticas fueron infructuosas.
Asiria. Uno de los centros de poder que más influencia
y poder ejerció en el Oriente Medio antiguo, particularmente sobre la región
cananea, palestina o israelita provenía de la ciudad de Asur, de donde procede
el gentilicio de asirios. Enclavados en el corazón de la gran Mesopotamia,
específicamente en lo que hoy conocemos como la nación de Irak, el imperio
asirio ejerció su poder sobre Israel, especialmente durante los siglos IX-VII
a.C., en el período conocido como de la monarquía dividida.
Fue
testigo, ese período, de la separación y hostilidad entre los gobiernos de Judá
e Israel, que constituyeron los reinos del Sur y del Norte, y coincidió con el programa
expansionista del imperio asirio, que deseaba conquistar los países vecinos. La
importancia geográfica y estratégica de Israel era fundamental, si deseaban
llegar y dominar a Egipto.
La
influencia de Asiria sobre Israel y Judá no se sentía únicamente en períodos de
conflictos o en medio de las políticas de conquista imperial, pues entre estos dos
pueblos se manifiestan grandes afinidades culturales, particularmente en el pensamiento
religioso. Es importante notar que aunque Egipto es un vecino más cercano, la
relación de Israel y Judá con Asiria era más intensa y continua. El rey asirio,
Senaquerib, conquistó a Israel en el 722 a.C., culminando de esa forma la independencia
del reino del Norte.
Babilonia. Desde Mesopotamia se desarrollaron otros
centros de poder de gran importancia, como el que provino de la ciudad de
Babilonia. Ya para finales del siglo VII a.C. el poder regional se había
desplazado de los asirios a los babilónicos, luego de grandes batallas y
conflictos. Y bajo ese gran poder político y militar babilónico fue que cayó la
ciudad de Jerusalén y el reino del Sur, y comenzó el importante período que se
conoce en le Biblia como el «exilio» o «destierro», donde se deportaron
ciudadanos importantes, de acuerdo con las narraciones bíblicas, a las ciudades
de Babilonia.
Nuestro
conocimiento del imperio babilónico se fundamenta no solamente en los relatos de las Escrituras sino en
documentos oficiales del estado, tales como las llamadas Crónicas babilónicas. Esas crónicas coinciden con el
testimonio escritural sobre la presencia de los ciudadanos de Judá en sus
ciudades, que con el tiempo llegaron a ser una importante comunidad dentro del
imperio. Esa comunidad judía en la diáspora o exilio, jugó un papel de gran
importancia en el desarrollo de la literatura hebrea, no solo en relación a la
Biblia sino en torno a la literatura postbíblica, como el Talmud.
Siria o Aram. La verdadera historia de Siria, hasta
tiempos reciente, no era muy conocida. Sin embargo, ese estado de cosas cambió
significativamente con los descubrimientos arqueológicos en las antiguas
ciudades de Ugarit y Ebla, que nos han brindado un panorama adecuado y amplio
de la región. De particular importancia, con el advenimiento de esta nueva
información, es el reconocimiento de sus logros culturales y la oportunidad de
estudiar de primera mano las religiones de Canaán.
Los sirios
constituyeron los vecinos más cercanos de Israel. Y más que una nación
monolítica, unida y organizada, Siria era una especie de estados vecinos cuasi
independientes, cuyas fronteras no siempre estaban precisa y claramente definidas.
Desde la perspectiva del A.T., los sirios se identifican como Aram, y su
capital más importante era Damasco, que está ubicada a solo 75 kilómetros al noreste
del mar de Galilea. Esa cercanía hacía que cualquier conflicto y enemistad
entre Siria e Israel fuera potencialmente muy peligroso. Tradicionalmente, entre
estos dos pueblos se establecía algún tipo alianza temporal.
De
importancia capital para la comprensión de la Biblia hebrea es el análisis de los
hallazgos arqueológicos en la ciudad de Ugarit. Por ejemplo, se encontraron, entre
sus restos, una magnífica colección de narraciones épicas y de ritos que nos permite
estudiar las religiones cananeas desde su propia perspectiva, no desde el ángulo
crítico de los profetas de Israel. Tenemos, de primera mano, algunos documentos
teológicos que manifiestan paralelos importantes con la literatura bíblica.
Media y Persia. El poder político y militar en el
siglo VI a.C. fue moviéndose de forma paulatina hacia el sur y el este de
Mesopotamia. De esa región provenían dos grupos nacionalistas poderosos, que
tenían el deseo de conquistar y llegar hasta Egipto. Los medos estaban ubicados
al norte de la actual Irán; y los persas poblaban el sur de esa misma región.
Fundamentados en los descubrimientos arqueológicos, se puede afirmar que ambos
pueblos estaban cultural y militarmente muy adelantados.
Para lograr
sus propósitos expansionistas, los medos hicieron una importante alianza con
los babilónicos para sacar a los asirios del poder absoluto en el Creciente
Fértil, u Oriente Medio (c. 614-609 a.C.). El triunfo de la alianza, sin embargo,
no les duró mucho, pues los poderosos ejércitos de Darío, el rey de Persia, les
despojó de su protagonismo político y militar en el 550 a.C. Bajo el liderazgo
de Ciro, los persas fueron conquistando de forma gradual los diversos reinos de
la región, incluyendo Egipto, y crearon uno de los imperios más extensos y
poderosos de la antigüedad, que se extendía desde la India hasta las fronteras
con Grecia. Este particular imperio se mantuvo en el poder por más de 200 años,
hasta que fue a su vez derrotado por Alejandro Magno.
De
particular importancia para los estudios bíblicos, es la religión persa. Zoroastro
desarrolló un tipo de movimiento religioso en el siglo VI a.C., que contenía
las creencias en un solo dios y también en el reconocimiento de un sistema
complejo de fuerzas benignas y malignas que afectaban a la humanidad. En ese contexto ideológico y teológico persa,
es que comienzan a desarrollarse las ideas del cielo, el infierno, los ángeles
y el juicio final, que posteriormente llegaron al pensamiento judío, hasta
influenciar de manera importante a la literatura apocalíptica y a varios
escritos del N.T.
Fenicia. El reino de Tiro estaba ubicado hacia el
norte, en la costa del mar Mediterráneo, y al oeste de Aram o Siria. Desde antes
de la época griega se conoce esta región como Fenicia. Además de sus proyectos
de navegación comercial, uno de los fundamentos de su fama se relaciona con sus
bosques. La importancia económica de los fenicios se asociaba a la capacidad
que habían desarrollado para trabajar las maderas, por lo que eran llamados de diversas
partes del mundo antiguo a ejercer esas labores artesanales.
En los
proyectos de construcción del templo de Jerusalén, llevados a efecto por el rey Salomón, los fenicios jugaron
un papel de importancia, no solo por producir y proveer las maderas necesarias
para el proyecto, sino porque enviaron también a sus artesanos expertos.
Además, fueron los fenicios los que elaboraron el alfabeto que ha servido de
base para el desarrollo de la escritura, con los sistemas de vocales y
consonantes, en primer lugar por los griegos y, posteriormente, por otros
idiomas indoeuropeos, incluyendo el castellano.
Filistea. La región que se encuentra al suroeste de
Judá se conoce en las Escrituras como Filistea. En ese lugar, un pueblo que
llegó del mar, de ascendencia no semita, posiblemente de la isla de Creta,
estableció una serie de ciudades entre las que se encuentran: Ecrón, Asdod,
Ascalón, Gad y Gaza. Esas cinco ciudades se desarrollaron en Palestina,
posiblemente durante la época en que también llegaron las tribus israelitas a
la misma región desde Egipto y el desierto (c.1200 a.C.). Sus orígenes como
pueblo, posiblemente se pueden ubicar mucho más al norte, quizá en la región
sur de Rusia.
Con el paso
del tiempo, los filisteos fueron adquiriendo poder político y militar, hasta
que llegaron a un punto de esplendor y fuerza durante de época de Samuel, Saúl
y David. El fundamento de ese desarrollo bélico se relaciona con la capacidad
que tenían de trabajar con el hierro, con el cual hacían armas de guerra que
superaban la tecnología de las tribus israelitas, que solo utilizaban el cobre.
La tecnología del hierro posiblemente la aprendieron de los hititas, que
provenían de la actual Turquía.
Esa
dominación militar de los filisteos fue posiblemente una de las razones para que
el pueblo de Israel tratara de responder a esos desafíos, con la instauración de
la monarquía. ¡El pueblo le pidió a Samuel que les diera un rey como el resto de
las naciones!
Finalmente,
David pudo responder a las amenazas militares filisteas, y les venció de forma
definitiva, convirtiéndolos en sus vasallos. Y aunque los filisteos lograron
conseguir nuevamente su independencia de Israel, tras la muerte de Salomón, no
recuperaron nunca más su poderío militar. En las campañas militares
expansionistas y bélicas de Asiria en Palestina, terminaron su existencia por
el siglo VIII a.C.
Amón, Moab y Edom. Cuando se cruza el Río Jordán desde
las tierras de Canaán, Israel o Palestina, al otro lado del Mar Muerto, se
encuentran dos ciudades que desempeñaron alguna importancia en varios períodos
de la historia bíblica: Amón y Moab. Y junto a esas ciudades-estado se
encuentra Edom, ubicada al sur del Mar Muerto, que era parte de ese trío que
constituyó el imperio que organizó y administró el rey David en Palestina,
según los relatos bíblicos.
Entre estos
pueblos existe gran continuidad histórica y lingüística. Inclusive, en uno de
sus legados literarios, conocido como la Piedra Moabita, se habla elogiosamente
de una gran victoria del rey moabita Meshá, al cual también se alude en la
Biblia como contemporáneo del rey Acab (2R 3.4). Además, las narraciones del
Pentateuco mencionan a los reinos amoritas de Sidón y Og, que fueron vencidos
por los grupos de israelitas que llegaban a la región desde Egipto. Esas
narraciones también mencionan a Edom, Moab y Amón, pero se indica que los
israelitas los invadieron.
La relación
filial entre estos pueblos también se enfatiza en la Biblia, al indicar claramente
que Esaú era el padre de Edom. Sin embargo, entre Israel y Edom se manifiesta
una seria enemistad que aparece reflejada en la literatura profética (Abd; Jer
49; Ez 35) y poética (Sal 137). El territorio de este pueblo estaba ubicado al
sur del Mar Muerto hasta llegar al mar Rojo, en la sección palestina conocida
como el Arabá.
Moab estaba
al norte de Edom, al cruzar el Mar Muerto, en el valle del río Arnón. Los
moabitas era un grupo semita que adoraban al dios Quemós, y llegaron a la
región al mismo tiempo que los edomitas. Amón está ubicado al norte de Moab
entre los ríos Arnón y Jaboc, en Transjordania.
Reino de los hititas. Los hititas eran una comunidad
no semita que estableció un imperio al sur de la actual Turquía, en Anatolia.
Su capital, Hatusas, estaba situada cerca de la actual Ancara, y fue un imperio
que prevaleció por varios siglos (c. 1500-1200 a.C.). Posiblemente su caída se
relaciona con las invasiones de grupos del norte, entre los que pudieron estar
los llamados «pueblos del mar» que se asentaron posteriormente en Filistea.
Quizá los antepasados de los hititas eran de ascendencia aria, de origen
indoeuropeo.
La
evidencia arqueológica relacionada con este imperio hitita revela que, como conquistaron
pueblos desde Siria hasta Babilonia, incorporaron costumbres e ideas de esas
culturas mesopotámicas y cananeas, que se manifiestan en el arte y en sus
narraciones épicas. En varias ocasiones se menciona a los hititas en las Sagradas
Escrituras (p.ej. Éx. 3.8; 23.23; Jos 9.1).
Grecia. Con las conquistas de Alejandro el Grande, la
influencia helenística comenzó a sentirse con fuerza en todo el Medio Oriente.
En solo tres años organizó un ejército profesional, que le permitió derrotar
fulminantemente a la temible y poderosa armada persa, y en un período de solo
diez años, logró establecer un imperio que llegó hasta la India, en efecto,
hasta el río Ganges. Sus ejércitos avanzaron con determinación no solo para
lograr conquistas militares sino para implantar una nueva cultura, una manera
alterna de enfrentar la vida y comprender la realidad.
Esas
campañas militares de expansión y conquista estuvieron acompañadas de un bien
agresivo y efectivo proceso educativo y de avance cultural, que propició que en
solo un siglo el Oriente Medio estuviera fuertemente influenciado por la cultura
griega, como se pone en evidencia al estudiar el arte, la política, la religión
y la filosofía de toda esa región durante ese importante período.
Cuando
falleció Alejandro, en el 321 a.C., sus generales se dividieron el reino y prosiguieron
con el programa helenístico que marcó de forma permanente el Creciente Fértil.
Ninguna nación de la región pudo evadir esas influencias, que se manifiestan
con claridad en el período intertestamentario y también en el N.T.
Arqueología y Biblia
La arqueología
ha desempeñado un papel importante y ha contribuido de forma destacada al
mejoramiento y la profundización de los estudios bíblicos. Inclusive, las
investigaciones arqueológicas en yacimientos antiguos en las regiones de Siria,
Palestina, Israel, Jordania y Egipto han ayudado a esclarecer algunos pasajes
bíblicos de importancia. Y aunque el propósito fundamental de las ciencias
arqueológicas no es corroborar ni desmentir información alguna de la Biblia, el
análisis de los descubrimientos nos ha ayudado a comprender y esclarecer mucho
mejor el mundo del antiguo Oriente Medio, contexto en el cual surgieron los
documentos que constituyen la Biblia.
Arqueología,
literalmente, significa «el estudio de los orígenes»; pero como proyecto
científico organizado y como disciplina académica profesional, analiza los
restos de las civilizaciones antiguas para comprender mejor el mundo social, político,
religioso y cultural en que vivían. La arqueología es, en efecto, una disciplina
complementaria a las ciencias bíblicas, que contribuye de manera destacada al
esclarecimiento y comprensión del contexto en el cual se desarrollaron los
episodios que se relatan e interpretan en la Biblia.
Posiblemente,
por esas razones metodológicas, es mejor, en vez de aludir a la «arqueología
bíblica», identificar esta importante ciencia no con documentos concretos que
se descubren y estudian en alguna parte del mundo, en épocas específicas, sino
con la región a ser estudiada. Esa es la razón fundamental por la cual debemos
hablar propiamente de arqueología del Oriente Medio, o de arqueología de Siria
y Palestina.
El estudio
crítico y sobrio de los hallazgos de edificios, herramientas, armas, monedas,
vasijas, documentos y arquitectura son de vital importancia para la comprensión
adecuada de la vida diaria en los tiempos bíblicos. Entre los descubrimientos
arqueológicos de importancia bíblica, en la región y tierras de Canaán, se
encuentran los siguientes, a modo de ilustración:
El
Calendario Gezer, siglo x a.C. nos ha permitido comprender mejor la vida diaria
de los agricultores de esa época, además de brindar información valiosa sobre
las casas, las calles, los enseres domésticos y el estilo de vida que llevaban.
El
descubrimiento de una medida de pesos, con la inscripción «pim», nos ha ayudado
a entender mejor el texto de 1 Samuel 13.21, que es el único versículo de la
Biblia que incluye el término.
Los
hermosos marfiles tallados que se hallaron en el palacio real de Samaria, capital
del reino del Norte, que provienen del siglo ix a.C., nos permiten comprender
la referencia que se hace sobre el palacio del rey Acab que incrustó de marfil»
(1R 22.39).
Los
múltiples manuscritos descubiertos en Qumrán, muy cerca del Mar Muerto, nos han
permitido identificar mejor las diversas familias de manuscritos hebreos, nos
ha provisto de algunos nuevos manuscritos bíblicos que provienen desde épocas
previas a la era cristiana, y nos han ayudado a llevar a efecto mejores traducciones
de la Bi-blia, particularmente del A.T.
En la
ciudad de Jericó, muy cerca del Mar Muerto, que forma parte de las narraciones
de la conquista de los israelitas al llegar a la antigua Canaán (Jos 2), se han
descubierto los restos de diversas culturas y pueblos que provienen de los años
7000 a.C. Es una de las ciudades con murallas y torres más antiguas de la humanidad.
Y entre sus visitantes distinguidos se pueden identificar al profeta Elías (2R
2.4-5) y Jesús (Lc 19.1-9).
En Samaria
se encontraron unas vasijas que tenían anotaciones en torno a las entregas de
buen aceite de oliva y de vinos de calidad, que posiblemente provenían de los
almacenes del rey Jeroboán II (789-748 a.C.) o del monarca Menajem (748-737
a.C.).
La
inscripción de Siloé posee gran importancia histórica pues se encontró en medio
de un túnel de agua ubicado debajo de la Ciudad vieja de David, en Jerusalén,
que se construyó durante el reinado de Ezequías en Judá (715-689 a.C.). El
texto indica cómo los dos trabajadores comenzaron a excavar en los lugares
opuestos del túnel y se encontraron en el medio. Posiblemente el túnel fue
parte de los preparativos del rey judío ante la amenaza de Senaquerib (701 a.C.),
incidente al cual se alude en 2 Reyes 20.20 y en 2 Cró-nicas 32.30.
La ostraca
de Laquish presenta un recuento interesante de los últimos días de independencia
del reino de Judá, antes de ser conquistada y destruida por los ejércitos de
Nabucodonosor en c. 597 a.C. El texto proviene de un comandante de las tropas
babilónicas que estaban próximas a conquistar la ciudad de Jerusalén.
En el resto
del Oriente Medio los siguientes descubrimientos has sido significativos para
los estudios bíblicos. Esta lista es solo parcial, pues no son pocos los
hallazgos de importancia.
El Enuma
Elish es un poema babilónico que presenta la creación del mundo y del cosmos
como una gran batalla entre las fuerzas del orden y las del caos. El estudio de
este poema épico descubre algunas similitudes con las narraciones de creación
que se incluyen en el libro de Génesis.
La épica de
Guilgamesh presenta el deseo de inmortalidad del antiguo rey y sus esfuerzos
fallidos por lograrla. Y en el proceso, escucha el relato de un gran diluvio en
el cual se salvó Utnapishtim por la intervención de los dioses babilónicos. El
poema también revela semejanzas con el relato del diluvio bíblico, en el que
Noé y su familia fueron salvados por la intervención divina.
El código
de Hamurabi es posiblemente el más famoso y completo cuerpo de leyes que
poseemos de la antigüedad. Proviene de la Babilonia del siglo xviii a.C. Es
estudio cuidadoso del texto manifiesta algunos paralelos con varias leyes y
regulaciones que se incluyen en la Ley de Moisés (p.ej., Éx 21—23).
La estela
de Merneptah es una inscripción del faraón de Egipto alrededor de los años 1225
a.C. Su gran importancia bíblica y arqueológica proviene del comentario oficial
en torno a que ese año los ejércitos egipcios derrotaron decididamente en
Palestina a «Israel», convirtiéndose en la referencia literaria más antigua que
poseemos del pueblo bíblico.
El obelisco
Negro es el recuento visual que dejó el rey asirio, Salmanaser III, en el que
presenta al rey israelita Jehú (842-815 a.C.) rindiéndole pleitesía al monarca
extranjero, en un gesto físico de sumisión y reconocimiento de autoridad. En
las referencias bíblicas que se incluyen en la Biblia de este rey no se
menciona este particular incidente (2R 9—10).
El prisma
de Senaquerib presenta una descripción de la batalla para conquistar la ciudad
de Jerusalén. Aunque el prisma no admite la derrota, insinúa que no pudo tomar
la ciudad. En 1 Reyes 18—19 se hace el recuento bíblico del evento, en el que
se indica que Senaquerib atacó la ciudad, pero no pudo tomarla por la intervención
de Dios.
Los mitos antiguos
Una de las
formas de comunicación de importancia en el Oriente Medio antiguo era la literatura mítica o mitológica.
Este tipo de escrito o tradición oral era de carácter simbólico, poético y
figurado, y transmitía las verdades más íntimas, profundas e inefables de
alguna comunidad. Los mitos, lejos de ser «mentiras», como popularmente se
puede entender, ponen de manifiesto las percepciones que los pueblos tienen de
sus orígenes, de eventos significativos en su desarrollo nacional, y de sí
mismos.
Entre los
vecinos de Israel, se difundían una serie de relatos de orden mitológico, que
articulaban las percepciones antiguas del comienzo de la historia y la creación
de la naturaleza, el cosmos y la humanidad. Estos antiguos mitos de creación
jugaron un papel de fundamental importancia en el desarrollo de las ideas
religiosas en todo el Oriente Medio. Y como parte de la constelación de naciones
que formaban parte del universo del Creciente Fértil, Israel entró en contacto
con esas culturas y estuvo consiente de este tipo de género de comunicación que
se transmitía de generación en generación, no solo en formas orales, sino que,
con el tiempo, adquirió carácter literario.
Los
descubrimientos arqueológicos en la costa de Siria, en la antigua ciudad de Ugarit,
ha permitido estudiar con detenimiento una serie importante de textos míticos
antiguos. Estos mitos nos permiten adentrarnos en las religiones cananeas,
particularmente estudiar la religión relacionada con el dios Baal, que parece
ocupaba una posición distinguida en el panteón antiguo regional.
Uno de los
mitos descubiertos alude a la gran lucha entre Baal, la divinidad relacionada
con las tormentas, y un monstruo relacionado con el caos y el mar, llamado Yam,
que en los textos descubiertos en Ugarit, también se conoce como dragón,
leviatán y serpiente. Este dios cananeo, Yam, es posiblemente el equivalente a
Tiamat, el dios del caos, en la mitología mesopotámica.
En una
batalla fantástica y cósmica, Baal vence a Yam y garantiza, de esa forma, el
poder sobre las lluvias, el control de las diversas estaciones del año, y su autoridad
sobre el orden del mundo. Después de su triunfo, Baal se proclamó rey y señor
de la tierra, y el dios supremo del panteón, El, le obsequia un gran templo en
su honor en la ciudad de Ugarit. Posiblemente estas narraciones y poemas
míticos se recitaban en los festivales anuales, relacionados directamente con
las cosechas y con la agricultura en general, pues se asociaban al importante tema
de la fertilidad de la tierra.
El A.T.
incluye algunos de los temas que se ponen de manifiesto en varios mitosantiguos
(p.ej., Sal 74; Sal 89; Is 51), pero los escritores sagrados transformaron o
desmitologizaron esos conceptos antiguos e imágenes. En los relatos de creación
bíblicos (Gn 1—3), por ejemplo, no hay luchas entre las divinidades creadoras
ni se vencen a los monstruos marinos para dar paso a la vida. En Israel no hay
panteón con diversos dioses, pues el desarrollo del monoteísmo rechazó temprano
en la historia este tipo de percepción religiosa e incentivó la producción de
su teología monoteísta.
Instituciones sociales
Para
adquirir una mejor comprensión de la Biblia es necesario, además de conocer las
dinámicas políticas nacionales e internacionales que afectaron al pueblo de
Israel, entender las fuerzas sociales que se manifestaban en la vida diaria del
pueblo. De fundamental importancia en este análisis son las instituciones
sociales que regulaban las interacciones entre individuos, comunidades, tribus,
pueblos y naciones. Y como el período que cubre la literatura del A.T. es tan
extenso, hay que tomar en consideración que esas mismas instituciones variaron
con el tiempo y las regiones.
Familias, clanes y tribus. El mundo del A.T., desde el
período patriarcal, manifiesta una dinámica social donde las familias
extendidas se agrupaban en clanes, los clanes en tribus, y las tribus, con el
tiempo, formaron naciones. El caso de Israel es similar, pues en el período
previo al desarrollo de la monarquía con Samuel, Saúl, David y Salomón, las
relaciones sociales seguían ese tipo de dinámica social.
Algunos
estudiosos han propuesto que durante el período de los caudillos (jueces), las
tribus que llegaron desde Egipto se organizaron en un tipo de federación
temporal, conocida como anfictionía, que le permitía a los diversos grupos
responder en común a los diversos desafíos y problemas de seguridad. Se propone
el pacto o alianza en el Sinaí, cuyo signo visible era el arca del pacto. Era
una especie de unión, sin mucha estructura o compromiso, que respondía particular
y específicamente a las amenazas de grupos enemigos.
Quizá la
relación entre las tribus no era tan definida y clara, porque las distancias y
rivalidades entre ellas las mantenían en alerta, y también porque las prioridades
locales les impedían desarrollar alianzas estratégicas regionales más estables,
eficientes y funcionales. Esas mismas relaciones de conflicto interno, fueron
parte de los problemas que generaron, con el tiempo, la división de las tribus
antiguas en dos grandes bloques, que se organizaron como reinos: El reino del
Norte, Israel, con su capital en Samaria; y el reino del Sur, Judá, con Jerusalén
como su centro de poder.
No puede
ignorase, sin embargo, el hecho de que el concepto de tribu mantuvo cierta
importancia a través de la historia bíblica, pues significó retener algunos compromisos
sociales y afirmaciones de identidad en relación con esas dinámicas antiguas.
Saúl, por ejemplo, se identifica como de la pequeña tribu de Benjamín (1S
9.21), para afirmar su humildad entre las familias y las tribus de Israel. Tras
el exilio, sin embargo, la organización social de la comunidad superó el nivel
funcional de los clanes y tribus, pero las familias extendidas mantuvieron su
importancia en los procesos administrativos (Esd 10.16).
En tiempos
del N.T., aunque la administración local se había desarrollado, se manifiesta
una clara conciencia nacional en torno al tema de las doce tribus de Israel
(p.ej., Lc 22.30; Stg 1.1; Ap 7.4-8). Quizá era un recuerdo que les permitía relacionarse
con sus antepasados de alguna forma simbólica pero significativa. El apóstol
Pablo, en esa tradición, alude a que también procede de la tribu de Benjamín,
al presentar su mensaje pastoral a la comunidad de Filipo (Fil 3.5).
Los ancianos. En ese mundo de clanes y tribus, los
«ancianos» jugaban un papel de capital importancia social. Estos personajes
bíblicos eran líderes de familias o de clanes que se reunían a las puertas de
la ciudad para escuchar los casos locales de dificultades y conflictos, para
juzgarlos e implantar la justicia. Entre los ancianos de cada ciudad o
comunidad se establecía una especie de concilio o corte, que adquiría un poder
extraordinario para evaluar situaciones locales y también desarrollar algunas
políticas administrativas.
En el libro
de Job se presenta una idea de cómo funcionaban estos grupos de ancianos (Job
29.7-17), y se pone claramente de manifiesto la dignidad y autoridad del grupo;
además, se afirma la imagen positiva que proyectaban ante la comunidad en
general. De particular importancia para este grupo de ancianos o corte, era
actuar a favor de las personas que estaban en necesidad o que eran víctimas
inocentes de alguna injusticia, particularmente en la tradición de la Ley de
Moisés, hacia las personas huérfanas, los extranjeros y las viudas.
Con el paso
del tiempo, y también por las complejidades en las relaciones sociales, se
necesitaron otros foros de justicia. Esas dinámicas legales se notan en las
narraciones bíblicas en torno a Samuel y a sus hijos (1S 7.15—8.3), que actuaban
como jueces en casos que superaban las prerrogativas de los ancianos en las
puertas de la ciudad. Inclusive, de la lectura de algunos pasajes legales de la
Torá, se desprende que los sacerdotes también tenían algunas funciones judiciales,
especialmente cuando la evidencia expuesta no era contundente, clara y
definitiva. En esos casos, los sacerdotes dependían de la suerte para la implantación
de la justicia (Éx 22.7-8).
El rey y los sistemas de justicia. El foro último de
apelación era el rey, que evaluaba casos particulares y complejos que le
llevaban ante su consideración y juicio. El presupuesto teológico, filosófico y
administrativo del proceso y el funcionario, era que una de las
responsabilidades principales del monarca se relacionaba directamente con el
establecimiento de la justicia, como se pone en evidencia clara en algunos
poemas del Salterio (Sal 72.2, 4).
Tanto en
Israel como en Judá la monarquía siguió algunas dinámicas administrativas,
sociales y políticas que tenían continuidad con el resto del Oriente Medio. En
los libros de los Reyes, las evaluaciones de los monarcas de ambos reinos, del
Norte y del Sur, responden prioritariamente a criterios religiosos. En efecto,
los escritores bíblicos analizan las ejecutorias y las decisiones de los reyes
en términos específicos de su fidelidad a Dios y la pacto. Sin embargo, en
algunas porciones bíblicas se revelan detalles que deben tomarse en
consideración en la evaluación crítica de la institución de la monarquía:
Samuel presenta un panorama extremadamente adverso de la vida bajo los reyes
(1S 8.11-17), y del análisis de las acciones de Salomón y Jeroboán, se deduce
que aun en medio de las administraciones más prósperas y económicamente
desarrolladas, se manifestaban injusticias sociales, económicas y políticas (1R
12).
En el
contexto más amplio del Oriente Medio, los reyes eran vistos como figuras cercanas
a las divinidades. En Egipto, por ejemplo, ante los ojos del pueblo, el faraón
era como una figura divina; y en Mesopotamia, el rey era el representante oficial
de los dioses ante la humanidad. Esas altas percepciones de la monarquía se
manifiestan, entre otras formas, en el esplendor de sus palacios, la grandeza de
sus tronos y en las representaciones artísticas de sus reinos.
Esa
particular ideología del sistema monárquico, donde el gobernante era una divinidad,
no se manifestó entre los reyes de Israel y Judá. Hay que notar, sin embargo,
que de acuerdo con el testimonio de la Biblia hebrea, el rey era hijo de Dios
(Sal 89.27-28, 30-32), y sus tronos eran bien elaborados y majestuosos (1R
10.18-20).
Como en las
diversas monarquías vecinas de Israel y Judá, los reyes tenían una especie de
consejeros que formaban una corte o grupo de asesores y de apoyo real. Estas
cortes se encargaban de implantar las políticas reales, y también de supervisar
los diversos procesos administrativos y judiciales del país.
Generalmente
eran miembros de estas cortes los familiares del monarca y personajes
importantes de las familias más cercanas al rey, que con el tiempo adquirían un
nivel social distinguido. De esa forma histórica y social, adquirían el
reconocimiento como personas «nobles», «príncipes», «cortesanos».
De acuerdo
con las narraciones bíblicas, el rey tenía asesores para asuntos legales,
históricos y militares, además de ayudantes personales y secretarios (2S 8.15-18;
1R 4.2-6). Algunos, posiblemente, no provenían de familias nobles cercanas al
rey, sino que habían sido seleccionados por sus cualidades personales y sus
destrezas específicas.
Tanto en
Egipto como en Mesopotamia se habían creado sistemas educativos para preparar a
este tipo de funcionarios de la corte. Posiblemente en Israel y Judá se
siguieron esas mismas políticas educativas. La Biblia habla específicamente que
la corte de Judá, en medio de la amenaza de Senaquerib, tenía administrador,
secretario, cronista y copero mayor, entre sus altos funcionarios (2R 18.18).
Las monarquías tenían una infraestructura elaborada que les permitía la
operación diaria de forma efectiva.
Sabios, sacerdotes y profetas. Las diversas culturas
del mundo han identificado personas que por alguna calificación profesional,
intelectual o familiar denominan «sabios». Son individuos que gozan del respeto
y aprecio de la comunidad y se caracterizan por sus recomendaciones prudentes y
acertadas. En efecto, tienen la virtud de aplicar el conocimiento y la inteligencia
de forma responsable y ponderada.
En las
Sagradas Escrituras, se identifican una serie de personas con ese distintivo, y de la lectura de algunas
porciones se desprende que podría tratarse de un grupo determinado de líderes
nacionales. Es precisamente un profeta, Jeremías, el que analiza las reacciones
de la comunidad ante la naturaleza crítica de su mensaje, e indica que los
sacerdotes no educarán, los profetas no darán la palabra y los sabios no
brindarán sus consejos (Jer 18.18). La lectura de este pasaje parecería aludir
a tres tipos de «oficios» específicos y definidos en la sociedad israelita
antigua pues, de la misma forma que hay sacerdotes que ejercen sus funciones en
el templo y profetas que reaccionan a las decisiones de los monarcas, los
sabios también tenían un espacio específico y definido dentro de la sociedad.
Posiblemente la referencia a estos sabios es una alusión a los consejeros del
rey, que de acuerdo con el mensaje escritural, le orientaban en asuntos de
diversa naturaleza.
La Biblia
también incluye de forma destacada un tipo de escrito que se conoce como
literatura sapiencial. Esta literatura consistía en la recopilación de enseñanzas
que constituían la base para la educación moral y ética del pueblo. Esta
literatura que se puede encontrar, entre otros libros de la Bi-blia, en Salmos y
Proverbios, pone de manifiesto las reflexiones naturales que intentan descubrir
y celebrar el sentido positivo y grato de la existencia humana. Más que afirmaciones
filosóficas especulativas, son reflexiones en torno a la vida diaria que se
fundamentan en las observaciones empíricas.
Los
sacerdotes, por su parte, eran funcionarios oficiales de la corte. En torno a este
tema, es importante señalar que en el Oriente Medio no se distinguen las dinámicas
religiosas de las políticas. La vida es una, y no se divide en esferas religiosas
y seculares.
En la
antigüedad, el sacerdocio era, como el resto de las profesiones en Israel, una
actividad heredada. En efecto, el oficio era aprendido en los entornos familiares
y transmitido de generación en generación. Los documentos más antiguos indican
que, al menos en en sus comienzos, el sacerdocio podía ser ejercido por
cualquier persona, si era identificado y comisionado por la persona adecuada,
que primordialmente eran los jefes de familias o de clanes (Jue 17— 18).
El
gentilicio «levitas» aludía inicialmente a los pertenecientes a la antigua
tribu de Leví; sin embargo, con el paso del tiempo, el término adquirió una
particular carga semántica, que lo relacionaba directamente con el sacerdocio.
Inclusive, la tribu de Leví se identificó específicamente como una comunidad
sacerdotal, después de la época de la monarquía. El libro del Deuteronomio
afirma con claridad, en esa tradición teológica, que los levitas estaban
calificados para actuar como sacerdotes del pueblo (Dt 18.1). Este libro
representa una visión de las instituciones religiosas de Israel en el siglo VII
a.C. En ese particular momento histórico, el sacerdocio servía únicamente en
Jerusalén, y los sacrificios solo se ofrecían en el templo. Antes de esa época,
los levitas ofrecían sacrificios al Señor en otros lugares con alguna
significación religiosa.
Después del
exilio, las dinámicas religiosas de la comunidad israelitas cambiaron de forma
dramática. Las nuevas realidades sociales, políticas y religiosas de las dos
comunidades judías, tanto las que habían quedado en Jerusalén como las que
habían regresado desde Babilonia, requirió que se redefinieran los requisitos
para ejercer el sacerdocio renovado en el templo restaurado. De esta forma se
identificó, como personal sacerdotal certificado, solo a los descendientes de
los sacerdotes que habían ejercido esas funciones en el templo antes del
exilio. Se les conocía específicamente como «los hijos de Sadoc», y se trazaba
su ascendencia familiar hasta Aarón, el hermano de Moisés. Sadoc sirvió como
sumo sacerdote en el reinado de David.
Fue en el
período que prosiguió al retorno a Jerusalén, que los levitas fueron ubicados
en una posición inferior en la escala sacerdotal, pues podían apoyar la celebración
de los eventos en el Segundo templo, particularmente en la música, pero no
podían ofrecer sacrificios. Con el tiempo, posiblemente en el período helenístico,
el sumo sacerdote tomó más responsabilidades políticas y sociales para
administrar los asuntos nacionales, por la falta de un monarca con poder
político claro y definido.
De singular
importancia entre las responsabilidades básicas de los sacerdotes eran sus
funciones educativas. Aunque los sacrificios constituían un componente importante
en sus funciones litúrgicas, la educación del pueblo en los temas relacionados
con la Torá era considerada como una de sus responsabilidades fundamentales,
por lo menos ante los ojos de los profetas (Os 4.4-6; Mal 2.7-9).
Los
profetas eran personajes singulares en la sociedad israelita. Sus funciones se relacionaban
con las actividades del rey, aunque también contribuían de forma destacada en
la formación de opinión pública en el pueblo. Eran personajes independientes
que no se relacionaban ni estaban adscritos a ningún santuario definido.
Constituían, posiblemente, una de las pocas profesiones en el Israel de la
antigüedad que no era hereditaria, pues la vocación profética, más que un oficio,
era una encomienda divina que se debía cumplir con responsabilidad y vehemencia
bajo ciertas especificaciones estrictas. La institución de la profecía se
desarrolló paralelamente con la de la monarquía, y no requería entrenamiento particular,
solo se necesitaba estar llamado y comisionado por Dios.
Aunque no
ejercían ninguna posición oficial dentro del reino, con regularidad se encontraban
en diálogo directo con los monarcas (Is 8—9) y personas influyentes en el
palacio real, pues algunos formaban parte del grupo de asesores y consejeros
oficiales de los reyes. Esta orientación política y religiosa era requerida de
los profetas, particularmente en tiempos de crisis nacional, o para tomar
decisiones de importancia nacional e internacional, como por ejemplo, el
comenzar una guerra (1R 22).
La
expresión «hijos de los profetas» se refiere específicamente a los grupos que vivían
en algún tipo de comunidad, específicamente en tiempos del profeta Eliseo (2R
2.15-17; 4.38-41; 6.1-7).
Los
profetas, provenían de diversas regiones y sectores del país, inclusive, algunos
reclamaban haber sido llamados por Dios mientras llevaban a efecto sus labores
cotidianas (Am 7.14). Su labor principal consistía en anunciar la palabra divina
al pueblo, en ocasiones por conducto del rey, aunque también tenían la capacidad
de efectuar milagros. Con el tiempo se convirtieron en la consciencia moral del
pueblo y sus líderes, llamándolos a vivir de acuerdo con las estipulaciones
definidas en la Ley y de acuerdo con el pacto.
Relaciones familiares
La unidad
básica de la sociedad antigua en Israel era la familia, que era entendida en
términos extendidos e incluía abuelos, padre y madre, hijos e hijas, tíos y
tías, sobrinos y sobrinas, y hasta sirvientes y esclavos. La estructura era patriarcal.
Las personas de autoridad eran reyes, jueces, sacerdotes, sabios, guerreros,
artesanos, agricultores. Y estas dinámicas sociales se producían no en contextos
beduinos antiguos sino en las diversas ciudades en las que se asentaron los
israelitas como pueblo al llegar a las tierras de Canaán.
Los
hombres, en este tipo de arreglo social, tenían las responsabilidades mayores,
y las mujeres ocupaban un sitial subordinado, como esposas, madres, hijas o
viudas. Los niños y las niñas también eran relegados a jugar un papel secundario,
pues eran vistos como una posesión paternal. La familia ideal era numerosa,
pues se fundamentaba en el antiguo mandamiento bíblico de crecimiento (Gn
1.28). El tener muchos hijos e hijas era considerado una bendición divina. Y la
infertilidad era vista como una maldición, y siempre se le achacaba a las
mujeres, que se sentían particularmente humilladas y afligidas por la
incapacidad de procrear (Gn 16.1-6; 1S 1.1-7).
Los
procesos educativos se llevaban a efecto en el seno del hogar. El hombre se encargaba
de instruir a los varones en el oficio tradicional de la familia; y las mujeres
hacían lo propio con las niñas, que se encargaban de todas las actividades
domésticas, y también de algunas del campo. La educación formal para leer y
escribir con tutores no era común, y estaba reservada para algunas familias con
mayor poder económico y prestigio social.
Las mujeres
Aunque las
mujeres vivían en un ambiente de subordinación, y sus entornos de acción no
eran amplios e independientes, la Biblia afirma sus derechos humanos y
personales. Las leyes de protección de viudas y huérfanos, por ejemplo, era una
forma de salvaguardar y afirmar la dignidad de ese sector vulnerable y necesitado
de la sociedad. Los hombres, que constituían las personas responsables de los
grupos más frágiles, no podían disponer de las mujeres, niños y niñas, y
esclavos a sus caprichos, pues inclusive los esclavos, tanto hombres como
mujeres, tenían el mismo derecho a la liberación después de seis años de
trabajos.
El
particular caso de la mujer ejemplar, en el libro de los Proverbios (Pr 31.14-23),
presenta el importante modelo de una mujer ideal, que no corresponde a los patrones
de subordinación previamente descritos. Además, las críticas que hace el
profeta Amós a las esposas de los hombres acaudalados (Am 4.1), ponen claramente
de manifiesto que, el grado de subordinación de las mujeres en estos sectores
de la sociedad variaba de acuerdo con el nivel económico que ostentaban.
De acuerdo
con la literatura sapiencial, que manifiesta una actitud de discrimen óptimo,
las mujeres eran seductoras y pecadoras (Pr 2.16-19; 5.1-14; 7.6-27). Esa
percepción llega a un punto mayor con las afirmaciones del Eclesiastés (Ec 7.28),
que indica que no es posible conseguir una buena mujer entre la multitud. Esa
actitud misógina y antifemenina contrasta dramáticamente con una serie de mujeres
cuyas contribuciones, de acuerdo con las narraciones bíblicas, apoyaron de
forma destacada la vida nacional. Fueron matriarcas (p.ej., Sara, Rebeca y Raquel),
reinas, reinas madres y esposas de reyes (p.ej., Abigail y Mica), juezas y
militares (p.ej., Débora), salvadoras de su comunidad (p.ej., Ester y Judit) y profetisas
(p.ej., Miriam). En efecto, la impresión que dejaron estas mujeres en la vida
del pueblo fue de tal magnitud, que aun en medio de una sociedad que no valoraba
adecuadamente sus diversas contribuciones, las memorias de sus ejecutorias
sobrepasaron los prejuicios de género y rebasaron los linderos del tiempo.
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