lunes, 13 de febrero de 2023

EL ORO: MEDIADOR DEL EVANGELIO

 

3. EL ORO: MEDIADOR DEL EVANGELIO

El contexto inmediato del Parecer de Yucay está constituido por el juego de poder y la confrontación de intereses que acabamos de recordar. El autor intenta, por eso, una reflexión teológica que defienda tanto los derechos de la corona sobre las Indias, como los de los conquistadores y encomenderos, a explotar las riquezas de estas tierras. El memorial es explícito sobre sus objetivos. García de Toledo no ignora que hay muchos trabajos en esa misma línea, pero está convencido que tiene algo propio que decir, algo de lo que nadie se había percatado antes.

El punto es señalado al inicio del texto. Se trata de examinar «cuán bueno y necesario es romper estas montañas de oro y plata para labrar minas, con los buenos medios que Vuestra Excelencia ha dado, cosa que hasta ahora se había reparado más por ilusión del demonio que no por razón y verdad» (Y. 105)[1]. Sobre esa razón y verdad de la existencia y explotación de las minas de oro y plata versará el autor. El marco en que coloca su aporte es la visión providencialista de la historia, típica de la época, pero reinterpretada por él. Ella le permitirá discurrir sobre el papel que, a su entender, juegan los tesoros del Perú en el plan de Dios sobre este reino.

1. La bonita (blanca) y la fea (india)

El autor considera —es un tema que se halla igualmente bajo otras plumas en esa época— que las Indias les fueron dadas por Dios a los reyes de España a. cambio de las tierras de la península que ellos reconquistaron para la fe, arrebatándolas de manos de los moros. «Y en señal de esto, y que claramente lo entendiésemos, se los dio el mismo año que ellos acabaron de restituir a su divina Majestad los Reinos de España, y porque más claramente se entendiese esto si no estábamos ciegos, se los dio Dios por el más alto título de cuanto todos los Reyes cristianos poseen. dándoselos no por armas sino por mano de su vicario en la tierra» (Y. 109)[2]. García de Toledo precisa enseguida que Dios les concedió las Indias sin que hubiese previamente en ellas «ningún género de señor universal ni particular, pues ellos, los reyes, le dieron a él los de España del mismo arte, sin dejar en ellos dominio ni de un moro pues en lo de Granada se acabó todo» (Y. 109). Había, por consiguiente, algo así como una reciprocidad histórica entre Dios y los reyes de España; entre ellos se intercambian tierras limpias de interferencias, en las que no hay dominios particulares que condicionen la entrega mutua.

a) Un trueque con Dios

Conocemos ya la tesis sobre la ausencia de una autoridad legítima de las Indias; aquí se añade la idea que se trató de un trueque con Dios; lo que significa un nuevo título para la posesión de estos reinos. Providencial resulta también para el autor que en esta tierra de nadie que eran las Indias, unos incas tiranos hubiesen sometido a diferentes pueblos poco antes de la llegada de los españoles; reuniéndolos bajo una sola autoridad hicieron que los cristianos «los hallen a todos sujetos, aunque tiránicamente, para que no haya más que hacer que bautizarlos». La tiranía inca se halla pues por designio divino al servicio de la cristianización. El resultado es el dominio de las Indias en perfecto acuerdo entre Iglesia y Estado; es decir, sin que la primera, observa precavido el servidor del virrey Toledo, tenga preeminencia sobre el segundo, así «de una mano y en un mismo tiempo, sin llevar la Iglesia ventaja a los reyes de España, queden señores de este mundo los unos y los otros» (Y. 110). La «ventaja de la Iglesia», bajo la cual se amparaban precisamente los frailes defensores de los indios, iría en detrimento del dominio real.

Dios fue preparando poco a poco la llegada de los españoles a las Indias y por ello les allanó el camino. «Y es cosa que pone admiración —dice el Parecer— la ignorancia de estos que en casi mil años que comenzaron a tiranizar no supieron darse maña a ser legítimos señores». No se trata pues sólo de los incas, cuyo dominio según el memorial es reciente («comenzó ochenta años poco antes que los españoles entrasen»: Y. 136), sino también de los curacas y de toda pretendida autoridad india del pasado. En verdad, a nosotros nos causa igualmente admiración que en tanto tiempo no haya habido ninguna autoridad legítima en estas tierras; el autor va de asombro, y nosotros con él. «Admira también —escribe--- la sabiduría de Dios en saber guardar estos Reinos tantos años sin legítimos títulos para que los reyes de España tuviesen el más alto y seguro de todos cuantos se poseen en el mundo».

La hipérbole para calificar la justicia de los derechos de la corona sobre el Perú —que habíamos encontrado asimismo en Sarmiento de Gamboa— forma parte del estilo de la época. Interesa más lo que sigue; por disposición de la divina Providencia —dice el autor— la toma de posesión de las Indias por parte de los reyes españoles se hizo «sin tener necesidad de hacer ningún pecado venial para ellos». Porque, precisa García de Toledo, «los muchos mortales que se hicieron fue contra su orden por el desorden de sus ministros, que por él pudieran ser castigados» ( Y. 137). Las Indias habían sido tan bien dispuestas por Dios que los soberanos de España pudieron tomarlas sin daño para su conciencia. Según el memorial, cuando Las Casas provocaba escrúpulos en ellos, lo hacía sin ningún fundamento

y con gran desconocimiento de los planes de la Providencia. Las faltas que se cometieron en las Indias son obra de subordinados, y no implican ni siquiera falta venial para los reyes. Se trata, dirá repetidas veces el dictamen, de «excesos y muertes y crueldades que al principio hicieron españoles (...) y ésos no de muchos soldados, sino de pocos y desalmados. y muchas veces contra la voluntad de sus superiores» (Y. 119, énfasis nuestro). Conforme aumenta la gravedad de la culpa, baja la categoría social o militar y el número de los culpables. También en nuestros días conocemos el argumento de los excesos y de las responsabilidades subordinadas, cuando el asunto es el maltrato de los pobres y marginados. Es claro por todo lo anterior que «estas crueldades de pocos» (Y. 119) no cambian lo esencial: el limpio derecho de la corona sobre estas tierras.

Hacer resaltar —lo hemos anotado ya— la coincidencia de las fechas de la reconquista española y del descubrimiento de las Indias no era raro en ese tiempo para ilustrar el designio providencial. Pero hay consecuencias que otros —piensa el autor del dictamen— no han sabido sacar de aquel hecho. Hasta ahora afirma, cuarenta años después que se ganaron estos reinos del Perú, «no se ha visto, ni se ha podido alcanzar la justificación de la labor de las minas de oro y plata y azogue, que es increíble si no se ven hasta estos tiempos, cuando el rey determinó, con espíritu divino y particular movimiento de Dios, juntamente con el de nuestro santísimo Padre, tan lleno del Espíritu santo que sus mismas obras lo declaran, a esta santa Liga contra los enemigos de nuestra fe católica».

La justificación buscada se encuentra en la lucha secular en defensa de la cristiandad europea pero que había alcanzado un punto álgido en esos años. Escribiendo meses antes de la batalla de Lepanto, el autor muestra estar al corriente de la Santa Liga establecida entre el papa, Felipe II y Venecia para combatir a los turcos. La necesidad de recursos para defender la fe católica (y la sociedad europea) contra sus enemigos, y «las riquezas grandes de la gloria de Dios, y las almas que con ellas se han de reducir al Reino de Cristo Nuestro Señor» legitiman, según él, a posteriori pero con toda evidencia, la explotación de las minas del Perú: «creo y tengo por averiguado —dice— que le dio la justificación de la labor de estas minas y tesoros» (Y. 140)[3]. El oro del Perú juega en consecuencia un papel providencial en la defensa y propagación de la fe cristiana.

Así lo confirmó «la flor del Reyno de juristas y teólogos» de España que reunidos por el Rey decidieron que «se labrasen las minas». Y nuestro autor que, ya lo sabemos, es sensible a la admiración, afirma con entusiasmo que es «cosa maravillosa que, en comenzando a labrar las minas es tanta la riqueza que se descubre, que espanta y admira». De ellas «Su Majestad saca tanto oro y plata, por su determinación tan católica y liberal, que no solamente para conquistar al turco le sobre, sino también para hacer grandes mercedes a estos Reynos de donde lo saca» (Y. 140-141). De las minas del Perú algo puede quedar también, concede el autor, para beneficio (se trata de la ventaja espiritual de la fe) de los que viven en estas tierras.

Estos argumentos son motivo de un nuevo ataque a Bartolomé de Las Casas. Este consideraba un despojo dicha explotación de las minas; e incluso sugería a los indios que las escondiesen de la codicia de los españoles diciéndoles que estos estaban allí sólo por el oro y la plata. Habíamos visto ya que Toledo se quejaba de los consejos que los religiosos daban a los indios frente a las recaudaciones de la administración colonial. Aquí se trata de las minas y de su explotación por los encomenderos. Sorprende la ceguera de «este Padre y Obispo de Chiapa» sostiene el primo del virrey, porque —se pregunta yendo al fondo de su pensamiento— bien considerado «¿qué quiere decir el haber puesto Dios a estos indios tan miserables en las almas, y tan desamparados de Dios, tan inhábiles y bestias en unos Reynos tan grandes, y valles y tierras tan deleitosas y tan llenas de riquezas de minas de oro y plata y otros muchos metales?» (Y. 141)[4].

b) El santo olor de las minas

Tan apetecibles bienes naturales no pueden estar allí para gentes tan vulgares y próximas a la animalidad. El contraste es evidente —para el autor— y plantea un interrogante que sólo puede ser resuelto a nivel de la teología. García de Toledo emprende esa tarea a través de la proposición de una especie de parábola, reveladora de su mentalidad[5]. Dios se comportó «con estos gentiles miserables y con nosotros como un padre que tiene dos hijas: la una muy blanca, muy discreta y llena de gracia y donaires, la otra muy fea, legañosa, tonta y bestial. Si ha de casar a la primera, no ha menester darle dote sino ponerla en palacio, que allí andarán en competencia los señores sobre quién se casará con ella. A la fea, torpe, necia, desgraciada, no basta esto sino darle gran dote, muchas joyas, ropas ricas, suntuosas, caras, y con todo esto dios y ayuda». Sin una cuantiosa dote no hay matrimonio para la hija fea, y aun así no hay seguridad («y con todo esto dios y ayuda») para la desventurada.

La parábola se aplica en seguida a la historia de cristianismo. «Lo mismo hizo Dios con estos y con nosotros. Todos éramos infieles, esa Europa, esa Asia, mas en lo natural gran hermosura, muchas ciencias, discreción». Todas ellas son cualidades humanas de las que carecían los infieles de las Indias. En consecuencia «poco fue menester para que los apóstoles y varones apostólicos desposasen estas almas con Jesucristo por la fe del bautismo. Mas estas naciones criaturas eran de Dios, y para la bienaventuranza, capaces de este matrimonio con Jesucristo, mas eran feos, rústicos, tontos, inhábiles, legañosos, y era menester gran dote» (Y. 141-142. énfasis nuestro).

Infieles fueron en el pasado los europeos y los habitantes de Asia menor, pero hermosos, dignos e inteligentes: eso bastó para atraer a apóstoles y evangelizadores. Infieles también los de las Indias, pero feos, indignos y torpes. Y aquí viene entonces la razón de la presencia de las minas: con ellas como dote se compensa lo que falta de modo natural a estos inhábiles y bestiales indios: «y así, les dio hasta las montañas de oro y plata, tierras fértiles y deleitosas porque en este olor hubiese gentes que por Dios quisieran ir a esta predicación evangélica y los bautizasen y quedasen estas almas esposas de Jesucristo» (Y.142, énfasis nuestro). ¡Por Dios! En una curiosa conexión entre lo filosófico y lo espiritual el olor del oro estimula el amor «por Dios» de esos singulares evangelizadores y los mueve a venir a estas tierras.

Es difícil encontrar una expresión más abierta de racismo y europeocentrismo. Afirmación de la superioridad de la raza blanca y la cultura occidental («nosotros») y desprecio por el indígena («estos»). Sólo gracias al aroma que se desprende de las minas y otras riquezas, estas pobres gentes tan desvalidas y carentes de cualidades naturales han podido interesar a presuntos evangelizadores. Sobre esta idea continúa el texto con un cinismo que raya lo increíble. «Mas digo y oso afirmar que, como sea verdad que en orden de la predestinación, no solamente los bienes de gracia, como gracia y caridad y virtudes, son medios de predestinación y salvación de los hombres, sino que también los bienes temporales, en algunos son medios de predestinación y para salvarse y al revés, la falta de ellos para condenarse, algunos hay que por ocasión de las riquezas se salvarán, y otros que por falta de ellas se condenaron» (Y. 142). El oro puede decidir de la salvación o la perdición de las personas.

Hay aquí toda una teología, es decir, un modo de comprender la fe cristiana. Nuestro total rechazo de ella no debe impedirnos ver en qué nivel busca situarse el autor. No sólo la gracia y la caridad, dones del Señor, son medios de predestinación y salvación; los bienes temporales —por los que el autor del Parecer tiene un interés manifiesto— lo son también. La ausencia de riquezas puede acarrear la condenación, dice el autor enmendando sin pestañear la plana al evangelio de Jesucristo. La salvación puede depender de que se tenga o no medios materiales para atraer a los que debían anunciarles a Dios (¿qué Dios?, podemos preguntarnos). Si se carece de riquezas no se recibe el evangelio; eso es lo que hubiese ocurrido con los miserables habitantes de estas tierras de no haber habido minas. Lo sospechábamos... El texto prosigue: «Así digo de estos indios que uno de los medios de su predestinación y salvación fueron estas minas, tesoros y riquezas, porque vemos claramente que donde las hay va el evangelio volando y en competencia, y a donde no las hay, sino pobres, es medio de reprobación, porque jamás llega allí el evangelio, como por gran experiencia se ve que la tierra donde no hay esta dote de oro y plata, ni hay soldado ni capitán que quiera ir, ni aun ministro del evangelio» (Y. 142, énfasis nuestro). El autor tiene, como se ve, una triste opinión de los encargados de anunciar el evangelio: sus motivaciones para venir a las Indias no irían más allá que las de un soldado y un capitán. Pero es aún peor su idea del evangelio. La falta de pudor puede llegar a extremos insospechados; la riqueza atrae evangelio («volando y en competencia»), la pobreza en cambio lo aleja y es señal de reprobación porque nadie, ni siquiera los ministros del evangelio, se sentirán motivados por ella. Se trata de una verdadera relectura de la Escritura desde la significación histórica y religiosa del oro y el poder; el resultado es una clamorosa inversión de lo enseñado por Jesús el Cristo.

Los términos empleados por García de Toledo nos chocan. Pero su posición respecto de la función de las minas en el anuncio del evangelio no es algo aislado; con un poco más de sutileza y complejidad, y tal vez con un tono algo resignado, esa postura se encuentra en el célebre y ponderado (célebre por ponderado, precisamente) padre José de Acosta. Este se halla —como lo hemos anotado ya— entre los defensores de la legitimidad de la presencia española en las Indias, pero no por las razones que aducen Toledo y sus seguidores. Pese a eso, resulta extraño que este gran conocedor del Perú de entonces, se haga eco del penoso y grotesco texto que comentamos.

Afirma el famoso jesuita que es de admirar la sabiduría de Dios que puso en tierras alejadas, las Indias y concretamente el Perú, «la mayor abundancia de minas que jamás hubo, para con esto convidar a los hombres a buscar aquellas tierras, y tenerlas, y de camino comunicar su religión y culto del verdadero Dios a los que no le conocían». Evangelizar de paso, en la ruta hacia el oro y la riqueza. En efecto, el mensaje cristiano se propaga «no sólo por los que sinceramente y con caridad lo predicasen, sino también por los que por fines y medios temporales y humanos lo anunciasen». Así ha sucedido entre nosotros pues «vemos que las tierras de Indias más copiosas de minas y riqueza han sido las más cultivadas en la Religión Cristiana en nuestros tiempos, aprovechándose el Señor para sus fines soberanos de nuestras pretensiones». Es una penosa comprobación: allí donde están las minas más ricas, hay mayor empeño por «cultivar la religión». Y luego, señalando tal vez la fuente de estas peculiares opiniones, en implícita referencia al autor del Memorial de Yucay lo elogia diciendo: «cerca de esto decía un hombre sabio que lo hace un padre con una hija fea para casarla, que es darle mucha dote, eso había hecho Dios con aquella tierra tan trabajosa, de darle mucha riqueza dé minas, para que con este medio hallase quien la quisiese»[6].

La sorprendente alusión a «un hombre sabio» de parte de este notable estudioso —que si bien no cuestionó el sistema imperante supo denunciar, sin embargo, los mas groseros abusos contra los indios— prueba desgraciadamente que la mentalidad que refleja el Parecer de Yucay no es una excepción en el Perú de ese tiempo-.

Poco antes José de Acosta, en su conocida obra misiológica De Procuranda Indorum Salute, había denunciado con energía el oprobioso trabajo en las minas. Forzar «a los hombres libres y que ningún mal han hecho a estos trabajos parece inhumano e inicuo». Esto es lo que ocurre con «el laboreo de las minas», por consiguiente «es ofensivo a la libertad de los indios, que son obligados a servir al lucro ajeno con tanto daño propio», exponiéndose además a un «peligro de muerte».

Pero al mismo tiempo nos deja perplejos cuando afirma inmediatamente: «Mas por otra parte, si se abandona el beneficio de las minas (...), si no se recoge de los lavaderos de los ríos, si, en una palabra, se descuida el laboreo de los metales, se han acabado las Indias. perecieron la república y los indios. Porque los españoles —dice sin ambages— eso es lo que buscan con tan larga navegación del océano: por los metales negocian los mercaderes, presiden los jueces y aun no pocas veces los sacerdotes predican el evangelio». Por lo tanto, coincide Acosta con el Parecer de Yucay en las consecuencias que seguirían a la ausencia de oro en las Indias: «el día que faltase el oro y la plata, desaparecería todo el concurso y afluencia, y la muchedumbre de hombres civiles y de sacerdotes pronto se desvanecería». No se trata sólo de una previsión, lo ocurrido en las grandes islas de las Antillas «que en otro tiempo estuvieron pobladísimas mientras hubo plata y oro, ahora están casi desiertas y salvajes», lo atestigua y constituye una dura experiencia.

Acosta declara que no sabe qué hacer: «si quejarme de la calamidad de nuestros tiempos, que se haya enfriado tanto la caridad. (...) puesto que la salvación de tantos millares de almas no despierta en nuestra alma la codicia y el celo, si no van con ella justamente el oro y la plata ( ...) o, al contrario, admirar la bondad y la providencia de Dios, que se acomoda a la condición de los hombres, y para traer a gentes tan remotas al evangelio, proveyó tan copiosamente estas tierras de metales de oro y plata, despertando con ellos nuestra codicia, a fin de que si la caridad no nos determinara, fuese, al menos, cebo la codicia».

La perplejidad no dura mucho, nuestro autor hace ver la significación teológica de la segunda alternativa: «¿Quién, pues, no mirará con espanto y asombro los secretos de la sabiduría del Señor, que supo hacer que la plata y el oro, parte de los mortales, fuesen la salvación para los indios?». Así como de la incredulidad de los judíos vino la salvación para los gentiles, ahora de la codicia de los europeos sale la salvación de los indios. Gracias al oro llega el amor salvífico de Dios a los habitantes de esta tierra. Aceptada esta mediación no le queda a Acosta sino pedir un buen trato para los indios que trabajan en las minas, de acuerdo con las leyes existentes; no debe faltar tampoco «a los que trabajan en las minas ministros para enseñanza espiritual». La consideración sobre la función de las minas en la historia de la salvación de las Indias concluye con esta resignada aserción: «Si los nuestros observan como es razón estas condiciones de la ley, tal como han sido ideadas por varones doctos, nos parece que se deben tolerar, a fin de que no suceda, que acabándose el comercio, se abandone también el trabajo de la predicación del evangelio; pero si las descuidan y tratan a los indios como esclavos, vean ellos la cuenta que habrán de dar a Dios, que es padre de los pobres y juez de los huérfanos»[7].

El autor del texto de Yucay tiene por lo menos el mérito-- hay que reconocerlo— de no disimular sus razones y decir con todas sus letras lo que muchos practican actualmente, aunque bajo formas más sofisticadas (poder y prestigio social, en lugar de dinero, por ejemplo) y «presentables» en sociedad. No olvidemos, sin embargo, que asumir el punto de vista del pobre, optar preferentemente por los desposeídos (como lo exigen con renovado vigor en nuestros días Medellín, Puebla y Juan Pablo II) fue ya en el siglo XVI el esfuerzo de muchos misioneros y obispos. Entonces como ahora, eso significó un vuelco, un cambio radical de práctica y de perspectiva, expuesto por ello a todo tipo de ataques por parte del orden establecido y de las teologías políticas que lo justifican. La crítica del dictamen de Yucay a Las Casas, y a otros misioneros, es un ejemplo claro de estos intentos.

2. Sin oro no hay Dios

La conclusión de todo el razonamiento anterior se impone: «Luego, buenas son las minas entre estos bárbaros, pues Dios se las dio para que les llevasen la fe y cristiandad, y conservación en ella, y para su salvación» (Y. 142). Lo que Jesús llamaba «estiércol del demonio» se ha convertido en algo santo, el dilema entre adorar a Dios o a las riquezas ha sido eliminado (cf. Mt 6. 24). Y de nuevo aparece Las Casas, como claro instrumento del demonio, «y paréceme que veo ya de qué turquesa sacó aquel Padre, Obispo de Chiapa, el bodoque de esta opinión que no había de haber minas, que fue de la misma que sale hoy la del demonio; que hablando hoy día con los indios, una de las cosas que más les persuade, es que escondan las minas y tesoros, diciéndoles que no habiendo minas, luego se irán los españoles y cristianos, y se volverán a sus idolatrías y vida pasada». Ese padre es un obispo como el mismo texto lo recuerda; eso hace aún más escandalosa una posición que tendrá como resultado el regreso de los indios a la idolatría.

El texto continúa: «Y así lo hacen los indios, que antes dejarán matarse que descubrirlas porque sabe el demonio muy bien que éste es un medio eficaz de estar el evangelio en estas partes, y que por medio de estas riquezas se salvan estos, y le han quitado a él su Reyno, y echándole fuera: y tomó por instrumento a este varón religioso para que ocultase estas minas y tesoros, echando a los hombres al infierno si las labraban». Aconsejando persuasivamente a los indios esconder las minas, Bartolomé de Las Casas los enviaba en realidad a los infiernos; estamos por consiguiente ante un misionero engañado —y que engaña— por las fuerzas del mal, porque al no haber oro no habría evangelio ni salvación para los indios («por estas riquezas se salvan estos»). En esa lógica la conclusión no puede sorprendernos: «De donde colijo que este Padre tuvo mucho de espíritu humano y poco de divino en este caso, y mezclósele el Maligno. lo cual acaece, muchas veces, aun en santísimos varones» (Y. 142 y 143).

El demonio ve con claridad que el oro «es un medio eficaz de estar el Evangelio en estas partes», y busca aliados para conjurar ese peligro. Diabólico conocimiento, en verdad... Resulta así que es el demonio mismo, «padre de la mentira» (Jn 8, 44), quien esconde las minas y tesoros, a través de algunos misioneros, frailes y obispos equivocados. Lo más sorprendente es que lo hace para evitar que la codicia («que es una idolatría», Col 3, 5) por el oro traiga a los idólatras habitantes de las Indias el mensaje de amor del Dios de la verdad. ¡El mundo al revés!

En una palabra, si no hay oro no hay Dios en las Indias. Y la razón de esto es que entre el deseo del oro y la presencia de Dios en estas tierras se halla la intervención del rey, al cuidado de quien está precisamente el que Dios sea anunciado. El autor es explícito al respecto: «digo que es tan necesario, moralmente hablando, haber minas en estos Reynos, que si no las hubiese, ni habría rey ni Dios». Que no hubiese rey de no haber oro «está claro» para nuestro autor. Tan claro que paradójicamente en nuestro autor se esfuma, o por lo menos se hace tortuosa, la tesis que afirma que la corona tenía como fin principal la evangelización de las Indias. Efectivamente, abundando en su argumentación, García de Toledo se hunde en la contradicción; la eventual ausencia del rey se explica porque «si su Majestad no tuviese la caridad de los apóstoles, no tomaría a cuestas los dos preceptos que tiene: el uno de hacer predicar el Evangelio en este mundo nuevo, y el otro conservarle en los que le han recibido. Y con esto, no tener interés ni utilidad alguna, porque, quitados los quintos reales y los almojarifazgos que cesarían cesando el oro y plata, se acabaría la contratación y no habría rey que quisiese serlo» (Y. 143). La «caridad» real por mucho que se asemejase a la de los apóstoles tiene sus motivaciones y sus límites según el autor: el oro la impulsa y la sostiene.

Pero, que de no haber minas no habría Dios es aún más evidente: «que no habría Dios está muy más entendido, porque en estos reynos, más que en otros, lo espiritual depende de lo temporal» (Y. 143). Como se ve, el memorial de Yucay no hace afirmaciones a la ligera toda una teología respalda sus aseveraciones. En ella lo temporal, y más concretamente las riquezas, deciden sobre la presencia histórica de lo espiritual y lo supeditan: donde hay minas hay evangelio: A la inversa del título de un célebre libro de J. Maritain, estamos aquí ante el «primado de lo temporal». Esto acaece en particular «en estos reynos, más que en otros» sin duda por aquello de la bestialidad de sus habitantes, incapaces por lo tanto de atraer por sus propias cualidades a los anunciadores del evangelio. Del oro depende la intervención de Dios en la historia de los indios; aquélla se hace presente por medio de la corona española y los encomenderos indianos.

En efecto, la presencia de Dios en las Indias requiere la del rey: «la predicación del Evangelio y la conservación, que es el Dios que digo, no se podría conseguir sino habiendo rey católico, porque ¿con qué se había de sustentar la justicia que tiene tantos ministros, las guarniciones y fuerzas del Reyno, la doctrina de tantos clérigos y religiosos, la seguridad de estos Reynos, por la mar y por la tierra, de corsarios que hay y ha de haber, y siempre más calificados, por el gran interés que se les ofrece, como vemos cada día?» (Y. 143). Las minas, don providencial de Dios a las feas y legañosas Indias, impedirán que el rey se retire (y con él. los soldados, funcionarios y encomenderos) dado el interés que en ellas tiene; y como sabemos esa presencia asegura la de los evangelizadores atraídos por el olor de las riquezas.

La conclusión de este atrevido razonamiento se impone: «Luego las minas, moralmente, tan necesarias son como haber rey, pues sin ellas no se conservará, ni sin su Majestad, el Evangelio. Luego, santas y buenas son, y gran ceguedad en los hombres negarlo, y malicia en el demonio, y obra suya» (Y. 144; subrayado nuestro). Si el rey se retirase de las Indias el evangelio se ausentaría y «no habría Dios» en estas tierras. Así serían las cosas de no haber minas de oro y plata en las Indias; ellas son moralmente necesarias. Se trata de eslabones fuertemente ligados: Dios está presente porque hay rey y hay rey porque hay minas. El punto más firme de la cadena es el oro, gracias al cual el rey permanece en estas tierras y con ello la evangelización tiene lugar. Ahora vemos más netamente el problema que, desde un comienzo, se había planteado el memorial de Yucay, relatando la pretendida historia del desventurado consejo de Las Casas y de la juiciosa intervención de Vitoria. Las santas y buenas minas constituyen la base del argumento teológico que —más incisivo incluso que el esgrimido, presuntamente, por el maestro de Salamanca— debe evitar esta catástrofe...espiritual.

El oro resulta así el verdadero mediador de la presencia de Dios en las Indias. La posición de García de Toledo es una especie de cristología al revés. En última instancia el oro ocupa el lugar de Cristo en tanto que intermediario del amor del Padre; porque gracias al oro los indios pueden recibir la fe y salvarse; en cambio sin él se condenarían. Este es el corazón de la teología del Parecer de Yucay; él da sentido y vida a sus argumentos en defensa de los derechos de la corona y de los encomenderos.

A esta distorsionada «cristología», Bartolomé de Las Casas opondrá —en perspectiva evangélica— la de Cristo presente en el pobre, la de los Cristos azotados de las Indias. Estamos tocando fondo; hay aquí un diferencia teológica; más aún, es una diversidad en el modo de acoger la fe y poner en práctica el evangelio por personas que se ubican de manera distinta en el mundo de entonces. Se trata en verdad de dos cristologías. Pero antes de ir hacia Las Casas, nos queda un punto importante del dictamen de Yucay.

3. Tierra baldía

Al asunto de las minas, y en la misma vena, García de Toledo añade algunas consideraciones —que no «propuse al principio», reconoce (Y. 144)— sobre el asunto de los tesoros y huacas. Las Casas había escrito en sus Tesoros del Pera que el oro y plata que se encontraban en esas sepulturas no son riquezas sin dueño, ellas pertenecen a los indios[8]. Tomarlas es cometer un robo.

Fray Bartolomé estampa en su obra la siguiente conclusión: «A ninguna persona de este mundo, ni aun al Rey de los españoles (lo cual queremos decir con toda la reverencia debida a su regia celsitud), le es lícito, sin licencia y libre y graciosa voluntad del Rey inca o de sus descendientes, a quienes de derecho, según sus leyes o costumbres, corresponda suceder en sus bienes, buscar, escrutar, desenterrar y llevarse, con intención de apoderarse de ellos, los tesoros, riquezas u objetos preciosos que sepultaron con sus difuntos en los sepulcros y en los así llamados Guacas. Y si hicieren lo contrario cometerán un pecado mortal de hurto o robo. Y si no lo restituyeren y no hicieren penitencia por su pecado, les será imposible alcanzar la salvación». El asunto no queda ahí, el daño hecho a los indios tiene otros alcances, por eso nuestro fraile dirá: «Y no sólo conviene que se arrepientan del pecado de hurto y robo, sino también del de injuria, que de manera especial irrogan a los citados sucesores o descendientes vivos de aquellos cuyos sepultados violan, al hacer disminuir el honor y la alabanza de ambos, vivos y muertos, y conseguir que se pierda su memoria. Por lo cual, también están obligados a darles satisfacción» (Tesoros, 35-37)[9].

A esta posición alude el autor del Parecer cuando la emprende contra el obispo de Chiapas. El asunto, dice, «está muy obscuro por las pasiones que en estos reynos hay entre religiosos y estado de legos». Tal situación ha sido provocada por Las Casas; en efecto, toda la dificultad del asunto «manó del maestro de esta secta y opinión, que fue el primero el obispo de Chiapa» (Y. 144). «Secta» formada, como sabemos, por numerosos misioneros y obispos de las Indias. Nuevamente el autor pretende situarse al nivel de los hechos; conocerlos primero, antes de legislar sobre estos territorios, es algo que debe ser sugerido al rey para no dar y abrogar leyes continuamente, «porque será gran seguridad de la conciencia real, y gran autoridad, no deshacer mañana lo que hizo hoy» (y. 145). Resuena aquí el eco de la crítica toledana a quienes en España, el mismo Consejo de Indias en determinados momentos, concedieron excesiva atención a Las Casas, teniendo después que desandar lo avanzado.

Didácticamente el dictamen de Yucay hace notar que «estos indios tenían dos maneras de bienes: unos consagrados a sus ídolos, como oro y plata (... ) otros bienes había que estaban dedicados y dados a los difuntos» (Y. 145). En ambos casos el rey y aquellos que los encuentren tienen derecho sobre esas riquezas. En efecto, el oro y la plata «no han de estar en el aire sino que algún dueño han de tener»: éste no puede ser ni el diablo, ni un ídolo, pero tampoco el «indio que los enterró consigo, que ya está en la otra vida o —precisa con sarcasmo y desde una determinada teología, el autor— en la otra muerte, por mejor decir, que es el infierno, y voluntariamente los dio a sus dioses» (Y. 146).

García de Toledo rechaza igualmente con firmeza que dichos bienes pertenezcan a la iglesia, atribución basada en el argumento que ellos fueron presentados a través de los ídolos al Dios verdadero. No hubo tal propósito, es más, quienes los ofrecieron «erraron, y por eso fueron idólatras y pecaron mortalmente y se condenaron» (Y. 146). Dichos bienes están pues como perro sin dueño. Si por esta razón Dios no acogió la intención, «menos recibió su oferta de oro ni plata ni animales» (Y. 146). Los conquistadores pueden pues disponer tranquilamente y sin cargo de conciencia de estas propiedades, salvando claro está el quinto correspondiente al rey.

El caso de los otros bienes es todavía más claro. El autor desliza al respecto un curioso argumento; se trata en verdad de una imposición de categorías occidentales a la realidad cultural indiana. Los indios no tienen —dice— leyes positivas que regulen la herencia; ahora bien, por ley natural sólo existe la obligación de sustentar a los hijos hasta una edad en que ellos puedan hacerlo por sí mismos[10]. Por consiguiente, las riquezas que los caciques y otras personas importantes entierran en las huacas junto con ellos no pertenecen a su descendencia, que sin duda han superado ya la minoría de edad. «Luego --escribe el autor sin asomo de duda— esta parte que no la dio a nadie, sino dejóla para sí, no es de los hijos y deudos, luego es de su Majestad como cosa sin dueño» (Y. 149). En verdad, para García Toledo, todas las Indias son res nullius, cosa sin dueño, tierra de nadie, ofrecidas graciosa y providencialmente por Dios a los buscadores de oro llegados de Europa.

Apoderarse de esos bienes tiene, además, algunos beneficios secundarios y de alcance religioso. Ello evitaría que los indios vayan a las huacas y sigan cultivando sus costumbres idolátricas. Puede así concluir el Parecer que se trata de «bienes sin dueño, propios de su Majestad para gastarlos en obras tan altas como trae entremanos fuera de estos Reynos contra infieles, y en estos destruyendo con ello los errores que con esos tesoros y enterramientos se están profesando cada día» (Y. 151-152).

El autor termina muy complacido su dictamen[11]: en él ha expuesto ideas que no se encuentran en los otros textos que el virrey Toledo encomendó hacer en estos mismos días: «Esto es Excmo. Señor lo que me parece y Vuestra Excelencia me manda que haga, y mi espíritu queda muy satisfecho, por haberme V.E. puesto en obra tan de mi profesión, que es dar luz, y haber en alguna cosa imitado a nuestro Señor Jesucristo[12], que dice que por esto vino al mundo, para dar testimonio de la verdad, y yo en este mundo nuevo, para dar testimonio de estar tan llena de bienes espirituales y temporales, cuando estaba ya llena de tinieblas» (Y. 144). Su agrado viene de que ha podido cumplir con su papel de teólogo iluminando, a partir del mensaje cristiano, realidades controvertidas. La convicción de haber reflexionado sobre la fe es firme; las dudas surgen en nosotros, no en él. Corno Cristo vino a dar testimonio de la verdad, es decir, a anunciar que Dios es amor, así también el autor del Parecer está en las Indias para alumbrar el mundo indiano con «razón y verdad» según nos anuncia al empezar su trabajo (Y. 105). Esto lo consigue con su reflexión, contrarrestando de este modo las tinieblas provocadas por su hermano en religión, Bartolomé de Las Casas. Dar luz sobre estos problemas es para García de Toledo una manera de imitar a Jesucristo.

El autor se despide deseando que de esas penumbras «nos libre Dios para que veamos presto la luz eterna. Y con tanto, guarde nuestro Señor la excelentísima persona de Vuestra Excelencia muchos años, para que estos Reynos le acabe de hacer tan grandes servicios como ha comenzado» (Y. 152).

No es difícil ironizar sobre este sorprendente texto; es más, es casi inevitable. Su cinismo aun tratando de evitar todo juicio anacrónico, resulta chocante y por momentos de una grotesca y lacerante comicidad. Explicarlo pretendiendo que este tipo de razonamiento corresponde a una época determinada, resulta a todas luces inexacto. De este mismo siglo son los testimonios y la práctica evangélica de grandes misioneros y obispos como Pedro de Córdoba, Montesinos, Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Juan Garcés y tantos otros. De esa época es también la gran teología española de un Vitoria, Cano, Soto, Suárez y muchos más; y cualesquiera que sean las observaciones y reservas que puedan hacerse a las tesis de estos teólogos sobre las Indias hay un abismo entre sus reflexiones y la teología del dictamen de García de Toledo.

De modo muy concreto hay que considerar este texto como testigo de una cierta mentalidad —cercana a los encomenderos— frente a los indios y a la pobreza en general, así como de la exasperación que causaba la lucha que llevaba Bartolomé de Las Casas. Así paradójicamente —paradoja sólo aparente—, la argumentación del Parecer de Yucay corrobora lo que fray Bartolomé pensaba ya de esta defensa de las guerras de conquista y del régimen de la encomienda.

En la polémica sostenida con Las Casas en Valladolid, Ginés de Sepúlveda había aducido que de no haber provecho para los conquistadores nadie querría ir a las Indias. Si el Rey prestase oído a Las Casas en este asunto «aunque quisiese hacer la costa y enviar gente no hallaría hombre que quisiese ir tan lejos, aunque le diese treinta ducados al mes, que ahora pónense a todo peligro y gasto por el provecho que esperan de las minas de oro y plata y ayuda de los indios, después de sujetados». Esto tendría consecuencias sobre la tarea evangelizadora porque en esas condiciones «los predicadores no irían, y si fuesen no los admitirían, sino tratarlos como trataron el año pasado en la Florida a los que fueron enviados sin gente de guerra, por esto mismo parecer e inducción del señor obispo». Los consejos de Las Casas, sobre la evangelización pacífica, habrían ocasionado ya la muerte de misioneros no acompañados de soldados. Además, siempre fiel a su tesis de la necesidad de la guerra antes del anuncio del evangelio. Sepúlveda continúa: «Y ya que no los matasen, no habría tanto efecto la predicación en cien años como se hace en quince días después de sujetados, teniendo libertad ellos de predicar públicamente y convertir el que quisiere, sin temor del sacerdote ni el cacique. Lo cual es todo al contrario en los que no están sujetos» («Prólogo del doctor Sepúlveda a los señores de la congregación», 1552, V317b; subrayado nuestro). Después de diezmados y de «desordenado su orden» como dice Las Casas, los indios restantes se hacen más fácilmente cristianos según el cronista del rey.

Así, según Sepúlveda —inspirador del documento de Yucay- de no haber oro nadie vendría a las Indias. No decía otra cosa Bartolomé de Las Casas; la diferencia está en el juicio ético y cristiano que ese hecho merece a cada uno de ellos. Por eso la réplica de Las Casas no se hace esperar; no sin ironía expresa su acuerdo con Sepúlveda: «Dice que la esperanza de las minas de oro y plata y de la ayuda de los indios los lleva allá; y así lo creo yo bien y verdaderamente, porque siempre por sus obras lo han mostrado». Y añade lapidariamente: «porque ni los lleva la honra de Dios ni el celo de su fe, ni el socorrer y ayudar a salvar sus prójimos, y tampoco servir a su rey, de que ellos siempre con falsedad se jactan, sino sola su codicia y ambición, por tiranizar señoreando los indios, que desean que los repartan, como si fuesen bestias, con repartimiento perpetuo, tiránico e infernal». Esto, concluye, haciendo un esfuerzo por permanecer en el terreno de las consecuencias objetivas y no pronunciar un juicio moral sobre la persona de su enconado adversario, es «lo que el muy reverendo doctor Sepúlveda favorece con todas sus fuerzas, aunque no creo verdaderamente que siente el mal que hace» (1552; V, 347-348).

Los indios percibieron con claridad la sed de oro de los recién llegados. «Aún hasta ahora —escribe Guamán Poma— dura aquel deseo de oro y plata y se matan los españoles y desuellan a los pobres de los indios. Y por el oro y plata quedan ya despoblados, parte de este reino, los pueblos de los pobres indios, por oro y plata»[13]. En la antigua pieza de teatro conocida con el nombre de Tragedia del Fin de Atahualpa, aparece el intérprete Felipillo traduciendo las siguientes palabras de Almagro a Atahualpa:

«Este fuerte señor te dice:

nosotros hemos venido

en busca de oro y plata».

En la misma pieza las princesas (Nust'acuna), ante la exigencia de los invasores suplican a Atahualpa:

Unico señor, Atahualpa,

Inca mío,

el barbudo enemigo te encadena,

Inca mío,

para acabar con tu existencia,

Inca mío,

para usurparte tus dominios,

Inca mío.

El barbudo enemigo tiene,

Inca mío,

el corazón ansioso de oro y plata,

Inca mío.

Si oro y plata demanda,

Inca mío,

le entregamos al instante,

Inca mío[14].

Muchos de los grandes temas que se debaten en las controversias teológicas y políticas del siglo XVI (la relación entre oro y evangelio, la salvación de los infieles, el derecho a la guerra, el señorío indio, los justos títulos de la corona española, la encomienda, etc.) se hallan pues en el Parecer de Yucay. Este texto político, porque lo es de toda evidencia, escrito para justificar el poder español y que está concretamente puesto al servicio de la política del virrey Toledo, argumenta teológicamente; y será uno de los primeros pero no el último en hacerlo así en el continente. En ese sentido, y pese a todo, no está descaminado Bataillon cuando juzga que «hay pocos documentos más interesantes para la "historia moral" de las Indias que el llamado Memorial anónimo de Yucay»[15].



[1] Toledo tuvo una gran preocupación por las minas del Perú y expidió numerosas regulaciones al respecto. En el memorial en que hace un recuento de su administración, el virrey exhibe con orgullo su obra en relación con las importantes minas de azogue y plata de Huamanga y Huancavelica, así como las de Cuzco y Potosí (en L. Hanke, Los Virreyes..., 145b-148b).

[2] Más adelante escribirá «por premio de los trabajos y gastos que hicieron en conquistarle a él los Reynos de España» (V. 140).

[3] «Espero en Nuestro Señor —escribe Toledo al rey— que él dará a S.M. su lumbre para entender, celar y proveer negocio en que tantas almas se pueden enviar al cielo, y a donde tanto oro y plata se suele sacar de la tierra, con que S.M. pueda mejor conservar sus reinos y defender la Iglesia católica» (Memorial del virrey Toledo a S.M. en que hace relción de todos sus servicios [15781, en L. Hanke, Los Virreyes... 123b).

[4] El autor manifiesta un verdadero entusiasmo por las riquezas del Perú; a continuación del texto que acabamos de citar escribe: «Y esto no como quiera, sino que todas estas montañas están llenas de ello, y tierras hay en las casas y en los campos y adonde quiera está la tierra mezclada con polvo de oro» (V. 141).

[5] Por razones difíciles de comprender, el respetado historiador M. Bataillon (o.c., 286) califica de «graciosa» esta despectiva manera de hablar de los indios y esta increíble interpretación de los motivos de la evangelización.

[6] Historia natural y moral de las Indias, BAE, Madrid 1954; lib. IV, cap. II, p. 90b, subrayado nuestro.

[7] 0.c., lib. III, c. XVIII, p. 489-491.

[8] Las Casas plantea la cuestión que busca responder desde las primeras líneas de su libro: «En los Reinos llamados comúnmente del Perú, en nuestro mundo de las Indias, se han encontrado y se encuentran todavía, en los sepulcros antiquísimos de sus muertos, llamados 'Guacas' en su lengua, grandes y maravillosos tesoros de distintos objetos preciosos, a saber, vasos y copas de diversas figuras de oro purísimo y plata, piedras preciosas, ornatos o muebles de ricos materiales maravillosamente fabricados, asimismo oro y plata en tanta cantidad y de tal calidad que parece imposible su existencia en el mundo de las cosas y más bien se les considera imágenes forjadas por los durmientes. La cuestión que se trata es saber si todo eso pertenecerá indiferentemente a cualquiera que, o por propia autoridad, o por licencia de nuestros Reyes de las Españas, o de los gobernadores que en su nombre están al frente del gobierno de esas regiones, lo busque, desentierre, encuentre y se lo lleve con ánimo de retenerlo y así adquiera el dominio de tales cosas y objetos y pueda poseerlos salva conciencia» (Tesoros, 3).

[9] Esta es una idea firme de Las Casas; casi al final de su obra escribe: «Todo el oro y plata y cualesquiera otros objetos preciosos que los españoles hayan encontrado desde el descubrimiento hasta el día de hoy, salvo lo que los indígenas les ordenaron voluntariamente, antes de recibir mal de los españoles, o les entregaron por razón de conmutación, fueron objeto de hurto y robo y, por, tanto, están sujetos a restitución» (Tesoros, 357).

[10] Dice García de Toledo: «porque estos caciques y ricos que enterraban consigo estos tesoros cuando morían, en vida, después de haber sustentado sus hijos, dejábales lo que él quería a cada uno, y al que no quería dejar nada, también lo hacía y podía, porque estos no estaban obligados a distribuir sus bienes, ni heredaban sus hijos por las leyes civiles, por las cuales ellos no estaban, sino solamente a la ley natural. Y ésta no les obligaba más de a criar y a sustentar sus hijos hasta edad que ellos pudiesen sustentar y valer» (Y. 148).

[11] Seguimos en este caso el orden de transcripción del Memorial de Yucay que se halla en la Colección de documentos... que coloca el párrafo que vamos a comentar al final del texto. J. Chinése lo sitúa en cambio al término del párrafo sobre las minas.

[12] La frase «haber en alguna manera imitado a nuestro Señor Jesucristo» es una variante que presenta J. Chinése a su transcripción (cf. V. 144, n. 520). Así se lee además la versión de la Colección de documentos..., 469.

[13] 0.c., II, 372.

[14] Jesús Lara ha publicado este antiguo texto en la versión que él considera la más cercana al original Tragedia del Fin de Atahualpa. Imprenta Universitaria, Cochabamba 1957.

[15] 0.c., 273, El Memorial de Yucay es una de las más importantes fuentes de inspiración del libro de Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas. Su doble Personalidad, Espasa Calpe. Madrid 1963; diatriba antilascasiana que todo historiador serio ha rechazado sin contemplaciones: cf. por ejemplo M. Giménez Fernández, Sobre Bartolomé de Las Casas, en Anales de la Universidad Hispalense XXIV, Sevilla 1964, 1-65: M. Bataillon, o.c.. XV-XXXIX, y L. Hanke. Ramón Menéndez cs. Bartolomé de Las Casas: Política (Caracas) 33 (abril 1964) 21-40. Cf. también la opinión que merecían al moderado Venancio Carro, Carta abierta a D. Ramón Menéndez Pidal. Madrid 1962, los primeros escritos del polígrafo español sobre este asunto: y luego el libro mismo La obra de Menéndez Pidal sobre las Casas: Ciencia Tomista (enero-marzo 1965) 25-35. Sólo una grave desinformación sobre el tema y motivaciones de corto alcance, pueden hacer que se cite, sin espíritu crítico, el libro de Menéndez Pidal como base sería para el conocimiento de la obra de Bartolomé de Las Casas. Creemos que ese libro (que ciertamente no honra a su autor, ilustre filólogo) no merece unas líneas más de comentario o de refutación además de las ya muy copiosas que ha recibido.

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