3. EL ORO: MEDIADOR DEL
EVANGELIO
El contexto inmediato del Parecer de
Yucay está constituido por el juego de poder y la confrontación de intereses
que acabamos de recordar. El autor intenta, por eso, una reflexión teológica
que defienda tanto los derechos de la corona sobre las Indias, como los de los
conquistadores y encomenderos, a explotar las riquezas de estas tierras. El
memorial es explícito sobre sus objetivos. García de Toledo no ignora que hay
muchos trabajos en esa misma línea, pero está convencido que tiene algo propio
que decir, algo de lo que nadie se había percatado antes.
El punto es señalado al inicio del
texto. Se trata de examinar «cuán bueno y necesario es romper estas montañas de
oro y plata para labrar minas, con los buenos medios que Vuestra Excelencia ha
dado, cosa que hasta ahora se había reparado más por ilusión del demonio que no
por razón y verdad» (Y. 105)[1].
Sobre esa razón y verdad de la existencia y explotación de las minas de oro y
plata versará el autor. El marco en que coloca su aporte es la visión
providencialista de la historia, típica de la época, pero reinterpretada por él. Ella le permitirá
discurrir sobre el papel que, a su entender, juegan los tesoros del Perú en el
plan de Dios sobre este reino.
1. La bonita (blanca) y la fea (india)
El autor considera —es un tema que se
halla igualmente bajo otras plumas en esa época— que las Indias les fueron
dadas por Dios a los reyes de España a. cambio de las tierras de la península
que ellos reconquistaron para la fe, arrebatándolas de manos de los moros. «Y
en señal de esto, y que claramente lo entendiésemos, se los dio el mismo año
que ellos acabaron de restituir a su divina Majestad los Reinos de España, y
porque más claramente se entendiese esto si no estábamos ciegos, se los dio
Dios por el más alto título de cuanto todos los Reyes cristianos poseen.
dándoselos no por armas sino por mano de su vicario en la tierra» (Y. 109)[2].
García de Toledo precisa enseguida que Dios les concedió las Indias sin que
hubiese previamente en ellas «ningún género de señor universal ni particular,
pues ellos, los reyes, le dieron a él los de España del mismo arte, sin dejar
en ellos dominio ni de un moro pues en lo de Granada se acabó todo» (Y. 109).
Había, por consiguiente, algo así como una reciprocidad histórica entre Dios y
los reyes de España; entre ellos se intercambian tierras limpias de interferencias,
en las que no hay dominios particulares que condicionen la entrega mutua.
a) Un trueque con Dios
Conocemos ya la tesis sobre la
ausencia de una autoridad legítima de las Indias; aquí se añade la idea que se
trató de un trueque con Dios; lo que significa un nuevo título para la posesión
de estos reinos. Providencial resulta también para el autor que en esta tierra
de nadie que eran las Indias, unos incas tiranos hubiesen sometido a diferentes pueblos poco
antes de la llegada de los españoles; reuniéndolos bajo una sola autoridad
hicieron que los cristianos «los hallen a todos sujetos, aunque tiránicamente,
para que no haya más que hacer que bautizarlos». La tiranía inca se halla pues
por designio divino al servicio de la cristianización. El resultado es el
dominio de las Indias en perfecto acuerdo entre Iglesia y Estado; es decir, sin
que la primera, observa precavido el servidor del virrey Toledo, tenga
preeminencia sobre el segundo, así «de una mano y en un mismo tiempo, sin
llevar la Iglesia ventaja a los reyes de España, queden señores de este mundo
los unos y los otros» (Y. 110). La «ventaja de la Iglesia», bajo la cual se amparaban
precisamente los frailes defensores de los indios, iría en detrimento del
dominio real.
Dios fue preparando poco a poco la
llegada de los españoles a las Indias y por ello les allanó el camino. «Y es
cosa que pone admiración —dice el Parecer— la ignorancia de estos que en casi
mil años que comenzaron a tiranizar no supieron darse maña a ser legítimos
señores». No se trata pues sólo de los incas, cuyo dominio según el memorial es
reciente («comenzó ochenta años poco antes que los españoles entrasen»: Y.
136), sino también de los curacas y de toda pretendida autoridad india del pasado.
En verdad, a nosotros nos causa igualmente admiración que en tanto tiempo no
haya habido ninguna autoridad legítima en estas tierras; el autor va de
asombro, y nosotros con él. «Admira también —escribe--- la sabiduría de Dios en
saber guardar estos Reinos tantos años sin legítimos títulos para que los reyes
de España tuviesen el más alto y seguro de todos cuantos se poseen en el
mundo».
La hipérbole para calificar la justicia
de los derechos de la corona sobre el Perú —que habíamos encontrado asimismo en
Sarmiento de Gamboa— forma parte del estilo de la época. Interesa más lo que
sigue; por disposición de la divina Providencia —dice el autor— la toma de
posesión de las Indias por parte de los reyes españoles se hizo «sin tener
necesidad de hacer ningún pecado venial para ellos». Porque, precisa García de
Toledo, «los muchos mortales que se hicieron fue contra su orden por el
desorden de sus ministros, que por él pudieran ser castigados» ( Y. 137). Las
Indias habían sido tan bien dispuestas por Dios que los soberanos de España
pudieron tomarlas sin daño para su conciencia. Según el memorial, cuando Las
Casas provocaba escrúpulos en ellos, lo hacía sin ningún fundamento
y con gran desconocimiento de los
planes de la Providencia. Las faltas que se cometieron en las Indias son obra
de subordinados, y no implican ni siquiera falta venial para los reyes. Se
trata, dirá repetidas veces el dictamen, de «excesos y muertes y crueldades que
al principio hicieron españoles (...) y ésos no de muchos soldados, sino de
pocos y desalmados. y muchas veces contra la voluntad de sus superiores» (Y.
119, énfasis nuestro). Conforme aumenta la gravedad de la culpa, baja la categoría
social o militar y el número de los culpables. También en nuestros días
conocemos el argumento de los excesos y de las responsabilidades subordinadas,
cuando el asunto es el maltrato de los pobres y marginados. Es claro por todo
lo anterior que «estas crueldades de pocos» (Y. 119) no cambian lo esencial: el
limpio derecho de la corona sobre estas tierras.
Hacer resaltar —lo hemos anotado ya—
la coincidencia de las fechas de la reconquista española y del descubrimiento
de las Indias no era raro en ese tiempo para ilustrar el designio providencial.
Pero hay consecuencias que otros —piensa el autor del dictamen— no han sabido
sacar de aquel hecho. Hasta ahora afirma, cuarenta años después que se ganaron
estos reinos del Perú, «no se ha visto, ni se ha podido alcanzar la
justificación de la labor de las minas de oro y plata y azogue, que es
increíble si no se ven hasta estos tiempos, cuando el rey determinó, con espíritu
divino y particular movimiento de Dios, juntamente con el de nuestro santísimo
Padre, tan lleno del Espíritu santo que sus mismas obras lo declaran, a esta
santa Liga contra los enemigos de nuestra fe católica».
La justificación buscada se encuentra
en la lucha secular en defensa de la cristiandad europea pero que había
alcanzado un punto álgido en esos años. Escribiendo meses antes de la batalla de
Lepanto, el autor muestra estar al corriente de la Santa Liga establecida entre
el papa, Felipe II y Venecia para combatir a los turcos. La necesidad de
recursos para defender la fe católica (y la sociedad europea) contra sus
enemigos, y «las riquezas grandes de la gloria de Dios, y las almas que con
ellas se han de reducir al Reino de Cristo Nuestro Señor» legitiman, según él,
a posteriori pero con toda evidencia, la explotación de las minas del Perú:
«creo y tengo por averiguado —dice— que le dio la justificación de la labor de
estas minas y tesoros» (Y. 140)[3].
El oro del Perú juega en consecuencia un papel providencial en la defensa y
propagación de la fe cristiana.
Así lo confirmó «la flor del Reyno de
juristas y teólogos» de España que reunidos por el Rey decidieron que «se
labrasen las minas». Y nuestro autor que, ya lo sabemos, es sensible a la
admiración, afirma con entusiasmo que es «cosa maravillosa que, en comenzando a
labrar las minas es tanta la riqueza que se descubre, que espanta y admira». De
ellas «Su Majestad saca tanto oro y plata, por su determinación tan católica y
liberal, que no solamente para conquistar al turco le sobre, sino también para
hacer grandes mercedes a estos Reynos de donde lo saca» (Y. 140-141). De las
minas del Perú algo puede quedar también, concede el autor, para beneficio (se
trata de la ventaja espiritual de la fe) de los que viven en estas tierras.
Estos argumentos son motivo de un
nuevo ataque a Bartolomé de Las Casas. Este consideraba un despojo dicha explotación
de las minas; e incluso sugería a los indios que las escondiesen de la codicia
de los españoles diciéndoles que estos estaban allí sólo por el oro y la plata.
Habíamos visto ya que Toledo se quejaba de los consejos que los religiosos
daban a los indios frente a las recaudaciones de la administración colonial.
Aquí se trata de las minas y de su explotación por los encomenderos. Sorprende
la ceguera de «este Padre y Obispo de Chiapa» sostiene el primo del virrey,
porque —se pregunta yendo al fondo de su pensamiento— bien considerado «¿qué quiere
decir el haber puesto Dios a estos indios tan miserables en las almas, y tan
desamparados de Dios, tan inhábiles y bestias en unos Reynos tan grandes, y
valles y tierras tan deleitosas y tan llenas de riquezas de minas de oro y
plata y otros muchos metales?» (Y. 141)[4].
b) El santo olor de las minas
Tan apetecibles bienes naturales no
pueden estar allí para gentes tan vulgares y próximas a la animalidad. El
contraste es evidente —para el autor— y plantea un interrogante que sólo puede
ser resuelto a nivel de la teología. García de Toledo emprende esa tarea a
través de la proposición de una especie de parábola, reveladora de su
mentalidad[5].
Dios se comportó «con estos gentiles miserables y con nosotros como un padre que
tiene dos hijas: la una muy blanca, muy discreta y llena de gracia y donaires,
la otra muy fea, legañosa, tonta y bestial. Si ha de casar a la primera, no ha
menester darle dote sino ponerla en palacio, que allí andarán en competencia
los señores sobre quién se casará con ella. A la fea, torpe, necia,
desgraciada, no basta esto sino darle gran dote, muchas joyas, ropas ricas, suntuosas,
caras, y con todo esto dios y ayuda». Sin una cuantiosa dote no hay matrimonio
para la hija fea, y aun así no hay seguridad («y con todo esto dios y ayuda»)
para la desventurada.
La parábola se aplica en seguida a la
historia de cristianismo. «Lo mismo hizo Dios con estos y con nosotros. Todos
éramos infieles, esa Europa, esa Asia, mas en lo natural gran hermosura, muchas
ciencias, discreción». Todas ellas son cualidades humanas de las que carecían
los infieles de las Indias. En consecuencia «poco fue menester para que los
apóstoles y varones apostólicos desposasen estas almas con Jesucristo por la fe
del bautismo. Mas estas naciones criaturas eran de Dios, y para la bienaventuranza,
capaces de este matrimonio con Jesucristo, mas eran feos, rústicos, tontos, inhábiles,
legañosos, y era menester gran dote» (Y. 141-142. énfasis nuestro).
Infieles fueron en el pasado los
europeos y los habitantes de Asia menor, pero hermosos, dignos e inteligentes:
eso bastó para atraer a apóstoles y evangelizadores. Infieles también los de
las Indias, pero feos, indignos y torpes. Y aquí viene entonces la razón de la
presencia de las minas: con ellas como dote se compensa lo que falta de modo natural
a estos inhábiles y bestiales indios: «y así, les dio hasta las montañas de oro
y plata, tierras fértiles y deleitosas porque en este olor hubiese gentes que
por Dios quisieran ir a esta predicación evangélica y los bautizasen y quedasen
estas almas esposas de Jesucristo» (Y.142, énfasis nuestro). ¡Por Dios! En una
curiosa conexión entre lo filosófico y lo espiritual el olor del oro estimula
el amor «por Dios» de esos singulares evangelizadores y los mueve a venir a
estas tierras.
Es difícil encontrar una expresión
más abierta de racismo y europeocentrismo. Afirmación de la superioridad de la
raza blanca y la cultura occidental («nosotros») y desprecio por el indígena
(«estos»). Sólo gracias al aroma que se desprende de las minas y otras
riquezas, estas pobres gentes tan desvalidas y carentes de cualidades naturales
han podido interesar a presuntos evangelizadores. Sobre esta idea continúa el
texto con un cinismo que raya lo increíble. «Mas digo y oso afirmar que, como sea
verdad que en orden de la predestinación, no solamente los bienes de gracia,
como gracia y caridad y virtudes, son medios de predestinación y salvación de
los hombres, sino que también los bienes temporales, en algunos son medios de
predestinación y para salvarse y al revés, la falta de ellos para condenarse, algunos
hay que por ocasión de las riquezas se salvarán, y otros que por falta de ellas
se condenaron» (Y. 142). El oro puede decidir de la salvación o la perdición de
las personas.
Hay aquí toda una teología, es decir,
un modo de comprender la fe cristiana. Nuestro total rechazo de ella no debe
impedirnos ver en qué nivel busca situarse el autor. No sólo la gracia y la caridad,
dones del Señor, son medios de predestinación y salvación; los bienes
temporales —por los que el autor del Parecer
tiene un interés manifiesto— lo son también. La ausencia de riquezas puede
acarrear la condenación, dice el autor enmendando sin pestañear la plana al evangelio
de Jesucristo. La salvación puede depender de que se tenga o no medios
materiales para atraer a los que debían anunciarles a Dios (¿qué Dios?, podemos
preguntarnos). Si se carece de riquezas no se recibe el evangelio; eso es lo
que hubiese ocurrido con los miserables habitantes de estas tierras de no haber
habido minas. Lo sospechábamos... El texto prosigue: «Así digo de estos indios
que uno de los medios de su predestinación y salvación fueron estas minas,
tesoros y riquezas, porque vemos claramente que donde las hay va el evangelio
volando y en competencia, y a donde no las hay, sino pobres, es medio de
reprobación, porque jamás llega allí el evangelio, como por gran experiencia se
ve que la tierra donde no hay esta dote de oro y plata, ni hay soldado ni capitán
que quiera ir, ni aun ministro del evangelio» (Y. 142, énfasis nuestro). El
autor tiene, como se ve, una triste opinión de los encargados de anunciar el
evangelio: sus motivaciones para venir a las Indias no irían más allá que las
de un soldado y un capitán. Pero es aún peor su idea del evangelio. La falta de
pudor puede llegar a extremos insospechados; la riqueza atrae evangelio
(«volando y en competencia»), la pobreza en cambio lo aleja y es señal de
reprobación porque nadie, ni siquiera los ministros del evangelio, se sentirán
motivados por ella. Se trata de una verdadera relectura de la Escritura desde
la significación histórica y religiosa del oro y el poder; el resultado es una clamorosa
inversión de lo enseñado por Jesús el Cristo.
Los términos empleados por García de
Toledo nos chocan. Pero su posición respecto de la función de las minas en el
anuncio del evangelio no es algo aislado; con un poco más de sutileza y
complejidad, y tal vez con un tono algo resignado, esa postura se encuentra en
el célebre y ponderado (célebre por ponderado, precisamente) padre José de
Acosta. Este se halla —como lo hemos anotado ya— entre los defensores de la
legitimidad de la presencia española en las Indias, pero no por las razones que
aducen Toledo y sus seguidores. Pese a eso, resulta extraño que este gran
conocedor del Perú de entonces, se haga eco del penoso y grotesco texto que
comentamos.
Afirma el famoso jesuita que es de
admirar la sabiduría de Dios que puso en tierras alejadas, las Indias y
concretamente el Perú, «la mayor abundancia de minas que jamás hubo, para con esto
convidar a los hombres a buscar aquellas tierras, y tenerlas, y de camino
comunicar su religión y culto del verdadero Dios a los que no le conocían». Evangelizar
de paso, en la ruta hacia el oro y la riqueza. En efecto, el mensaje cristiano
se propaga «no sólo por los que sinceramente y con caridad lo predicasen, sino también
por los que por fines y medios temporales y humanos lo anunciasen». Así ha sucedido
entre nosotros pues «vemos que las tierras de Indias más copiosas de minas y
riqueza han sido las más cultivadas en la Religión Cristiana en nuestros
tiempos, aprovechándose el Señor para sus fines soberanos de nuestras pretensiones».
Es una penosa comprobación: allí donde están las minas más ricas, hay mayor
empeño por «cultivar la religión». Y luego, señalando tal vez la fuente de estas
peculiares opiniones, en implícita referencia al autor del Memorial de Yucay lo elogia diciendo: «cerca de esto decía un
hombre sabio que lo hace un padre con una hija fea para casarla, que es darle
mucha dote, eso había hecho Dios con aquella tierra tan trabajosa, de darle
mucha riqueza dé minas, para que con este medio hallase quien la quisiese»[6].
La sorprendente alusión a «un hombre
sabio» de parte de este notable estudioso —que si bien no cuestionó el sistema imperante
supo denunciar, sin embargo, los mas groseros abusos contra los indios— prueba
desgraciadamente que la mentalidad que refleja el Parecer de Yucay no es una excepción en el Perú de ese tiempo-.
Poco antes José de Acosta, en su
conocida obra misiológica De Procuranda
Indorum Salute, había denunciado con energía el oprobioso trabajo en las
minas. Forzar «a los hombres libres y que ningún mal han hecho a estos trabajos
parece inhumano e inicuo». Esto es lo que ocurre con «el laboreo de las minas»,
por consiguiente «es ofensivo a la libertad de los indios, que son obligados a
servir al lucro ajeno con tanto daño propio», exponiéndose además a un «peligro
de muerte».
Pero al mismo tiempo nos deja perplejos
cuando afirma inmediatamente: «Mas por otra parte, si se abandona el beneficio de
las minas (...), si no se recoge de los lavaderos de los ríos, si, en una
palabra, se descuida el laboreo de los metales, se han acabado las Indias.
perecieron la república y los indios. Porque los españoles —dice sin ambages—
eso es lo que buscan con tan larga navegación del océano: por los metales
negocian los mercaderes, presiden los jueces y aun no pocas veces los sacerdotes
predican el evangelio». Por lo tanto, coincide Acosta con el Parecer de Yucay en las consecuencias
que seguirían a la ausencia de oro en las Indias: «el día que faltase el oro y
la plata, desaparecería todo el concurso y afluencia, y la muchedumbre de hombres
civiles y de sacerdotes pronto se desvanecería». No se trata sólo de una
previsión, lo ocurrido en las grandes islas de las Antillas «que en otro tiempo
estuvieron pobladísimas mientras hubo plata y oro, ahora están casi desiertas y
salvajes», lo atestigua y constituye una dura experiencia.
Acosta declara que no sabe qué hacer:
«si quejarme de la calamidad de nuestros tiempos, que se haya enfriado tanto la
caridad. (...) puesto que la salvación de tantos millares de almas no despierta
en nuestra alma la codicia y el celo, si no van con ella justamente el oro y la
plata ( ...) o, al contrario, admirar la bondad y la providencia de Dios, que
se acomoda a la condición de los hombres, y para traer a gentes tan remotas al
evangelio, proveyó tan copiosamente estas tierras de metales de oro y plata, despertando
con ellos nuestra codicia, a fin de que si la caridad no nos determinara,
fuese, al menos, cebo la codicia».
La perplejidad no dura mucho, nuestro
autor hace ver la significación teológica de la segunda alternativa: «¿Quién,
pues, no mirará con espanto y asombro los secretos de la sabiduría del Señor,
que supo hacer que la plata y el oro, parte de los mortales, fuesen la
salvación para los indios?». Así como de la incredulidad de los judíos vino la salvación
para los gentiles, ahora de la codicia de los europeos sale la salvación de los
indios. Gracias al oro llega el amor salvífico de Dios a los habitantes de esta
tierra. Aceptada esta mediación no le queda a Acosta sino pedir un buen trato
para los indios que trabajan en las minas, de acuerdo con las leyes existentes;
no debe faltar tampoco «a los que trabajan en las minas ministros para enseñanza
espiritual». La consideración sobre la función de las minas en la historia de
la salvación de las Indias concluye con esta resignada aserción: «Si los
nuestros observan como es razón estas condiciones de la ley, tal como han sido
ideadas por varones doctos, nos parece que se deben tolerar, a fin de que no suceda,
que acabándose el comercio, se abandone también el trabajo de la predicación
del evangelio; pero si las descuidan y tratan a los indios como esclavos, vean
ellos la cuenta que habrán de dar a Dios, que es padre de los pobres y juez de
los huérfanos»[7].
El autor del texto de Yucay tiene por lo menos el mérito-- hay
que reconocerlo— de no disimular sus razones y decir con todas sus letras lo
que muchos practican actualmente, aunque bajo formas más sofisticadas (poder y
prestigio social, en lugar de dinero, por ejemplo) y «presentables» en
sociedad. No olvidemos, sin embargo, que asumir el punto de vista del pobre, optar
preferentemente por los desposeídos (como lo exigen con renovado vigor en
nuestros días Medellín, Puebla y Juan Pablo II) fue ya en el siglo XVI el
esfuerzo de muchos misioneros y obispos. Entonces como ahora, eso significó un
vuelco, un cambio radical de práctica y de perspectiva, expuesto por ello a
todo tipo de ataques por parte del orden establecido y de las teologías políticas
que lo justifican. La crítica del dictamen de Yucay a Las Casas, y a otros misioneros,
es un ejemplo claro de estos intentos.
2. Sin oro no hay Dios
La conclusión de todo el razonamiento
anterior se impone: «Luego, buenas son las minas entre estos bárbaros, pues
Dios se las dio para que les llevasen la fe y cristiandad, y conservación en
ella, y para su salvación» (Y. 142). Lo que Jesús llamaba «estiércol del
demonio» se ha convertido en algo santo, el dilema entre adorar a Dios o a las
riquezas ha sido eliminado (cf. Mt 6. 24). Y de nuevo aparece Las Casas, como
claro instrumento del demonio, «y paréceme que veo ya de qué turquesa sacó aquel
Padre, Obispo de Chiapa, el bodoque de esta opinión que no había de haber
minas, que fue de la misma que sale hoy la del demonio; que hablando hoy día
con los indios, una de las cosas que más les persuade, es que escondan las
minas y tesoros, diciéndoles que no habiendo minas, luego se irán los españoles
y cristianos, y se volverán a sus idolatrías y vida pasada». Ese padre es un
obispo como el mismo texto lo recuerda; eso hace aún más escandalosa una posición
que tendrá como resultado el regreso de los indios a la idolatría.
El texto continúa: «Y así lo hacen
los indios, que antes dejarán matarse que descubrirlas porque sabe el demonio
muy bien que éste es un medio eficaz de estar el evangelio en estas partes, y
que por medio de estas riquezas se salvan estos, y le han quitado a él su Reyno,
y echándole fuera: y tomó por instrumento a este varón religioso para que
ocultase estas minas y tesoros, echando a los hombres al infierno si las
labraban». Aconsejando persuasivamente a los indios esconder las minas, Bartolomé
de Las Casas los enviaba en realidad a los infiernos; estamos por consiguiente
ante un misionero engañado —y que engaña— por las fuerzas del mal, porque al no
haber oro no habría evangelio ni salvación para los indios («por estas riquezas
se salvan estos»). En esa lógica la conclusión no puede sorprendernos: «De
donde colijo que este Padre tuvo mucho de espíritu humano y poco de divino en
este caso, y mezclósele el Maligno. lo cual acaece, muchas veces, aun en
santísimos varones» (Y. 142 y 143).
El demonio ve con claridad que el oro
«es un medio eficaz de estar el Evangelio en estas partes», y busca aliados
para conjurar ese peligro. Diabólico conocimiento, en verdad... Resulta así que
es el demonio mismo, «padre de la mentira» (Jn 8, 44), quien esconde las minas
y tesoros, a través de algunos misioneros, frailes y obispos equivocados. Lo
más sorprendente es que lo hace para evitar que la codicia («que es una
idolatría», Col 3, 5) por el oro traiga a los idólatras habitantes de las
Indias el mensaje de amor del Dios de la verdad. ¡El mundo al revés!
En una palabra, si no hay oro no hay
Dios en las Indias. Y la razón de esto es que entre el deseo del oro y la
presencia de Dios en estas tierras se halla la intervención del rey, al cuidado
de quien está precisamente el que Dios sea anunciado. El autor es explícito al
respecto: «digo que es tan necesario, moralmente hablando, haber minas en estos
Reynos, que si no las hubiese, ni habría rey ni Dios». Que no hubiese rey de no
haber oro «está claro» para nuestro autor. Tan claro que paradójicamente en
nuestro autor se esfuma, o por lo menos se hace tortuosa, la tesis que afirma
que la corona tenía como fin principal la evangelización de las Indias. Efectivamente,
abundando en su argumentación, García de Toledo se hunde en la contradicción; la
eventual ausencia del rey se explica porque «si su Majestad no tuviese la
caridad de los apóstoles, no tomaría a cuestas los dos preceptos que tiene: el
uno de hacer predicar el Evangelio en este mundo nuevo, y el otro conservarle
en los que le han recibido. Y con esto, no tener interés ni utilidad alguna,
porque, quitados los quintos reales y los almojarifazgos que cesarían cesando
el oro y plata, se acabaría la contratación y no habría rey que quisiese serlo»
(Y. 143). La «caridad» real por mucho que se asemejase a la de los apóstoles
tiene sus motivaciones y sus límites según el autor: el oro la impulsa y la
sostiene.
Pero, que de no haber minas no habría
Dios es aún más evidente: «que no habría Dios está muy más entendido, porque en
estos reynos, más que en otros, lo espiritual depende de lo temporal» (Y. 143).
Como se ve, el memorial de Yucay no hace
afirmaciones a la ligera toda una teología respalda sus aseveraciones. En ella
lo temporal, y más concretamente las riquezas, deciden sobre la presencia
histórica de lo espiritual y lo supeditan: donde hay minas hay evangelio: A la
inversa del título de un célebre libro de J. Maritain, estamos aquí ante el «primado
de lo temporal». Esto acaece en particular «en estos reynos, más que en otros»
sin duda por aquello de la bestialidad de sus habitantes, incapaces por lo
tanto de atraer por sus propias cualidades a los anunciadores del evangelio.
Del oro depende la intervención de Dios en la historia de los indios; aquélla
se hace presente por medio de la corona española y los encomenderos indianos.
En efecto, la presencia de Dios en
las Indias requiere la del rey: «la predicación del Evangelio y la
conservación, que es el Dios que digo, no se podría conseguir sino habiendo rey
católico, porque ¿con qué se había de sustentar la justicia que tiene tantos
ministros, las guarniciones y fuerzas del Reyno, la doctrina de tantos clérigos
y religiosos, la seguridad de estos Reynos, por la mar y por la tierra, de
corsarios que hay y ha de haber, y siempre más calificados, por el gran interés
que se les ofrece, como vemos cada día?» (Y. 143). Las minas, don providencial
de Dios a las feas y legañosas Indias, impedirán que el rey se retire (y con
él. los soldados, funcionarios y encomenderos) dado el interés que en ellas
tiene; y como sabemos esa presencia asegura la de los evangelizadores atraídos
por el olor de las riquezas.
La conclusión de este atrevido
razonamiento se impone: «Luego las minas, moralmente, tan necesarias son como
haber rey, pues sin ellas no se conservará, ni sin su Majestad, el Evangelio.
Luego, santas y buenas son, y gran ceguedad en los hombres negarlo, y malicia
en el demonio, y obra suya» (Y. 144; subrayado nuestro). Si el rey se retirase
de las Indias el evangelio se ausentaría y «no habría Dios» en estas tierras.
Así serían las cosas de no haber minas de oro y plata en las Indias; ellas son
moralmente necesarias. Se trata de eslabones fuertemente ligados: Dios está presente
porque hay rey y hay rey porque hay minas. El punto más firme de la cadena es
el oro, gracias al cual el rey permanece en estas tierras y con ello la evangelización
tiene lugar. Ahora vemos más netamente el problema que, desde un comienzo, se
había planteado el memorial de Yucay, relatando la pretendida historia del
desventurado consejo de Las Casas y de la juiciosa intervención de Vitoria. Las
santas y buenas minas constituyen la base del argumento teológico que —más
incisivo incluso que el esgrimido, presuntamente, por el maestro de Salamanca—
debe evitar esta catástrofe...espiritual.
El oro resulta así el verdadero
mediador de la presencia de Dios en las Indias. La posición de García de Toledo
es una especie de cristología al revés. En última instancia el oro ocupa el
lugar de Cristo en tanto que intermediario del amor del Padre; porque gracias
al oro los indios pueden recibir la fe y salvarse; en cambio sin él se
condenarían. Este es el corazón de la teología del Parecer de Yucay; él da sentido y vida a sus argumentos en defensa
de los derechos de la corona y de los encomenderos.
A esta distorsionada «cristología»,
Bartolomé de Las Casas opondrá —en perspectiva evangélica— la de Cristo
presente en el pobre, la de los Cristos azotados de las Indias. Estamos tocando
fondo; hay aquí un diferencia teológica; más aún, es una diversidad en el modo
de acoger la fe y poner en práctica el evangelio por personas que se ubican de
manera distinta en el mundo de entonces. Se trata en verdad de dos
cristologías. Pero antes de ir hacia Las Casas, nos queda un punto importante del
dictamen de Yucay.
3. Tierra baldía
Al asunto de las minas, y en la misma
vena, García de Toledo añade algunas consideraciones —que no «propuse al
principio», reconoce (Y. 144)— sobre el asunto de los tesoros y huacas. Las Casas
había escrito en sus Tesoros del Pera que el oro y plata que se encontraban en
esas sepulturas no son riquezas sin dueño, ellas pertenecen a los indios[8].
Tomarlas es cometer un robo.
Fray Bartolomé estampa en su obra la
siguiente conclusión: «A ninguna persona de este mundo, ni aun al Rey de los
españoles (lo cual queremos decir con toda la reverencia debida a su regia celsitud),
le es lícito, sin licencia y libre y graciosa voluntad del Rey inca o de sus
descendientes, a quienes de derecho, según sus leyes o costumbres, corresponda
suceder en sus bienes, buscar, escrutar, desenterrar y llevarse, con intención
de apoderarse de ellos, los tesoros, riquezas u objetos preciosos que sepultaron
con sus difuntos en los sepulcros y en los así llamados Guacas. Y si hicieren
lo contrario cometerán un pecado mortal de hurto o robo. Y si no lo
restituyeren y no hicieren penitencia por su pecado, les será imposible
alcanzar la salvación». El asunto no queda ahí, el daño hecho a los indios
tiene otros alcances, por eso nuestro fraile dirá: «Y no sólo conviene que se
arrepientan del pecado de hurto y robo, sino también del de injuria, que de
manera especial irrogan a los citados sucesores o descendientes vivos de
aquellos cuyos sepultados violan, al hacer disminuir el honor y la alabanza de ambos,
vivos y muertos, y conseguir que se pierda su memoria. Por lo cual, también
están obligados a darles satisfacción» (Tesoros, 35-37)[9].
A esta posición alude el autor del Parecer cuando la emprende contra el
obispo de Chiapas. El asunto, dice, «está muy obscuro por las pasiones que en
estos reynos hay entre religiosos y estado de legos». Tal situación ha sido
provocada por Las Casas; en efecto, toda la dificultad del asunto «manó del
maestro de esta secta y opinión, que fue el primero el obispo de Chiapa» (Y.
144). «Secta» formada, como sabemos, por numerosos misioneros y obispos de las
Indias. Nuevamente el autor pretende situarse al nivel de los hechos;
conocerlos primero, antes de legislar sobre estos territorios, es algo que debe
ser sugerido al rey para no dar y abrogar leyes continuamente, «porque será
gran seguridad de la conciencia real, y gran autoridad, no deshacer mañana lo que
hizo hoy» (y. 145). Resuena aquí el eco de la crítica toledana a quienes en
España, el mismo Consejo de Indias en determinados momentos, concedieron
excesiva atención a Las Casas, teniendo después que desandar lo avanzado.
Didácticamente el dictamen de Yucay
hace notar que «estos indios tenían dos maneras de bienes: unos consagrados a
sus ídolos, como oro y plata (... ) otros bienes había que estaban dedicados y dados
a los difuntos» (Y. 145). En ambos casos el rey y aquellos que los encuentren
tienen derecho sobre esas riquezas. En efecto, el oro y la plata «no han de
estar en el aire sino que algún dueño han de tener»: éste no puede ser ni el
diablo, ni un ídolo, pero tampoco el «indio que los enterró consigo, que ya
está en la otra vida o —precisa con sarcasmo y desde una determinada teología, el
autor— en la otra muerte, por mejor decir, que es el infierno, y
voluntariamente los dio a sus dioses» (Y. 146).
García de Toledo rechaza igualmente
con firmeza que dichos bienes pertenezcan a la iglesia, atribución basada en el
argumento que ellos fueron presentados a través de los ídolos al Dios verdadero.
No hubo tal propósito, es más, quienes los ofrecieron «erraron, y por eso
fueron idólatras y pecaron mortalmente y se condenaron» (Y. 146). Dichos bienes
están pues como perro sin dueño. Si por esta razón Dios no acogió la intención,
«menos recibió su oferta de oro ni plata ni animales» (Y. 146). Los conquistadores
pueden pues disponer tranquilamente y sin cargo de conciencia de estas
propiedades, salvando claro está el quinto correspondiente al rey.
El caso de los otros bienes es
todavía más claro. El autor desliza al respecto un curioso argumento; se trata
en verdad de una imposición de categorías occidentales a la realidad cultural indiana.
Los indios no tienen —dice— leyes positivas que regulen la herencia; ahora
bien, por ley natural sólo existe la obligación de sustentar a los hijos hasta
una edad en que ellos puedan hacerlo por sí mismos[10].
Por consiguiente, las riquezas que los caciques y otras personas importantes
entierran en las huacas junto con ellos no pertenecen a su descendencia, que
sin duda han superado ya la minoría de edad. «Luego --escribe el autor sin
asomo de duda— esta parte que no la dio a nadie, sino dejóla para sí, no es de
los hijos y deudos, luego es de su Majestad como cosa sin dueño» (Y. 149). En
verdad, para García Toledo, todas las Indias son res nullius, cosa sin dueño, tierra de nadie, ofrecidas graciosa y
providencialmente por Dios a los buscadores de oro llegados de Europa.
Apoderarse de esos bienes tiene,
además, algunos beneficios secundarios y de alcance religioso. Ello evitaría
que los indios vayan a las huacas y sigan cultivando sus costumbres
idolátricas. Puede así concluir el Parecer
que se trata de «bienes sin dueño, propios de su Majestad para gastarlos en
obras tan altas como trae entremanos fuera de estos Reynos contra infieles, y
en estos destruyendo con ello los errores que con esos tesoros y enterramientos
se están profesando cada día» (Y. 151-152).
El autor termina muy complacido su
dictamen[11]:
en él ha expuesto ideas que no se encuentran en los otros textos que el virrey Toledo
encomendó hacer en estos mismos días: «Esto es Excmo. Señor lo que me parece y
Vuestra Excelencia me manda que haga, y mi espíritu queda muy satisfecho, por
haberme V.E. puesto en obra tan de mi profesión, que es dar luz, y haber en
alguna cosa imitado a nuestro Señor Jesucristo[12],
que dice que por esto vino al mundo, para dar testimonio de la verdad, y yo en
este mundo nuevo, para dar testimonio de estar tan llena de bienes espirituales
y temporales, cuando estaba ya llena de tinieblas» (Y. 144). Su agrado viene de
que ha podido cumplir con su papel de teólogo iluminando, a partir del mensaje
cristiano, realidades controvertidas. La convicción de haber reflexionado sobre
la fe es firme; las dudas surgen en nosotros, no en él. Corno Cristo vino a dar
testimonio de la verdad, es decir, a anunciar que Dios es amor, así también el
autor del Parecer está en las Indias para alumbrar el mundo indiano con «razón
y verdad» según nos anuncia al empezar su trabajo (Y. 105). Esto lo consigue
con su reflexión, contrarrestando de este modo las tinieblas provocadas por su
hermano en religión, Bartolomé de Las Casas. Dar luz sobre estos problemas es
para García de Toledo una manera de imitar a Jesucristo.
El autor se despide deseando que de
esas penumbras «nos libre Dios para que veamos presto la luz eterna. Y con
tanto, guarde nuestro Señor la excelentísima persona de Vuestra Excelencia muchos
años, para que estos Reynos le acabe de hacer tan grandes servicios como ha
comenzado» (Y. 152).
No es difícil ironizar sobre este
sorprendente texto; es más, es casi inevitable. Su cinismo aun tratando de
evitar todo juicio anacrónico, resulta chocante y por momentos de una grotesca
y lacerante comicidad. Explicarlo pretendiendo que este tipo de razonamiento
corresponde a una época determinada, resulta a todas luces inexacto. De este
mismo siglo son los testimonios y la práctica evangélica de grandes misioneros
y obispos como Pedro de Córdoba, Montesinos, Juan de Zumárraga, Vasco de
Quiroga, Juan del Valle, Juan Garcés y tantos otros. De esa época es también la
gran teología española de un Vitoria, Cano, Soto, Suárez y muchos más; y
cualesquiera que sean las observaciones y reservas que puedan hacerse a las
tesis de estos teólogos sobre las Indias hay un abismo entre sus reflexiones y
la teología del dictamen de García de Toledo.
De modo muy concreto hay que
considerar este texto como testigo de una cierta mentalidad —cercana a los
encomenderos— frente a los indios y a la pobreza en general, así como de la exasperación
que causaba la lucha que llevaba Bartolomé de Las Casas. Así paradójicamente
—paradoja sólo aparente—, la argumentación del Parecer de Yucay corrobora lo que fray Bartolomé pensaba ya de esta
defensa de las guerras de conquista y del régimen de la encomienda.
En la polémica sostenida con Las Casas
en Valladolid, Ginés de Sepúlveda había aducido que de no haber provecho para
los conquistadores nadie querría ir a las Indias. Si el Rey prestase oído a Las
Casas en este asunto «aunque quisiese hacer la costa y enviar gente no hallaría
hombre que quisiese ir tan lejos, aunque le diese treinta ducados al mes, que
ahora pónense a todo peligro y gasto por el provecho que esperan de las minas
de oro y plata y ayuda de los indios, después de sujetados». Esto tendría
consecuencias sobre la tarea evangelizadora porque en esas condiciones «los predicadores
no irían, y si fuesen no los admitirían, sino tratarlos como trataron el año
pasado en la Florida a los que fueron enviados sin gente de guerra, por esto
mismo parecer e inducción del señor obispo». Los consejos de Las Casas, sobre
la evangelización pacífica, habrían ocasionado ya la muerte de misioneros no
acompañados de soldados. Además, siempre fiel a su tesis de la necesidad de la
guerra antes del anuncio del evangelio. Sepúlveda continúa: «Y ya que no los
matasen, no habría tanto efecto la predicación en cien años como se hace en
quince días después de sujetados, teniendo libertad ellos de predicar
públicamente y convertir el que quisiere, sin temor del sacerdote ni el
cacique. Lo cual es todo al contrario en los que no están sujetos» («Prólogo del
doctor Sepúlveda a los señores de la congregación», 1552, V317b; subrayado
nuestro). Después de diezmados y de «desordenado su orden» como dice Las Casas,
los indios restantes se hacen más fácilmente cristianos según el cronista del
rey.
Así, según Sepúlveda —inspirador del
documento de Yucay- de no haber oro nadie vendría a las Indias. No decía otra
cosa Bartolomé de Las Casas; la diferencia está en el juicio ético y cristiano
que ese hecho merece a cada uno de ellos. Por eso la réplica de Las Casas no se
hace esperar; no sin ironía expresa su acuerdo con Sepúlveda: «Dice que la
esperanza de las minas de oro y plata y de la ayuda de los indios los lleva
allá; y así lo creo yo bien y verdaderamente, porque siempre por sus obras lo
han mostrado». Y añade lapidariamente: «porque ni los lleva la honra de Dios ni el celo de su fe, ni el
socorrer y ayudar a salvar sus prójimos, y tampoco servir a su rey, de que
ellos siempre con falsedad se jactan, sino sola su codicia y ambición, por
tiranizar señoreando los indios, que desean que los repartan, como si fuesen bestias,
con repartimiento perpetuo, tiránico e infernal». Esto, concluye, haciendo un
esfuerzo por permanecer en el terreno de las consecuencias objetivas y no
pronunciar un juicio moral sobre la persona de su enconado adversario, es «lo
que el muy reverendo doctor Sepúlveda favorece con todas sus fuerzas, aunque no
creo verdaderamente que siente el mal que hace» (1552; V, 347-348).
Los indios percibieron con claridad
la sed de oro de los recién llegados. «Aún hasta ahora —escribe Guamán Poma—
dura aquel deseo de oro y plata y se matan los españoles y desuellan a los pobres
de los indios. Y por el oro y plata quedan ya despoblados, parte de este reino,
los pueblos de los pobres indios, por oro y plata»[13].
En la antigua pieza de teatro conocida con el nombre de Tragedia del Fin de Atahualpa, aparece el intérprete Felipillo traduciendo
las siguientes palabras de Almagro a Atahualpa:
«Este
fuerte señor te dice:
nosotros
hemos venido
en busca
de oro y plata».
En la misma pieza las princesas (Nust'acuna), ante la exigencia de los
invasores suplican a Atahualpa:
Unico señor, Atahualpa,
Inca mío,
el barbudo enemigo te encadena,
Inca mío,
para acabar con tu existencia,
Inca mío,
para usurparte tus dominios,
Inca mío.
El barbudo enemigo tiene,
Inca mío,
el corazón ansioso de oro y plata,
Inca mío.
Si oro y plata demanda,
Inca mío,
le entregamos al instante,
Inca mío[14].
Muchos de los grandes temas que se
debaten en las controversias teológicas y políticas del siglo XVI (la relación
entre oro y evangelio, la salvación de los infieles, el derecho a la guerra, el
señorío indio, los justos títulos de la corona española, la encomienda, etc.)
se hallan pues en el Parecer de Yucay.
Este texto político, porque lo es de toda evidencia, escrito para justificar el
poder español y que está concretamente puesto al servicio de la política del
virrey Toledo, argumenta teológicamente; y será uno de los primeros pero no el
último en hacerlo así en el continente. En ese sentido, y pese a todo, no está
descaminado Bataillon cuando juzga que «hay pocos documentos más interesantes
para la "historia moral" de las Indias que el llamado Memorial
anónimo de Yucay»[15].
[1]
Toledo tuvo una gran preocupación por las minas del Perú y expidió numerosas
regulaciones al respecto. En el memorial en que hace un recuento de su
administración, el virrey exhibe con orgullo su obra en relación con las
importantes minas de azogue y plata de Huamanga y Huancavelica, así como las de
Cuzco y Potosí (en L. Hanke, Los Virreyes..., 145b-148b).
[2]
Más adelante escribirá «por premio de los trabajos y gastos que hicieron en
conquistarle a él los Reynos de España» (V. 140).
[3]
«Espero en Nuestro Señor —escribe Toledo al rey— que él dará a S.M. su lumbre
para entender, celar y proveer negocio en que tantas almas se pueden enviar al
cielo, y a donde tanto oro y plata se suele sacar de la tierra, con que S.M.
pueda mejor conservar sus reinos y defender la Iglesia católica» (Memorial del
virrey Toledo a S.M. en que hace relción de todos sus servicios [15781, en L.
Hanke, Los Virreyes... 123b).
[4]
El autor manifiesta un verdadero entusiasmo por las riquezas del Perú; a
continuación del texto que acabamos de citar escribe: «Y esto no como quiera,
sino que todas estas montañas están llenas de ello, y tierras hay en las casas
y en los campos y adonde quiera está la tierra mezclada con polvo de oro» (V.
141).
[5]
Por razones difíciles de comprender, el respetado historiador M. Bataillon
(o.c., 286) califica de «graciosa» esta despectiva manera de hablar de los
indios y esta increíble interpretación de los motivos de la evangelización.
[6]
Historia natural y moral de las Indias, BAE, Madrid 1954; lib. IV, cap. II, p.
90b, subrayado nuestro.
[7] 0.c., lib. III, c. XVIII, p.
489-491.
[8]
Las Casas plantea la cuestión que busca responder desde las primeras líneas de
su libro: «En los Reinos llamados comúnmente del Perú, en nuestro mundo de las
Indias, se han encontrado y se encuentran todavía, en los sepulcros
antiquísimos de sus muertos, llamados 'Guacas' en su lengua, grandes y
maravillosos tesoros de distintos objetos preciosos, a saber, vasos y copas de
diversas figuras de oro purísimo y plata, piedras preciosas, ornatos o muebles
de ricos materiales maravillosamente fabricados, asimismo oro y plata en tanta
cantidad y de tal calidad que parece imposible su existencia en el mundo de las
cosas y más bien se les considera imágenes forjadas por los durmientes. La
cuestión que se trata es saber si todo eso pertenecerá indiferentemente a
cualquiera que, o por propia autoridad, o por licencia de nuestros Reyes de las
Españas, o de los gobernadores que en su nombre están al frente del gobierno de
esas regiones, lo busque, desentierre, encuentre y se lo lleve con ánimo de
retenerlo y así adquiera el dominio de tales cosas y objetos y pueda poseerlos salva
conciencia» (Tesoros, 3).
[9]
Esta es una idea firme de Las Casas; casi al final de su obra escribe: «Todo el
oro y plata y cualesquiera otros objetos preciosos que los españoles hayan
encontrado desde el descubrimiento hasta el día de hoy, salvo lo que los indígenas
les ordenaron voluntariamente, antes de recibir mal de los españoles, o les
entregaron por razón de conmutación, fueron objeto de hurto y robo y, por, tanto,
están sujetos a restitución» (Tesoros, 357).
[10]
Dice García de Toledo: «porque estos caciques y ricos que enterraban consigo
estos tesoros cuando morían, en vida, después de haber sustentado sus hijos, dejábales
lo que él quería a cada uno, y al que no quería dejar nada, también lo hacía y
podía, porque estos no estaban obligados a distribuir sus bienes, ni heredaban sus
hijos por las leyes civiles, por las cuales ellos no estaban, sino solamente a
la ley natural. Y ésta no les obligaba más de a criar y a sustentar sus hijos
hasta edad que ellos pudiesen sustentar y valer» (Y. 148).
[11]
Seguimos en este caso el orden de transcripción del Memorial de Yucay que se
halla en la Colección de documentos... que coloca el párrafo que vamos a
comentar al final del texto. J. Chinése lo sitúa en cambio al término del
párrafo sobre las minas.
[12] La
frase «haber en alguna manera imitado a nuestro Señor Jesucristo» es una
variante que presenta J. Chinése a su transcripción (cf. V. 144, n. 520). Así
se lee además la versión de la Colección de documentos..., 469.
[13] 0.c.,
II, 372.
[14]
Jesús Lara ha publicado este antiguo texto en la versión que él considera la
más cercana al original Tragedia del Fin de Atahualpa. Imprenta Universitaria, Cochabamba
1957.
[15]
0.c., 273, El Memorial de Yucay es una de las más importantes fuentes de
inspiración del libro de Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas. Su doble Personalidad,
Espasa Calpe. Madrid 1963; diatriba antilascasiana que todo historiador serio
ha rechazado sin contemplaciones: cf. por ejemplo M. Giménez Fernández, Sobre
Bartolomé de Las Casas, en Anales de la Universidad Hispalense XXIV, Sevilla
1964, 1-65: M. Bataillon, o.c.. XV-XXXIX, y L. Hanke. Ramón Menéndez cs. Bartolomé
de Las Casas: Política (Caracas) 33 (abril 1964) 21-40. Cf. también la opinión
que merecían al moderado Venancio Carro, Carta abierta a D. Ramón Menéndez
Pidal. Madrid 1962, los primeros escritos del polígrafo español sobre este
asunto: y luego el libro mismo La obra de Menéndez Pidal sobre las Casas:
Ciencia Tomista (enero-marzo 1965) 25-35. Sólo una grave desinformación sobre
el tema y motivaciones de corto alcance, pueden hacer que se cite, sin espíritu
crítico, el libro de Menéndez Pidal como base sería para el conocimiento de la
obra de Bartolomé de Las Casas. Creemos que ese libro (que ciertamente no honra
a su autor, ilustre filólogo) no merece unas líneas más de comentario o de
refutación además de las ya muy copiosas que ha recibido.
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